Nos levantamos a las 7 horas porque a las 8.30 habíamos quedado para que nos trasladaran en tractor a otra comunidad. Recogimos a toda prisa nuestras mosquiteras, sacos, esterillas y mochilas. Sin embargo, cuando ya estábamos preparadas, las autoridades de la comunidad de 14 de Mayo aparecieron a lo lejos. La reunión, pospuesta por la noche, tendría lugar nada más despertarnos y eso nos obligó a ponernos en marcha rápidamente. Acudieron a nuestro encuentro Raquel y Onofre, elegidos en asamblea por sus vecinos siguiendo el régimen de Usos y Costumbres que aún perdura en México.
RAQUEL y ONOFRE introdujeron un poco de historia del pueblo. “Llegamos el 23 de abril de 1979 procedentes de El Lindero o de Tepetzintla. El terreno pertenecía a una rica, cuyo hijo se llamaba Salvador. Tomamos la tierra y comenzamos a trabajar en la construcción de nuestras casas. El reparto de la tierra se hizo de forma igualitaria. Ahora cada quien trabaja su tierra, aunque también hay tierra colectiva. En 1980 llegó la represión y encarcelaron a muchos de nuestros compañeros, muchos fueron perseguidos. En ese momento, por miedo, muchos hombres se fueron del movimiento”. Ya han pasado muchos años desde entonces y los problemas de represión brutal han desaparecido en la zona, no así los problemas de tenencia de tierras. No hay tierras para repartir con sus hijos. Las parcelas cada vez son más pequeñas debido a que han tenido que ir dividiendo entre los hijos varones. “La única salida de muchos de nuestros jóvenes es emigrar a las ciudades, por eso también cada vez hay menos niños”.
Hace años que no trabajan con los créditos que pedían a los bancos, en especial con el Banco Rural. Adquirían créditos, pero no les convenía, porque les resultaba muy difícil hacer frente a los pagos. Onofre dice de forma enérgica que lo que necesitan son recursos económicos y maquinaria porque con lo que tienen no les satisface. “El Gobierno sólo nos asesora para que seamos más rentables, pero sin maquinaria moderna, sin agua de riego… sólo podemos sembrar para el autoconsumo. Lo poco que nos sobra lo vendemos en el mercado, la mayor parte en Huautla”. Raquel, que es un hombre a pesar de su nombre, vaticina que el futuro del rancho es la “despoblación”. “Aquí sólo quedan puros padres de familia; los jóvenes emigran en busca de empleo porque no queda nada más para comer”. En 20 años la población se ha reducido a la mitad. De los 300 habitantes que vivían en 14 de Mayo se ha pasado a 150.
¿Otra ocupación de tierras? “Sí hay tierras, pero no se puede hacer porque interviene el Estado, que es más fuerte que entonces. Ya no se puede. Tenemos un sin fin de necesidades, pero no podemos abarcar todo porque las dependencias no nos apoyan. Los proyectos que solicitamos no salen, el Gobierno nos dice que no hay recursos”.
Pasamos al tema de la salud. Aquí hay una casa de salud, pero vacía de medicinas. “Cuando alguien se enferma tiene que ir a Ixtle, a cuatro kilómetros andando, en tractor o en caballo –todo comunitario-. El médico nos viene a visitar cada dos meses y lo único que hace es platicar con las mujeres sobre cómo atender a los niños y cómo planificar. No pasa consulta. El tema número uno del Gobierno es la planificación y concienciarnos de que tener muchos hijos tal y como estamos es difícil. El Gobierno nos impone que tengamos como máximo dos o tres hijos, pero aquí alcanzábamos a tener 6 hijos. Ahora como no hay jóvenes para tenerlos… quedamos puros abuelitos”.
“Como estamos con el movimiento, no nos hemos dejado engañar”, dice Onofre, en referencia a que en época electoral los políticos acuden a las comunidades en busca de votos. ¡Me suena! Hoy todos los niños van a la escuela, aunque estos tienen que compaginarla con la milpa. Raquel se queja de “los engaños” que suponen los programas del Gobierno. “Pueden alcanzar los 320 pesos para una familia al mes, pero se paga cada dos meses. Luego te enteras que sólo llegan 160 pesos. A los alumnos de Primaria, Secundaria y Preparatoria también les dan ayudas, pero no alcanza porque los niños necesitan material y transporte. Son unas ayudas insuficientes”. Y lo que es más, acusa al Gobierno de intentar, mediante esos programas, tener el control de las comunidades.
Han descubierto la fraternidad del trabajo en colectivo y así siguen. Cuando hay excedentes, el dinero se ocupa en el bien de todos. La comunidad ya tiene preparado un nuevo molino a la espera de que el actual se estropee. “La presidencia nos dio una parte del dinero para comprarlo y el 30% salió de todos los vecinos”. Otro de los trabajos colectivos consiste en chapolear el potrero, formado por 45 vacas que no dan leche, porque, según Onofre, no se han puesto. “Sólo son para carne”. En esta comunidad llevan tiempo reclamando el alumbrado de las calles y un depósito de agua para que llegue a las casas. “Quisiéramos más apoyos porque con luz y con agua el rancho y la vida mejorarían”. “Lo estamos reclamando, pero aún no se ha resuelto”, lamenta. Esta comunidad tiene instalación de sistema de riego, todo un lujo en la zona, “pero no hay con que hacerlo funcionar”. Por eso insiste una y otra vez en que necesitan apoyo de las autoridades.
Al concluir la reunión al pie de la galera, el tractor que nos trasladaría a Tepetzintla, ya nos estaba esperando. Nos dio mucho apuro que nos llevaran en el tractor porque el combustible (además de toda la comida que nos iban facilitando y que no entraba ni siquiera en su dieta habitual) les resulta muy caro y no nos aceptaban nuestro dinero. La Limeddh no nos dejó claro cómo iba el tema de los pagos, dónde iba a parar el dinero que estábamos aportando, y eso nos dejó desconcertadas y con un sin fin de dudas durante varios días. Sería muy recomendable, para posteriores brigadas, que la Limeddh aclarara todos estos puntos para evitar suspicacias innecesarias. Al final, hablando con Pedro, llegó la explicación. El dinero que estábamos portando por cada día de estancia –unos 100 pesos- iba a parar a una bolsa común que serviría posteriormente para hacer frente a imprevistos, tales como que a un vecino o toda la comunidad se le arruinase la cosecha, se estropease el tractor o cualquier otra eventualidad. Nos dimos cuenta de que la solidaridad que practican entre ellos, incluso con otras comunidades vecinas, es un concepto que ni siquiera concebimos con una mentalidad europea tendente a acaparar bienes aunque sea a costa del de al lado.
Francisco tuvo que regresar a Huejutla y nosotras nos quedamos en las manos de Fabián y David, los dos monitores de derechos humanos de Tepetzintla. El viaje en tractor –íbamos ocho personas más nuestros mochilones– resultó tan gracioso como pesado porque el terreno estaba muy embarrado y nos dábamos constantes golpes por todos lados. Pero bueno fue mi primer viaje en ese ‘medio de locomoción’ y resultó una aventura muy divertida. Media hora después, más o menos, llegábamos a nuestra siguiente parada: Tepetzintla, que resultaría ser, al final, la más gratificante personalmente porque al fin entendí el sentido de nuestro viaje y el qué podía yo reportarles con mi presencia. Nada más desembarcar en la comunidad y dejar nuestras cosas en la iglesia, que sería en principio nuestro lugar de alojamiento, hablamos con Cecilia Vite Nicolás, la maestra del Kinder.
CECILIA tiene 15 alumnos de preescolar, aunque ha llegado a tener 35, lo que da una idea de que a estas comunidades “si les ha afectado la esterilización forzosa”. “Aquí las mamás tienen cuatro hijos nada más, cuando antes ‘aliviaban’ seis u ocho. La planificación no es forzosa, pero…” Su labor en la comunidad es doble. Al tiempo que enseña y cuida a los más pequeños, tiene que concienciar a los mayores para que limpien las calles, usen agua embotellada y utilicen las letrinas –ya ha conseguido que el 85% de la población lo haga-.
Esta maestra, que obtuvo plaza de Secundaria pero trabaja con los más pequeños, lleva 23 años dando clase en comunidades de la zona y desde entonces, asegura, que muchas cosas han cambiado. Lo primero: los accesos. Antes caminaba tres horas hasta el trabajo por una vereda. Ahora lo hace por una ‘carretera’ cubierta de grava sin prensar. Le restan siete años para jubilarse, ya que el Gobierno jubila al cuerpo de maestros cuando ha cumplido los 30 años de servicio.
Cecilia señala que sus alumnos son muy participativos, pero destaca que “la desnutrición afecta mucho a la hora de obtener un buen rendimiento”. “Aunque el Gobierno dice que da Oportunidades, la realidad es que no abastece. Falta leche, huevos, carne, verduras, lentejas. Sólo se produce maíz y muy forzadamente frijoles. Sólo es una mini explotación”.
La maestra fue tomando de la mano a sus alumnos y nos despedimos de ella. En Tepetzintla, una comunidad de 246 habitantes, con una población muy repartida, no hay arroyo. El río más cercano está en 14 de Mayo -del rancho del que veníamos-, cerca de allí también se encuentran sus milpas. Un pozo ‘especial’ les permite sacar agua para beber y lavar. En la calle no hay luz, tampoco agua entubada en las casas.
Me pasé todo el viaje tomando notas. No quería que se me pasara por alto ningún detalle y quería retenerlo todo, aunque de momento fuera en un cuaderno, el segundo desde que comenzó el viaje allá por el 3 de septiembre. Tuve en todo momento sensación de estar trabajando, pero resultaba mucho más gratificante que cualquiera de los temas que trato a diario. Tenía que retener sus testimonios, sus vivencias y, por qué no, también las mías.
Al poco tiempo de llegar nos enfrentamos a nuestra primera asamblea en solitario de todo el viaje. Cinco sillas en medio de la galera aguardaban a que tomáramos asiento. Alrededor, cientos de hombres, de mujeres y de niños, que correteaban a su antojo ajenos a nuestra presencia. Todos esperaban a que comenzara la reunión. Los hombres incluso no habían ido a la milpa y para nosotras resultaba toda una responsabilidad. Los nervios iniciales se fueron aplacando a medida que se sucedían las ideas. Las cinco aportamos nuestro granito de arena y nuestras experiencias para irles enumerando los derechos que ellos, como personas, como indígenas, tienen, pese a que el Gobierno opresor de Vicente Fox (el mismo al que nuestros presidentes del Gobierno y nuestros monarcas saludan con admiración en innumerables actos) ejerce contra unos pueblos tan organizados y pobres que les resulta molestos.
El desconocimiento que tienen de sus derechos es brutal. Demasiados años de aislamiento, demasiados lustros de pobreza y demasiadas décadas de represión. Cuando tu máxima preocupación es qué comes hoy y cómo sacas a tus hijos adelante, lo demás se deja de lado. Más, cuando la educación –sólo hay que echar una ojeada a los libros de texto- es muy deficiente y cuando la sanidad es un privilegio patrimonio de los ricos.
Les hablamos de España, de los derechos humanos que su país tiene reconocidos, al menos en rúbricas, y de como la única manera de que las autoridades pongan fin a tanta injusticia es a través de la denuncia. Para ello existen en esa comunidad dos monitores de Derechos Humanos, bastante desinformados aún, a los que pueden hacer llegar sus quejas para que se las transmitan bien a la Coddhso o bien a la Limeddh. La capacitación de los monitores es todavía una tarea pendiente, quizá con más tiempo y más dedicación se logre que esta red sea verdaderamente eficaz. Por lo menos éste es un primer avance aunque quizá sea más provechoso que todos los vecinos tengan un conocimiento claro de cuáles son sus derechos y se conciencien de que hay que denunciar.
La reunión duró algo más de dos horas, pero se me hizo muy corta. Fueron pocos los hombres que participaron en la charla, así que a su término nos pusimos a hablar con Joaquín y con Doroteo, presidente de Lindero.
JOAQUIN se quejó, y lo hizo de forma amarga, sobre la atención sanitaria. “La clínica atiende bien, pero está vacía de medicinas” Eso les obliga a adquirir los medicamentos a un precio de 300 pesos, una cantidad inalcanzable para un indígena y “por eso la gente se muere”. Joaquín nos puso el ejemplo de que hace poco tuvo un accidente en la milpa y debió esperar al día siguiente porque “en la tarde no pasan consulta en emergencias”. “Te dicen que vayas temprano”. Tampoco hay luz en las calles, aunque lo han solicitado de forma insistente. En las últimas elecciones se lo prometieron, pero no ha llegado. “Estamos muy lejos del agua y se hace cansado acarrearla. No nos hacen caso”. Cuando se va la luz puede que tarde en reestablecerse el suministro una semana. No es extraño si se tiene en cuenta que muchos de los cables de la luz están materialmente colgados sobre las copas de los árboles.
Nos comentó que en Hidalgo siempre gana el PRI, aunque duda de la legalidad de las elecciones. Plantea la necesidad de que existan observadores internacionales, pero, como él mismo dijo, “cómo van a venir a controlar las elecciones si se supone que vivimos en una democracia”.
DOROTEO nos dijo que las tierras del pueblo pertenecían a sus antepasados, pero llegó “una señora” y les ‘robó’ sus posesiones. A partir de 1977 los indígenas comenzaron a tomar las tierras, las más fértiles y las menos fértiles. El pueblo vive hoy en un ejido. A cada familia le correspondió 8 hectáreas. Esas mismas hectáreas que ahora están repartidas entre los hijos. El hijo que quiere trabajar debe hacerlo con sus padres porque “ya no alcanza para repartir”.
Se van a México, a Pachuca, a Monterrey. Muchos ingresan en el ejército, en fábricas, en la policía… porque estudiar en la universidad cuesta 800 pesos por cada hijo, todo un mundo para un indígena. “El Gobierno no ayuda a los universitarios, tan sólo en Primaria, Secundaria y Preparatoria aporta un dinero cada dos meses, aunque ni siquiera eso es cierto. “Nos dicen que nos van a pagar, pero no lo hacen” De hecho, asegura que “ya hay niños que salieron hace un año de estudiar y aún no lo han recibido”. “El Gobierno no cumple con sus ayudas”, denuncia.
Hacen frente al coste del tractor y del combustible mediante créditos, y venden “a poquitos” en la plaza para comprar otras cosas de necesidad.
REUNION CON MUJERES Como las mujeres no habían hablado durante la reunión, bien por estar cohibidas por nuestra presencia o por la de sus propios hombres, decidimos reunirnos con ellas en la escuela. Y fue ahí donde comprendí, en cierta forma, mi utilidad para ellas. Nosotras éramos cinco mujeres y nos empezaron a ver como iguales. La plática fue muy amena y se puso más interesante cuando logramos que una de las mujeres, Yadira, de 25 años y cuatro hijos a su espalda, nos comentara su caso de contraconcepción forzosa. A partir de ella fueron surgiendo más casos. Les comentamos que Fabián y David, los dos monitores, podían poner su tema en conocimiento de organizaciones de derechos humanos, no sólo para que se solucione su tema, sino para que el Gobierno deje de utilizar esta práctica como forma de aniquilar a las comunidades indígenas del país. Pero el miedo las atenaza. Es tanta su desprotección ante los abusos del Gobierno que no saben ni cómo empezar a denunciar.
Realmente me sentí muy emocionada con sus vivencias y, sobre todo, sentí mucha impotencia al ver como esas mujeres, de ojos limpios y sonrisa sinceras, se ven sometidas a las mentiras, engaños y amenazas de los poderosos. Al Gobierno le interesa tener sometida a esa población para no tener que responder a sus necesidades.
Conocen el dispositivo, las pastillas, las inyecciones y la ligadura de trompas. Las pastillas son gratis, no así las medicinas. Es forzoso. Les han obligado a utilizar el dispositivo.
A YADIRA hace dos meses que le obligaron a colocarse un DIU. O te lo pones o te opero. Como no se resistía a tener más hijos en un futuro, no tuvo más opción de acceder a la colocación de un dispositivo. Quiere tener más hijos en el plazo de tres o cuatro años. Sus hijos tienen ahora seis años, cuatro, dos y el bebé de dos meses. ¿Qué hubiera ocurrido si se hubiera negado a la operación o al dispositivo? “Me habrían retirado las ayudas”, asegura con pesar. Su historia es muy parecida a la de sus vecinas. Ella tuvo complicaciones en su último embarazo y eso le obligó a acudir muchas veces al médico. En cada una de sus visitas, recibía “insultos” y “presiones” del médico por no entender que la planificación familiar es la única vía para salir del subdesarrollo. “Nos dice que para qué tantos hijos, que no vamos a poderlos atender, que somos malos padres si no planificas”.
“Te van convenciendo poco a poco”, narra Yadira, quien comenta que el primero en ser convencido fue su marido, que accedió después “de muchas protestas y de muchas discusiones con el médico” a firmar los papeles de autorización. “Me obligaron”.
“Cada seis meses me lo cambian, pero se niegan a retirármelo”. Yadira, que no se siente igual desde que tiene el DIU, tiene en mente acudir a un médico particular para que se lo quiten cuando deje de dar el pecho a su bebé. Pero lo tendrá que “hacer a escondidas para que la clínica no se enoje y me quiten las ayudas”. Es el único recurso, pero cuesta 1.000 pesos, una barbaridad para unos indígenas orillados al cultivo de subsistencia. “Nos dicen que nos lo quitan a los 4 años de habértelo puesto, pero no es verdad, no te lo quitan y no te lo quitan”.
Los problemas de salud en las mujeres que tienen el DIU se suceden. Y nadie les explica el por qué, al retirárselo, tienen dificultades para tener más hijos. También surgen problemas con la pareja, ya que en ocasiones los hombres al ver que su mujer no puede tener más hijos “las abandonan”.
El testimonio de Yadira dio pie a que otras vecinas tomaran la palabra. En todas ellas, la misma sensación de impotencia. “En las clínicas nos regañan”. Condones sí, medicinas no, es la forma de acabar con los indígenas. Viven atemorizados por las amenazas del Gobierno, que las hostiga de muy diversas formas. El Gobierno les impone que tengan sólo dos hijos como máximo y esa imposición lleva siendo la tónica general desde hace dos décadas. Pero Yadira lo tiene claro: “No me gusta que nadie me obligue a nada”.
Al salir de la escuela, María del Amor nos contó su caso, también escalofriante, y la mujer de la tienda… Todas narraban la misma historia, pero el que una de ellas fuera capaz de contarlo en público y a cinco totales desconocidas fue un avance importante, más si se tiene en cuenta que la religión católica pesa como una losa y el sexo por supuesto es un tabú que ni se nombra. A eso contribuye, y mucho, el machismo que se respira en cada conversación.
MARIA DEL AMOR. “Me hicieron un legrado porque dijeron que se me quedó corta la placenta y eso me provocaba mucha calentura”, empieza a decir María del Amor, con una timidez mezcla de vergüenza. Tiene “sólo” tres hijas y le hubiera gustado tener, al menos, un varón. No le dieron opción. Aunque su estado de salud mejoró tras la operación, esta mujer sigue sufriendo “mucho ardor, diarreas y calentura”. Ahora tiene 33 años. “Me pusieron el dispositivo a los ocho meses de tener a mi última hija y ahora no me lo quieren quitar. Se lo estoy pidiendo a la enfermera, pero se niega”, concluye.
Las mujeres tenían, cómo no, que ir a hacer sus tareas domésticas y las vimos desfilar hacia sus viviendas. Nosotras regresamos a ‘nuestra’ iglesia, y Angelina, la madre de Edit, una niña preciosa de cinco años, y la esposa de Fabián, nos surtieron de una comida excelente: una pequeñas lata de atún para acompañar a las incontables tortillas que nos supieron a gloria. A la puerta de la iglesia y sentadas en unos pupitres, que hacían las veces de mesas de comedor, conversamos con todos ellos.
DAVID. El monitor de Derechos Humanos señala que en la comunidad si tienen casa de salud pero no es del Gobierno. Esa casa es atendida por un asistente de salud capacitado por el programa CAPAS. Allí les suministran algunos medicamentos. Si no los hay tienen que hacer una receta y eso obliga a la gente a ir a Ixtle. En la clínica más próxima sólo atienen a un miembro de la familia por día. Así, en el caso de que tengan tres enfermos en la familia no les queda más remedio que desplazarse tres días consecutivos. Sólo se puede ir a ‘aliviar’ (dar a luz) de lunes a viernes a la clínica de Ixtle. Los sábados y domingos deben acudir a un hospital más lejano. David sí está más concienciado que otros hombres de que la planificación, siempre que la decisión de no tener más hijos se tome en el seno familiar, es buena. “Los niños cuestan mucho dinero”, comenta David, quien nos explica que la mayoría de las mujeres “se va operando cuando tiene 3 o 4 hijos”. “Cada cita médica nos insisten, nos dicen que planificar es lo necesario, que tener sólo 3 o 4 hijos nos permitirá alimentarles mejor, darles estudios…
La hora de la comida resultó ser muy interesante y provechosa. La compañía de Angelina, David, la mujer de Fabián, Edit y su hermanita pequeña, nos brindó la oportunidad de conocer un poco más cómo es la vida cotidiana en estas comunidades. Tomamos rumbo al Lindero, una comunidad muy próxima (a un cuarto de hora caminando) separada por un lindo camino empedrado, de nuevo con grava sin prensar, y con un paisaje muy frondoso. Tocaba el turno de reunirnos con hombres y mujeres del Lindero. La misma película, pero esta vez con caras nuevas e igualmente expectantes.
Nos habían colocado unos pupitres para que tomáramos asiento. Desplazamos las mesas para acercarnos a la gente, para sentirnos más próximos a ellos y para que ellos nos sintieran también más próximas. En esta comunidad la gente fue más participativa, quizá también porque nosotras ya estábamos más relajadas y nos resultaba más fácil llegar a ellos. Qué pena que ésta fuera la última, porque si hubiera habido más las habríamos ¡bordado! La conversación giró sobre los mismos temas que en Tepetzintla: los derechos del niño, de la mujer, a recibir atención sanitaria y educativa…
Al término de la reunión, que se prolongó por espacio de una hora y media, nos acercamos a ellos, los hombres, que centraron su conversación en la tierra y en sus modos de trabajarla.
Un hombre, del que no apunté su nombre, nos contó que en El Lindero, al igual que en las anteriores comunidades, se tomaron las tierras del cacique y se las repartieron entre las familias, a razón de ocho hectáreas cada una. Sus hijos hoy trabajan sus tierras, pero cuando “crezcan ya no habrá tierras que repartir”. Ahora son 500 habitantes, y siguen viviendo en un ejido. Hace unos años el Gobierno intentó introducir en El Lindero el programa Procede, pero la comunidad no lo autorizó y votó en contra. El Procede “no es bueno”. ¿Por qué? “En el caso de que hubiéramos aprobado este programa, podríamos vender nuestras tierras si no quisiéramos trabajarlas y eso supondría que cada vez unos serían más ricos y otros más pobres”. Sólo se consiguió “medir el terreno, pero nada más”. En Veracruz sí entró el Procede y escrituró las tierras. En Hidalgo no.
La charla con las mujeres se realizó de forma improvisada tras la reunión y en un apartado de la galera. Las historias que compartieron con nosotras fueron muy similares a las de Tepetzintla, por lo que es imposible que no sea tal y como lo narran. Demasiadas personas comentan lo mismo en esta zona. No mostraron ante nosotros ninguna posición huidiza, ni recelosa, ni cerrada. Nos recibían alegres, sonrientes, mirándonos a los ojos, hablando en voz alta, expresándose con desusada franqueza. Nos habíamos ganado su confianza en poco tiempo.
Aquí, por fin, conocimos de primera mano en qué consistía el proyecto belga de capacitación de Atención Primaria. Habíamos oído hablar tanto de él, pero que nadie había sido capaz de explicárnoslo claramente. Nos lo comentó Daniel, el asistente de salud del Lindero, que nos explicó en qué consistía su trabajo y el de CAPAS. Qué irresponsabilidad la del Gobierno que delega en manos de gente no cualificada la salud de sus ciudadanos. De camino a Tepetzintla nos paramos a visitar la casa de salud que ha construido el Gobierno, pero a la que deja inutilizada por falta de medicamentos. Daniel nos estuvo enseñando el control que sigue de todos sus pacientes en una sala donde el calor era sofocante.
DANIEL nos comentó que los belgas impulsaron hace seis años en la zona un proyecto de capacitación de algunos vecinos para que se dedicaran a ser asistentes de salud. Los ‘elegidos’ por la propia comunidad asistieron a tres cursos de formación de 10 días de duración. Hoy son capaces de tratar nueve de cada diez enfermedades, extraer muelas, suturar heridas, medir la tensión, reanimar.... “Atendemos las patologías más normales, si el problema es de mayor envergadura, les remitimos a los hospitales, explica Daniel, quien hace seis años que comenzó la formación y tres la práctica. “Me siento bien por poder ayudar a los demás y porque personalmente es muy gratificante”.
Mientras duró el programa, las medicinas estaban garantizadas, pero como las ayudas no son eternas son ahora los vecinos quienes tienen que hacer frente a la compra de las medicinas. La imposibilidad de los indígenas para acceder a su adquisición obligó a CAPAS a agudizar el ingenio. Cada familia aporta 50 pesos anuales para cubrir las medicinas y tener garantizado el servicio. “Es insuficiente, pero es lo que hay”, apunta Daniel, quien explica que han intentado impulsar proyectos complementarios, como uno de quesos, otro de jarabes u otro de pastillas con plantas medicinales, pero desgraciadamente fracasó porque requerían mucho tiempo y dedicación. “Era más el coste del transporte que lo que se sacaba con la venta de estos productos”. En la zona hay mucha planta medicinal, pero va cayendo en beneficio de los medicamentos convencionales. Además, muchas de esas recetas tradicionales se han ido perdiendo con el paso de las generaciones.
Daniel dedica muchas horas a este trabajo, lo que hace que su milpa esté un poco desastre. Pero cuenta con la inestimable colaboración de sus compañeros que, como contraprestación a su servicio, se ocupan de su cultivo. Atiende a 56 familias en Lindero, 38 en Tepetzintla y 25 en 14 de mayo. Apunta los expedientes de sus pacientes, el tratamiento que les da, el nombre de quiénes han acudido a su consulta, el de quienes no han ido. Lleva un registro, muy ordenado, de la salida de los medicamentos, de las entradas, y al finalizar el mes hace un recuento y realiza los pedidos a DF. Por la casa de salud pasaron durante la primera quincena de septiembre un total de 49 personas. Su horario es de 9.30 a 16 horas de lunes a sábado, aunque si se trata de una urgencia está disponible las 24 horas al día. Es consciente de que la atención sanitaria es “obligación del Estado”, pero como no lo hace… “Prácticamente la gente del Gobierno no sabe de nuestra actividad, porque si lo supieran quizá nos quitarían las casas”.
Ahora hay unos 20 trabajadores de salud repartidos por las Huastecas. Esta casa atiende a tres comunidades. Otras a cinco e incluso a 6, depende del tamaño de la población. Daniel nos anuncia que el día 17 habrá una reunión de asociaciones de salud que hay en México.
Daniel también tiene mucho que hablar sobre la contraconcepción forzosa. El Gobierno le ha intentado “manipular” para que él convenciese a la población de que no tengan más hijos. “Me preguntan: ¿a cuántas mujeres convenciste?”. “Yo lo que hago es ir midiendo las prácticas y veo cuáles son positivas y cuáles no. Cada año les citan para ver si tienen infección cervicouterino. Yo les reprendo si van solas. Deben ir con sus esposos porque si no es más fácil que las engañan y les colocan el DIU”. “Les colocan el DIU sin su consentimiento y los médicos les avisan de que van a tener molestias, les engañan contándoles que tendrán infecciones. Les dan hojas para firmar el consentimiento informado es decir, para acreditar que recibieron toda la información y no es cierto.
“Es una guerra de baja intensidad”. En las casas de salud faltan medicamentos, sobre todo antibióticos y antinflamatorios. Nos pone el ejemplo de que una caja de paracetamol en un pedido grande cuesta 5 pesos por cada tableta de genéricos. Si no son genéricos cuesta 20 pesos. Cada mes mantienen una reunión central con sus compañeros y de vez en cuando con todos los asistentes de salud del país. Daniel lamenta que aún no hay casas de salud en todas las comunidades. Hay asociaciones más avanzadas y otras menos. Michocán, Guerrero, Chiapas o México. Pretenden hacer un frente nacional de salud y tienen pensado que en 2005 haya una reunión en Ecuador con otros países. Ya hubo una en Bangladesh.
Con muchas historias en la cabeza y con la satisfacción de haber resultado, de cierta forma, útil, regresamos por el mismo camino a Tepetzintla. Un buen baño en la pileta y a lavar la ropa, que ya hacía falta. Las mujeres nos prestan sus cubos, nos ayudan a sacar el agua del pozo al ver nuestra torpeza. Se ríen de nosotras constantemente. Entienden rápidamente el por qué nosotras, treintañeras, no hemos logrado casarnos. Su argumento es demoledor: “Si no sabéis lavar en el río y no sabéis hacer tortillas, ¿qué hombre os va a querer?” Los baños en la pileta, a pesar de las incomodidades, nos resultaron todo un lujo, la única manera de paliar y aliviar el calor sofocante, húmedo y pegajoso con que nos ha recibido la Huasteca, y eso que es septiembre y la temperatura ha debido descender.
La pileta es el lugar de máximo contacto con las mujeres. Les sorprende que utilicemos un bikini para lavarnos porque ellas se despojan sin pudor de la parte de arriba, pero en cambio se bañan con falda. Las mujeres a un lado, los hombres a otro, que no es cuestión de juntarse. Desde muy pequeñas lavan su ropa en la pileta y la verdad lo dejan impoluto, pese a sus pocas comodidades. Los fabricantes de plástico se tienen que hacer de oro porque hay cubos de todos los tamaños y para todos los usos. Como no hay agua entubada, ellas acarrean pesados cubos de agua en la cabeza desde la pileta hasta sus casas. Y así una y otra vez. Los hombres, por el contrario, utilizan los caballos como medio de transporte del agua, siempre ha habido clases.
Y así pasó la tarde. De nuevo, la noche cayó con la triste sensación de que un día más estaba a punto de finalizar. Realmente no había mucho que hacer en las comunidades, pero el tiempo pasaba excesivamente deprisa. Una nueva visita a la tienda-cooperativa para abastecernos de galletas que completaran nuestra alimentación o, mejor dicho, para tener la sensación de saciedad, y a cenar. En la tienda éramos toda una expectación porque adquiríamos artículos para ellos innecesarios.
La cena fue muy gratificante. Angelina, la madre de Edit y presidenta del comité de mujeres, nos habló de las prácticas habituales de los militares por la zona, y su marido sobre el albergue de estudiantes que hay a pocos kilómetros. El porche de la iglesia fue nuestro lugar de reunión.
ANGELINA. “Por los caminos y las milpas pasan muchos militares. Vienen de vez en cuando. Andan hasta la pileta, miran a las mujeres y las molestan. O las andan enamorando, incluso aunque estén casadas, o las violan, las embarazan y luego las abandonan”. “Cuando pasan, cerramos las tiendas porque para ellos no hay agua. Vienen todos armados, andan por donde quieren. Nos espantan a los niños, a las mujeres. Llegan a venir entre 20 y 30 militares hasta en cinco carros. Aprovechan que los hombres están trabajando en la milpa.
Aunque ya saben que están en su derecho de interponer una denuncia, todavía no se han atrevido. ¿Y qué quieren? “Saber cómo nos organizamos y quiénes son los representantes. Pero nosotros no les facilitamos esa información. ¿Nombres? No damos ninguno. Aquí no hay líderes”. Son cada uno de los que veo, las mujeres, los jóvenes, los viejos. La policía y el ejército los buscan porque creen que son los cabecillas.
Angelina se remonta a 1976 para enumerar las desapariciones y muertes que se produjeron por ocupar las tierras de los caciques. “Desde 1976 a 1989 fueron años duros. Aún hay compañeros en la cárcel desde los años 80. En esa fechas había retenes, por ejemplo, dos días consecutivos, observaban el interior de los carros, nos hacían preguntas…”.
El acoso sigue a día de hoy. “La Comunidad de la Mesa, cerca de Ixtle, donó una hectárea al ejército para que les vigilara y proporcionara seguridad. Les piden a las comunidades que firmen sellos para que puedan circular por la Huasteca. Me imagino que reciben algo a cambio de este terreno, les darán cemento, varillas, pero sólo para las autoridades, no para los vecinos”. “Son comunidades muy grandes, de más de 2.000 habitantes. Allí van los diputados, aquí no, pero mucho mejor porque prometen, prometen y no hacen nada”.
Fue una noche mágica. La conversación fue indescriptible, tanto como la sensación que tenía de ser la mujer más afortunada del mundo por haber tenido la oportunidad de conocer a gentes verdaderamente impresionantes y de salir de nuestro círculo de problemas cotidianos que resultan, de verdad, un tanto frívolos cuando lo que ves frente a ti son problemas relevantes: defender la vida, tus mínimas posesiones, la educación de tus hijos y la salud de todos los miembros de una familia.
Su generosidad es incuestionable. Nos ofrecen todo lo que tienen y más. Siempre están dispuestos a complacernos, incluso en cosas que ni siquiera solicitamos. Por ejemplo, como en la iglesia donde íbamos a pernoctar no había luz, unos hombres nos tiraron un cable desde la galera –único punto de luz de la comunidad además del de las casas- hasta la iglesia atravesando todo el camino que nos separaba. ¡Cómo agradecerles todas estas muestras de generosidad!
Imposible.
Nos abren la tienda en el mismo momento en que se dan cuenta de que precisamos algo. Cada año le toca a una mujer encargarse de la cooperativa, por eso no es extraño encontrarnos con una mujer que no sabe hacer sumas, ni siquiera leer o escribir. Su hospitalidad está al margen de dudas. Nos ofrecen los mejores lugares para dormir, temen que nos ocurra algo con los alacranes o con cualquier otro bicho. Somos sus invitadas y nos agasajan con todo tipo de detalles y eso que su sueldo no supera los 50 pesos al día.
Hemos logrado sacarles muchas sonrisas. Son muy amables, con una amabilidad sincera, sin esperar nada a cambio. Les honramos con nuestra presencia, pero si ellos supieran realmente lo que nos aportan ellos a nosotras… Me siento, al igual que mis compañeras, muy agradecida por poder compartir con ellos su forma de vida y por haberme podido imbuir durante unos días de unos valores que comenzamos a perder al otro lado del charco. Cómo me gustaría saber expresar mi agradecimiento.
Cometimos el segundo error del viaje (aviso a navegantes). Una señora muy mayor llegó al porche de la iglesia con dolores musculares. En ese momento nuestro botiquín era suyo, pero fue una equivocación porque, a partir de ese instante, comenzaron a llegar otras personas pidiéndonos medicinas para paliar sus dolores, creyendo que éramos doctoras. Tomamos la determinación de poner en común todo el botiquín que habíamos confeccionado para nuestras posibles molestias y dárselo a Daniel, el asistente de salud del Lindero con el que habíamos conversado. Pero eso sería al día siguiente.
Decidimos que la iglesia no nos resultaba demasiado acogedora. El alacrán que acababan de matar nuestros amigos, los panales de abejas, la araña peluda que rodeaba al Cristo y el calor sofocante, nos llevó a cambiar nuestro lugar de dormir por la cancha de baloncesto. Además, el cielo era un mar de estrellas. Un espectáculo, el de un cielo tomado por las estrellas, tan difícil de contemplar en la ‘civilización’ que bien merecía la decisión de dormir al aire libre. Parecía que estaba viendo una película en el cine. El cielo, las estrellas, ‘mis’ indígenas paseando en la penumbra de la noche. Me parecía aún mentira estar ahí.
Una conversación muy divertida entre nosotras en la cancha de baloncesto puso fin a uno de los mejores días. A todo esto tengo que sumar mi particular cura con el tema de los perros, que paseaban a sus anchas a mí alrededor sin que yo les prestara atención. En ese momento también dijimos adiós a las incómodas mosquiteras. A las 2 de la mañana –todo un exceso en nuestra vida monacal- dimos por terminada la charla y a dormir entre los ruidos de los pavos.
lunes, 13 de septiembre de 2004
domingo, 12 de septiembre de 2004
Un día de ilusión
Nos levantamos sobre las 8 de la mañana con el cuerpo un tanto dolorido porque las noches en el suelo iban pesando un poquito. Después de desayunar, teníamos reunión con los chavales de 14 de Mayo. Aquí sí que ha funcionado la contraconcepción forzosa y son muy pocos los jóvenes que siguen viviendo en el pueblo. A diferencia de Xiliteco, no hay niños, algo que nos sorprendió tanto como sobrecogió. Acudieron al encuentro, a las 10.00 horas, menos de 20 chavales-adolescentes que estudian en su mayoría Secundaria. Primero fue Edgar, un joven universitario de Económicas, el que intentó que los jóvenes se unan y encabecen programas sobre el campo o cualquier otro que les haga partícipes del devenir de su comunidad. No hubo forma, no sé si porque nuestra presencia les cohibía o porque han perdido la capacidad para organizarse.
Nuestro objetivo era hacer una campaña de concienciación sobre los derechos humanos, pero nos dimos cuenta de que la desinformación es total. Edgar y Leticia fueron los que más participaron en la charla, que inició Francisco, comentándoles el programa de Codhhso y las fórmulas que tienen para denunciar la violación de derechos humanos.
A las 13 horas concluyó la charla y nos fuimos con Francisco hacia el río por un camino a pleno sol. Fue una sorpresa muy agradable porque era más de lo que nos podíamos esperar. Un río caudaloso, ancho y con una fuerte corriente. Todo un pequeño paraíso. Con qué poco se puede uno sorprender y sentir afortunado cuando se palpan, aunque sea momentáneamente, las carencias más absolutas. Nos dimos un baño reparador, el mejor con diferencia desde que llegamos a la Huasteca. No nos hubiéramos ido nunca de ese río si no fuera porque Francisco insistió en que era la hora de comer.
Llegamos de nuevo, bajo un sol aplastante, a la galera. Nos encontramos con las tortillas preparadas y todas nuestras cosas tiradas por el suelo. Los esqueléticos perros, en nuestra ausencia, se habían dado un festín a base de queso de Philadelphia y las galletas que compramos en la tienda como complemento a la comida que nos ofrecen. No porque la cantidad fuera poca, bien al contrario, sino porque el picante nos impedía saborear las tortillas. Y eso que nos cocinaban con poco chile por indicación nuestra.
Unas nos quedamos escribiendo, mientras otras se fueron a la pileta a leer y a bañarse. Aproveché para darme una vuelta por la comunidad, hacer fotos y hablar con las pocas personas que me iba encontrando por el pueblo. La tienda cooperativa de la comunidad estaba enfrente. Era una tienda minúscula, con insignificantes víveres que adquirir y con una mujer que no sabía contar. Las mujeres se reparten cada cierto tiempo a quién le toca ocuparse de la tienda o del molino y es fácil encontrarse que algunas de ellas no saben ni sumar, ni leer, ni escribir. Luego, todos juntos, nos dimos una vuelta y ‘platicamos’ con una mujer a la puerta de su vivienda, junto a la iglesia que ésta si tenía ya las puertas y ventanas preparadas para ser colocadas. * Se nos hizo de noche mientras hablábamos y, como las calles no tienen luz, tuvimos que regresar a la galera a tientas. Han solicitado insistentemente al Gobierno que les coloque la iluminación, pero hasta el momento ha hecho caso omiso. Tampoco tienen agua ‘entubada’, como en
ninguna de las comunidades que visitamos. Edgar, el estudiante universitario, jugaba a baloncesto con otros amigos a oscuras. La inexistencia de luz impide hacer vida en la comunidad cuando cae la noche.
Edgar nos comentó su odisea para ir todos los días a estudiar. Va andando por el río a coger el autocar. Sale de casa a las 11 y llega a la escuela a las 12.45 horas. Regresa a casa a las 19 horas. Como aquí ya no hay escuela –por falta de alumnos- los pocos estudiantes de Primaria tienen que ir a Tepetzintla. Los de Secundaria, al Lindero. Nos habla del albergue de estudiantes. Vivían allí de lunes a viernes, les daban buena formación “pero resultaba muy duro”. Se levantaban a las 5 de la mañana y tenían que hacer de amas de casa, ir a la escuela y chapolear (cortar la hierba). “Era mucho trabajo”, se quejaba Edgar recordando sus años en aquel albergue, que no les costaba ni un peso porque lo suplían con el trabajo. Ahora, el albergue “ha crecido y mejorado, y ya no son tan estrictos”.
Esperamos en la galera a que llegaran las autoridades de 14 de mayo, pero no lo hicieron porque se les complicó una reunión que tenían en Huautla. Sí pudimos hablar con Fabián, un vecino de Tepetzintla –la comunidad que visitaríamos al día siguiente- y uno de los pocos monitores de derechos humanos que se han sumado al proyecto de Coddhso para poner en conocimiento de las organizaciones todas las violaciones de derechos humanos que se producen en sus comunidades. El nos habló de la práctica “generalizada y abusiva” de la contraconcepción forzosa y de los estragos que está originando en la comunidad y en las familias. También tuvimos ocasión de platicar con Francisco, ese hombre encantador que se desvivió por hacernos la estancia más cómoda, preocupado constantemente porque no nos faltara de nada.
FABIAN el monitor de DDHH de Tepetzintla, se había acercado hasta 14 de Mayo para ponerse de acuerdo con nosotras sobre la hora en la que llegaríamos al día siguiente a su comunidad y cómo íbamos a ir. Aprovechamos para conocer su opinión sobre la contraconcepción y la situación de la zona y nos comentó que “en las clínicas les imponen muchos métodos anticonceptivos, pero la gente tiene que saber que hay documentos para denunciar”. La utilización de métodos genera problemas en las parejas. “La planificación nos ha perjudicado mucho porque no hay niños. Todavía las mujeres no se han atrevido a denunciar. El problema es que el miedo les paraliza. En la clínica les dicen que si no se planifican les quitan las ayudas. En teoría no es forzoso, pero en la práctica, sí. Deben saber que cada quien tiene derecho a construir su familia y no el médico, ni el Gobierno. Antes no había apoyos y nos criaban. ¿No se da cuenta el médico que si no hay niños su trabajo va a desaparecer en pocos años?” Comenta que antes esa labor de concienciación la hacían los profesores, que “eran utilizados para planificar”. Sugiere que “quizá los médicos reciban incentivos”. Su labor, por tanto, es hacer ver a las mujeres y a los hombres que pueden consultar con los monitores de derechos humanos si el doctor les regaña. Ellos serán los encargados de transmitir la denuncia a Coddhso o a la Limeddh.
También se acerca el delegado del municipio de Tepetzintla. El nos comenta que las autoridades “les dicen que es obligatorio la planificación, cuando realmente debería ser un tema que sólo compete a la familia. Si no planifican, les quitan las ayudas, es una amenaza constante. Les ponen el dispositivo sin consentimiento del marido y eso crea problemas en la pareja”.
FRANCISCO, que por primera vez nos habla de la contraconcepción, aclara que hace cuatro o cinco años, quizá más, que se está practicando. “Aunque el derecho ya existía, nadie se encargaba de defenderlo. Ha habido algunas denuncias, como el caso de una señora que hace tres años llegó al hospital de Huautla y le dijeron que tenía que ponerse el DIU o la operaban. Se negó a ambas cosas y hubo que tramitar una denuncia porque realmente le retiraron las ayudas. Coddhso y la Limeddh hicieron las pertinentes pesquisas y al final pudo recuperar las ayudas. Con el Plan Oportunidades les conceden 350 pesos al mes para la familia. Si vive sola con sus hijos 150 pesos, pero “no se lo dan a todas” y “muchas veces se retrasan o no llegan”.
Despedida y de nuevo a las mosquiteras. Nuestro ‘escolta’ esta noche fue otro señor diferente. El ruido característico de los sapos fue nuestra orquesta particular durante horas y horas.
Nuestro objetivo era hacer una campaña de concienciación sobre los derechos humanos, pero nos dimos cuenta de que la desinformación es total. Edgar y Leticia fueron los que más participaron en la charla, que inició Francisco, comentándoles el programa de Codhhso y las fórmulas que tienen para denunciar la violación de derechos humanos.
A las 13 horas concluyó la charla y nos fuimos con Francisco hacia el río por un camino a pleno sol. Fue una sorpresa muy agradable porque era más de lo que nos podíamos esperar. Un río caudaloso, ancho y con una fuerte corriente. Todo un pequeño paraíso. Con qué poco se puede uno sorprender y sentir afortunado cuando se palpan, aunque sea momentáneamente, las carencias más absolutas. Nos dimos un baño reparador, el mejor con diferencia desde que llegamos a la Huasteca. No nos hubiéramos ido nunca de ese río si no fuera porque Francisco insistió en que era la hora de comer.
Llegamos de nuevo, bajo un sol aplastante, a la galera. Nos encontramos con las tortillas preparadas y todas nuestras cosas tiradas por el suelo. Los esqueléticos perros, en nuestra ausencia, se habían dado un festín a base de queso de Philadelphia y las galletas que compramos en la tienda como complemento a la comida que nos ofrecen. No porque la cantidad fuera poca, bien al contrario, sino porque el picante nos impedía saborear las tortillas. Y eso que nos cocinaban con poco chile por indicación nuestra.
Unas nos quedamos escribiendo, mientras otras se fueron a la pileta a leer y a bañarse. Aproveché para darme una vuelta por la comunidad, hacer fotos y hablar con las pocas personas que me iba encontrando por el pueblo. La tienda cooperativa de la comunidad estaba enfrente. Era una tienda minúscula, con insignificantes víveres que adquirir y con una mujer que no sabía contar. Las mujeres se reparten cada cierto tiempo a quién le toca ocuparse de la tienda o del molino y es fácil encontrarse que algunas de ellas no saben ni sumar, ni leer, ni escribir. Luego, todos juntos, nos dimos una vuelta y ‘platicamos’ con una mujer a la puerta de su vivienda, junto a la iglesia que ésta si tenía ya las puertas y ventanas preparadas para ser colocadas. * Se nos hizo de noche mientras hablábamos y, como las calles no tienen luz, tuvimos que regresar a la galera a tientas. Han solicitado insistentemente al Gobierno que les coloque la iluminación, pero hasta el momento ha hecho caso omiso. Tampoco tienen agua ‘entubada’, como en
ninguna de las comunidades que visitamos. Edgar, el estudiante universitario, jugaba a baloncesto con otros amigos a oscuras. La inexistencia de luz impide hacer vida en la comunidad cuando cae la noche.
Edgar nos comentó su odisea para ir todos los días a estudiar. Va andando por el río a coger el autocar. Sale de casa a las 11 y llega a la escuela a las 12.45 horas. Regresa a casa a las 19 horas. Como aquí ya no hay escuela –por falta de alumnos- los pocos estudiantes de Primaria tienen que ir a Tepetzintla. Los de Secundaria, al Lindero. Nos habla del albergue de estudiantes. Vivían allí de lunes a viernes, les daban buena formación “pero resultaba muy duro”. Se levantaban a las 5 de la mañana y tenían que hacer de amas de casa, ir a la escuela y chapolear (cortar la hierba). “Era mucho trabajo”, se quejaba Edgar recordando sus años en aquel albergue, que no les costaba ni un peso porque lo suplían con el trabajo. Ahora, el albergue “ha crecido y mejorado, y ya no son tan estrictos”.
Esperamos en la galera a que llegaran las autoridades de 14 de mayo, pero no lo hicieron porque se les complicó una reunión que tenían en Huautla. Sí pudimos hablar con Fabián, un vecino de Tepetzintla –la comunidad que visitaríamos al día siguiente- y uno de los pocos monitores de derechos humanos que se han sumado al proyecto de Coddhso para poner en conocimiento de las organizaciones todas las violaciones de derechos humanos que se producen en sus comunidades. El nos habló de la práctica “generalizada y abusiva” de la contraconcepción forzosa y de los estragos que está originando en la comunidad y en las familias. También tuvimos ocasión de platicar con Francisco, ese hombre encantador que se desvivió por hacernos la estancia más cómoda, preocupado constantemente porque no nos faltara de nada.
FABIAN el monitor de DDHH de Tepetzintla, se había acercado hasta 14 de Mayo para ponerse de acuerdo con nosotras sobre la hora en la que llegaríamos al día siguiente a su comunidad y cómo íbamos a ir. Aprovechamos para conocer su opinión sobre la contraconcepción y la situación de la zona y nos comentó que “en las clínicas les imponen muchos métodos anticonceptivos, pero la gente tiene que saber que hay documentos para denunciar”. La utilización de métodos genera problemas en las parejas. “La planificación nos ha perjudicado mucho porque no hay niños. Todavía las mujeres no se han atrevido a denunciar. El problema es que el miedo les paraliza. En la clínica les dicen que si no se planifican les quitan las ayudas. En teoría no es forzoso, pero en la práctica, sí. Deben saber que cada quien tiene derecho a construir su familia y no el médico, ni el Gobierno. Antes no había apoyos y nos criaban. ¿No se da cuenta el médico que si no hay niños su trabajo va a desaparecer en pocos años?” Comenta que antes esa labor de concienciación la hacían los profesores, que “eran utilizados para planificar”. Sugiere que “quizá los médicos reciban incentivos”. Su labor, por tanto, es hacer ver a las mujeres y a los hombres que pueden consultar con los monitores de derechos humanos si el doctor les regaña. Ellos serán los encargados de transmitir la denuncia a Coddhso o a la Limeddh.
También se acerca el delegado del municipio de Tepetzintla. El nos comenta que las autoridades “les dicen que es obligatorio la planificación, cuando realmente debería ser un tema que sólo compete a la familia. Si no planifican, les quitan las ayudas, es una amenaza constante. Les ponen el dispositivo sin consentimiento del marido y eso crea problemas en la pareja”.
FRANCISCO, que por primera vez nos habla de la contraconcepción, aclara que hace cuatro o cinco años, quizá más, que se está practicando. “Aunque el derecho ya existía, nadie se encargaba de defenderlo. Ha habido algunas denuncias, como el caso de una señora que hace tres años llegó al hospital de Huautla y le dijeron que tenía que ponerse el DIU o la operaban. Se negó a ambas cosas y hubo que tramitar una denuncia porque realmente le retiraron las ayudas. Coddhso y la Limeddh hicieron las pertinentes pesquisas y al final pudo recuperar las ayudas. Con el Plan Oportunidades les conceden 350 pesos al mes para la familia. Si vive sola con sus hijos 150 pesos, pero “no se lo dan a todas” y “muchas veces se retrasan o no llegan”.
Despedida y de nuevo a las mosquiteras. Nuestro ‘escolta’ esta noche fue otro señor diferente. El ruido característico de los sapos fue nuestra orquesta particular durante horas y horas.
sábado, 11 de septiembre de 2004
De Xiliteco a 14 de Mayo
Esa noche tocó concierto de pavos. Ensordecedor. Me levanté sobre las 8 de la mañana y tuve la suerte de hablar por fin con Pedro antes de que llegase la hora del desayuno. Ese gran hombre, de 52 años, bigotillo y sonrisa perenne, habla con un sentimiento y un sentido del humor impropio de una persona que ha vivido en sus carnes la represión del Gobierno y que, pese a haber podido desligarse del movimiento, ha optado por luchar por los derechos de los demás, renunciar a parte de su vida, a su familia, y ahí está, dando la cara por lo que cree, por lo que siente. ¿No es encomiable?
PEDRO. Por fin la conversación prometida con Pedro. Conversamos en primer lugar sobre el Frente Democrático Liberal Emiliano Zapata. “No podemos avanzar de forma más acelerada porque nos faltan elementos que participen de forma constante. Es voluntario. No hay ningún privilegio, ni sueldo. Nosotros nos decidimos a participar a tiempo completo porque somos conscientes de que hay una necesidad de cambio.”. “Los luchadores sociales”, añadió, “nos vemos obligados a no vivir siempre en el mismo lugar; hoy en una comunidad mañana en otra, un día en un estado otro día en otro. Eso nos limita. No todos están dispuestos a cambiar de lugar de residencia e irse de sus pueblos. Nos falta gente”. Entonces, ¿cómo sobreviven? “Sobrevivimos a través de la solidaridad de organizaciones de voluntarios de la ciudad, sindicatos, ONG, de la misma comunidad, que nos apoyan de acuerdo con sus posibilidades”.
Su meta es inculcarles que no todo se hace por cuestión de la religión, que “hay que luchar”. Eso sí, Pedro y sus compañeros son conscientes de que no pueden meterse demasiado con la cuestión religiosa porque son católicos convencidos y “no pueden ver más allá”. “No podemos destruir sus creencias, eso les encabronaría”, aseguró Pedro, para quien “la iglesia a través de engaños ha manipulado históricamente a esta sociedad”.
Pedro pasó posteriormente a comentarnos muy sucintamente cómo tuvo lugar el movimiento de toma de tierras por parte de los indígenas. “Hace 30 años, en la década de los 60, unos compañeros comenzamos la lucha con pequeñas tomas de tierra y en ese mismo momento empezaron las matanzas. A medida que se tomaron las tierras, las sectas construían hospitales perfectamente acondicionados. “Nos organizamos y les echamos fuera. Traían proyectos para hacer zonas de gringos porque les interesaba esta zona petrolífera”. “Las curas nos alfabetizaban, nos hablaban de la política, pero nunca dejamos que se asentaran las sectas. Sólo en Chiapas lo lograron”, apunta. “Precisamente las últimas matanzas en Chiapas se han producido entre familias que integran distintas sectas, pero aquí no se permitió su entrada, porque esos mensajes de los gringos sólo dividían y debilitaban el movimiento”.
“Se produjeron asesinatos y emboscadas a partir de 1974. Toda la comunidad pertenecía a la familia Vadillo”. A partir de 1976 se empieza a formar un movimiento independiente liderado por los indígenas, pero sin dirigentes. “Desde entonces hay dos compañeros amenazados porque el Gobierno cree que son los dirigentes y por eso están en riesgo. Muchos se han unido al Gobierno porque les da dinero”. El Gobierno ofreció a Pedro 15 millones de pesos para acallarle. “No aceptamos el dinero, porque no queríamos lo que el Gobierno pretendía imponernos”. A 39 de ellos les costó la cárcel. Por no aceptar el dinero, les cargaron la muerte de una mujer de una región que ni siquiera conocían. “39 encarcelados por una bala”. Algunos llevan 19 años encarcelados en San Carlos de Veracruz. Pedro salió a los dos años y dos meses por un amparo, otros no lo lograron porque señalaban que en las declaraciones había contradicciones. Al principio las declaraciones decían que a los asesinos no se les pudo ver porque llevaban pasamontañas, pero, al parecer, la muerta al final “nos pudo ver”. El tema ahora está en la Comisión Interamericana de DDHH.
MALENA: “El amparo es el único recurso”. La abogada es Bárbara Zamora, uno de los pocos abogados que se atreve a defender este tipo de casos. Después de que se ‘suicidara de tres disparos’ la abogada Digna Ochoa, las cosas se complicaron y, además, los abogados ponen tarifas muy altas. Malena habla de la existencia de muchos caciques. “Concentrar el poder político, económico y militar les convierte en caciques y les permite jugar dobles papeles”. El movimiento social de la Huasteca se desarrolló en dos estados. Hidalgo se independizó y se reforzó más el plan de la organización en 1976. Según los datos que luego me aportaría Pedro, han sido más de 200 los campesinos muertos o desaparecidos desde entonces. También niños y mujeres.
Desgraciadamente la conversación fue interrumpida por la llegada de la hora del desayuno y me quedé con las ganas de que Pedro me contara su verdadera historia, su persecución y su vida en sí. Tras el desayuno nos fuimos a la iglesia, donde estaban celebrando una misa para agradecer a Dios que el agua en forma de lluvia había aparecido al fin; esa lluvia tan necesaria para que sus milpas y sus tierras se remojen a falta de agua de riego. Como en los pueblos españoles, los hombres permanecían sentados a las puertas de la iglesia. Las mujeres y los niños participaban en la misa de agradecimiento, llevando flores, poniendo velas clavadas en la tierra y atendiendo al cura.
En el exterior, el barrizal se había solidificado y era realmente difícil andar por esos caminos de acceso a la iglesia, con unas botas llenas de barro que parecían albarcas. En cambio, ellas, mis niñas, iban descalzas y se lavaban los pies en los innumerables charcos. Realmente era la mejor forma de andar, pero, claro, no me atreví. Briseida, acompañada por Julia, me llevó a que conociera a su madre, la misma que un día antes me había intentado vender unas servilletas que ella bordaba. Al poco comenzaría la asamblea con hombres y mujeres. No sabíamos en qué iba a consistir, pero allí estábamos las cuatro sentadas en un banco central en la iglesia a la espera de que la reunión diera comienzo. Pedro comenzó a hablar en náhuatl. En la grabadora quedó reflejado el sonido de esta lengua imposible de aprender. Luego tomaría la palabra el enérgico Adrián, quien les intentaba concienciar de la necesidad de denunciar todas las violaciones de derechos humanos a las que les somete el Gobierno.
ADRIAN RAMIREZ se dirige entonces a los vecinos de Xiliteco tras la misa. “Lo que se vive en Xiliteco nadie lo sabe. Necesitamos que alguien se comunique con la Coddhso o con la Limeddh para que se conozcan los casos que aquí ocurren. Por ejemplo, sepan que si el médico no pasa consulta, si les engañan diciendo que si no se operan no le da medicinas, o los profesores no vienen a clase, o no le dieron la beca del programa, lo pueden denunciar. Si no sabemos qué está pasando, no podremos nunca denunciarlo”.
Adrián habla ahora de la red de monitores que se está creando para que sean ellos los que anoten las denuncias y los que se las transmitan a las organizaciones de derechos humanos. El perfil ideal de los monitores es una persona joven y mujer, ya que cuando hay represión tienen “más posibilidades de sortear los controles militares”. Puso el ejemplo de la Sierra de Zongolica. “Cuando la represión era fuerte, Margarita logró saltarse los controles y bajar información hasta DF”, recordó Adrián quien matizó que, en cualquier caso, también “pueden ser hombres”. El objetivo final es que cada vez haya más voluntarios.
El monitor debe ser nombrado por la Comunidad pero él también tiene que desearlo. Sería mejor que supiera leer y escribir, que tenga actitud y memoria. El debe apuntar lo que está pasando y enviar los datos a la Liga Mexicana. Les aclara que el monitor no se va a enfrentar nunca con las autoridades, que esta labor le corresponde a Pedro o a él mismo. La misión del monitor será bajar a la ciudad, llamar por teléfono y explicar lo que está ocurriendo en Xiliteco. El monitor debe saber hacer fotos para recopilar cuantas más pruebas mejor. Yolanda de la Cruz, asistente de salud de Xiliteco, de 46 años y cinco hijos, toma la palabra y comenta en voz alta que en la comunidad “no hay pastillas para nada, sólo para contraconcepción”.
PEDRO, que había permanecido sentado mientras Adrián se dirigía a la gente, habla esta vez en castellano para que nosotras nos enterásemos. Quiere inculcarles el valor del trabajo en colectivo y el poder de la denuncia. “Usted que ha sentido el hambre, la miseria, que no ha dormido en una cama, debe ser gobernante; si no hay igualdad el problema no va a cambiar. ¡Prepárense, vienen problemas fuertes! Solamente unidos se puede lograr los objetivos. Queremos igualdad, justicia”.
Salimos de la reunión, que duró varias horas, con la sensación de que queda mucho por hacer para inculcar a estas gentes la necesidad de denunciar y quitarles el miedo a hacerlo. No nos enteramos de todos los mensajes, ya que Pedro se dirigía en náhualt, al fin y al cabo es el idioma que más dominan. Un grupo de mujeres, las mismas que los días anteriores, fueron las encargadas de prepararnos la comida. Comimos de nuevo en la cooperativa. Lo hice rápido para aprovechar las últimas horas jugando con las niñas que no me dejaban ni a sol ni a sombra. Las regalé mi pulsera y dos gomas de pelo y se mostraron muy agradecidas. ¡Qué alegría por tan poca cosa! Un último baño en el río nos permitió mitigar el calor sofocante. El agua fresquita fue todo un regalo. Una niña actuó de guardaespaldas mientras nos lavábamos en el riachuelo. Y es que allí la sensación de seguridad era total. No dábamos un paso sin que la gente de la comunidad supiera dónde estábamos. ¿Vigilancia?, no, seguridad. Rápidamente preparamos
nuestras mochilas porque nuestros minutos en Xiliteco ya estaban contados desgraciadamente. Los niños querían jugar y me resultó realmente difícil hacer las dos cosas a la vez.
Nos montamos nuevamente en el carro. Esta vez éramos 12 los que nos trasladábamos en el vehículo. La despedida me sobrecogió. Sería la última vez (estaba equivocada) que vería a esas personas y eso me entristeció. Muchos de los niños, entre ellos Julia, corrían al lado del carro mientras nosotros emprendíamos viaje. La carita de Julia era un poema. Nos íbamos a nuestra segunda comunidad: 14 de Mayo.
La carretera era un camino de grava sin prensar, un cortado intransitable por las últimas lluvias. Tanto, que el coche que conducía Adrián se quedó atascado en una subida. El barro hacía girar las ruedas sin cesar, pero tras unos desaconsejados intentos lo logró y los aplausos se sucedieron. Ninguno creíamos que lo conseguiría.
Tras una hora por caminos de difícil acceso llegamos a la Comunidad de 14 de Mayo y aparcamos en la encharcada pista de baloncesto. Empezaron las despedidas, algunas más emotivas que otras. A mí, concretamente, me dio mucha pena decir adiós a Pedro, no sólo porque se hubiera quedado una conversación sin concluir, sino porque la paz y la alegría que desprende, contagia. Y lo peor de todo, no volvimos a tener la oportunidad en los días próximos de conocer toda su historia sobrecogedora. Francisco fue el encargado de 'custodiarnos’ durante nuestra permanencia en 14 de Mayo.
Nos ofrecieron la escuela para dormir, pero como estábamos ya acostumbradas a hacerlo casi al aire libre, ese cobijo nos resultó poco cómodo. El calor agobiante de su interior y los panales de abejas que nos amenazaban junto a las ventanas nos hizo decantarnos por ‘tomar’ la galera, el lugar donde guardan la maquinaria para el campo que han comprado entre todos los vecinos. Estaba en un alto y eso nos hizo creer que los insectos serían menores. Allí los mosquitos son lo de menos: el relec hace su trabajo. Lo peor son otro tipo de bichos que caminan por el suelo –hormigas asesinas, cucarachas, arañitas- o vuelan a su antojo –polillas gigantes y animalitos para nosotras sin nombre-. Pero, en cualquier caso, las emociones del viaje, de las gentes y de las experiencias que íbamos interiorizando, minimizaban el efecto de los insectos, de las condiciones en las que dormíamos y de la dificultad para lavarse o utilizar las letrinas comunitarias.
Todavía quedaban unas pocas horas antes de que anocheciera y nos fuimos a dar un paseo con Francisco por el camino que llevaba al río para contemplar el bello y arbolado paisaje. Al llegar a una valla, supongo que la que marcaba las lindes del cacique, nos dimos la vuelta por la senda que estaba ‘bien’ encharcada. Aún nos dio tiempo a lavarnos en la pileta. Las mujeres nos sacaban los cubos (cubetas) del pozo para ayudarnos. Se reían mucho de nosotras porque demostrábamos lo inútiles que éramos para desempeñar las tareas que para ellas son tan habituales. Lavar la ropa en el río o en la pileta, hacer tortillas…
Llegó la hora de la cena y se volvió a repetir la misma película que vivimos en Xiliteco. Las mujeres nos traían comida, tortillas de maíz, en grandes cantidades. Más cantidad de la que nosotras podíamos asumir. Nos ‘custodió Francisco y otro hombre de la comunidad, pese a que insistimos en que no era necesario que durmieran con nosotras. Pero allí cualquier gesto de generosidad había que agradecérselo tal y como llegaba y nunca rechazarlo porque eso supondría un agravio. Pronto lo aprendimos. Noelia se durmió en seguida, el resto preferimos jugar al tute y escribir. * Esa noche nos tocó orquesta de burro y ronquidos. La mosquitera se movía para todos los lados y fue realmente complicado relajarse en aquel paraje, sin embargo, al fin, el cansancio ganó.
PEDRO. Por fin la conversación prometida con Pedro. Conversamos en primer lugar sobre el Frente Democrático Liberal Emiliano Zapata. “No podemos avanzar de forma más acelerada porque nos faltan elementos que participen de forma constante. Es voluntario. No hay ningún privilegio, ni sueldo. Nosotros nos decidimos a participar a tiempo completo porque somos conscientes de que hay una necesidad de cambio.”. “Los luchadores sociales”, añadió, “nos vemos obligados a no vivir siempre en el mismo lugar; hoy en una comunidad mañana en otra, un día en un estado otro día en otro. Eso nos limita. No todos están dispuestos a cambiar de lugar de residencia e irse de sus pueblos. Nos falta gente”. Entonces, ¿cómo sobreviven? “Sobrevivimos a través de la solidaridad de organizaciones de voluntarios de la ciudad, sindicatos, ONG, de la misma comunidad, que nos apoyan de acuerdo con sus posibilidades”.
Su meta es inculcarles que no todo se hace por cuestión de la religión, que “hay que luchar”. Eso sí, Pedro y sus compañeros son conscientes de que no pueden meterse demasiado con la cuestión religiosa porque son católicos convencidos y “no pueden ver más allá”. “No podemos destruir sus creencias, eso les encabronaría”, aseguró Pedro, para quien “la iglesia a través de engaños ha manipulado históricamente a esta sociedad”.
Pedro pasó posteriormente a comentarnos muy sucintamente cómo tuvo lugar el movimiento de toma de tierras por parte de los indígenas. “Hace 30 años, en la década de los 60, unos compañeros comenzamos la lucha con pequeñas tomas de tierra y en ese mismo momento empezaron las matanzas. A medida que se tomaron las tierras, las sectas construían hospitales perfectamente acondicionados. “Nos organizamos y les echamos fuera. Traían proyectos para hacer zonas de gringos porque les interesaba esta zona petrolífera”. “Las curas nos alfabetizaban, nos hablaban de la política, pero nunca dejamos que se asentaran las sectas. Sólo en Chiapas lo lograron”, apunta. “Precisamente las últimas matanzas en Chiapas se han producido entre familias que integran distintas sectas, pero aquí no se permitió su entrada, porque esos mensajes de los gringos sólo dividían y debilitaban el movimiento”.
“Se produjeron asesinatos y emboscadas a partir de 1974. Toda la comunidad pertenecía a la familia Vadillo”. A partir de 1976 se empieza a formar un movimiento independiente liderado por los indígenas, pero sin dirigentes. “Desde entonces hay dos compañeros amenazados porque el Gobierno cree que son los dirigentes y por eso están en riesgo. Muchos se han unido al Gobierno porque les da dinero”. El Gobierno ofreció a Pedro 15 millones de pesos para acallarle. “No aceptamos el dinero, porque no queríamos lo que el Gobierno pretendía imponernos”. A 39 de ellos les costó la cárcel. Por no aceptar el dinero, les cargaron la muerte de una mujer de una región que ni siquiera conocían. “39 encarcelados por una bala”. Algunos llevan 19 años encarcelados en San Carlos de Veracruz. Pedro salió a los dos años y dos meses por un amparo, otros no lo lograron porque señalaban que en las declaraciones había contradicciones. Al principio las declaraciones decían que a los asesinos no se les pudo ver porque llevaban pasamontañas, pero, al parecer, la muerta al final “nos pudo ver”. El tema ahora está en la Comisión Interamericana de DDHH.
MALENA: “El amparo es el único recurso”. La abogada es Bárbara Zamora, uno de los pocos abogados que se atreve a defender este tipo de casos. Después de que se ‘suicidara de tres disparos’ la abogada Digna Ochoa, las cosas se complicaron y, además, los abogados ponen tarifas muy altas. Malena habla de la existencia de muchos caciques. “Concentrar el poder político, económico y militar les convierte en caciques y les permite jugar dobles papeles”. El movimiento social de la Huasteca se desarrolló en dos estados. Hidalgo se independizó y se reforzó más el plan de la organización en 1976. Según los datos que luego me aportaría Pedro, han sido más de 200 los campesinos muertos o desaparecidos desde entonces. También niños y mujeres.
Desgraciadamente la conversación fue interrumpida por la llegada de la hora del desayuno y me quedé con las ganas de que Pedro me contara su verdadera historia, su persecución y su vida en sí. Tras el desayuno nos fuimos a la iglesia, donde estaban celebrando una misa para agradecer a Dios que el agua en forma de lluvia había aparecido al fin; esa lluvia tan necesaria para que sus milpas y sus tierras se remojen a falta de agua de riego. Como en los pueblos españoles, los hombres permanecían sentados a las puertas de la iglesia. Las mujeres y los niños participaban en la misa de agradecimiento, llevando flores, poniendo velas clavadas en la tierra y atendiendo al cura.
En el exterior, el barrizal se había solidificado y era realmente difícil andar por esos caminos de acceso a la iglesia, con unas botas llenas de barro que parecían albarcas. En cambio, ellas, mis niñas, iban descalzas y se lavaban los pies en los innumerables charcos. Realmente era la mejor forma de andar, pero, claro, no me atreví. Briseida, acompañada por Julia, me llevó a que conociera a su madre, la misma que un día antes me había intentado vender unas servilletas que ella bordaba. Al poco comenzaría la asamblea con hombres y mujeres. No sabíamos en qué iba a consistir, pero allí estábamos las cuatro sentadas en un banco central en la iglesia a la espera de que la reunión diera comienzo. Pedro comenzó a hablar en náhuatl. En la grabadora quedó reflejado el sonido de esta lengua imposible de aprender. Luego tomaría la palabra el enérgico Adrián, quien les intentaba concienciar de la necesidad de denunciar todas las violaciones de derechos humanos a las que les somete el Gobierno.
ADRIAN RAMIREZ se dirige entonces a los vecinos de Xiliteco tras la misa. “Lo que se vive en Xiliteco nadie lo sabe. Necesitamos que alguien se comunique con la Coddhso o con la Limeddh para que se conozcan los casos que aquí ocurren. Por ejemplo, sepan que si el médico no pasa consulta, si les engañan diciendo que si no se operan no le da medicinas, o los profesores no vienen a clase, o no le dieron la beca del programa, lo pueden denunciar. Si no sabemos qué está pasando, no podremos nunca denunciarlo”.
Adrián habla ahora de la red de monitores que se está creando para que sean ellos los que anoten las denuncias y los que se las transmitan a las organizaciones de derechos humanos. El perfil ideal de los monitores es una persona joven y mujer, ya que cuando hay represión tienen “más posibilidades de sortear los controles militares”. Puso el ejemplo de la Sierra de Zongolica. “Cuando la represión era fuerte, Margarita logró saltarse los controles y bajar información hasta DF”, recordó Adrián quien matizó que, en cualquier caso, también “pueden ser hombres”. El objetivo final es que cada vez haya más voluntarios.
El monitor debe ser nombrado por la Comunidad pero él también tiene que desearlo. Sería mejor que supiera leer y escribir, que tenga actitud y memoria. El debe apuntar lo que está pasando y enviar los datos a la Liga Mexicana. Les aclara que el monitor no se va a enfrentar nunca con las autoridades, que esta labor le corresponde a Pedro o a él mismo. La misión del monitor será bajar a la ciudad, llamar por teléfono y explicar lo que está ocurriendo en Xiliteco. El monitor debe saber hacer fotos para recopilar cuantas más pruebas mejor. Yolanda de la Cruz, asistente de salud de Xiliteco, de 46 años y cinco hijos, toma la palabra y comenta en voz alta que en la comunidad “no hay pastillas para nada, sólo para contraconcepción”.
PEDRO, que había permanecido sentado mientras Adrián se dirigía a la gente, habla esta vez en castellano para que nosotras nos enterásemos. Quiere inculcarles el valor del trabajo en colectivo y el poder de la denuncia. “Usted que ha sentido el hambre, la miseria, que no ha dormido en una cama, debe ser gobernante; si no hay igualdad el problema no va a cambiar. ¡Prepárense, vienen problemas fuertes! Solamente unidos se puede lograr los objetivos. Queremos igualdad, justicia”.
Salimos de la reunión, que duró varias horas, con la sensación de que queda mucho por hacer para inculcar a estas gentes la necesidad de denunciar y quitarles el miedo a hacerlo. No nos enteramos de todos los mensajes, ya que Pedro se dirigía en náhualt, al fin y al cabo es el idioma que más dominan. Un grupo de mujeres, las mismas que los días anteriores, fueron las encargadas de prepararnos la comida. Comimos de nuevo en la cooperativa. Lo hice rápido para aprovechar las últimas horas jugando con las niñas que no me dejaban ni a sol ni a sombra. Las regalé mi pulsera y dos gomas de pelo y se mostraron muy agradecidas. ¡Qué alegría por tan poca cosa! Un último baño en el río nos permitió mitigar el calor sofocante. El agua fresquita fue todo un regalo. Una niña actuó de guardaespaldas mientras nos lavábamos en el riachuelo. Y es que allí la sensación de seguridad era total. No dábamos un paso sin que la gente de la comunidad supiera dónde estábamos. ¿Vigilancia?, no, seguridad. Rápidamente preparamos
nuestras mochilas porque nuestros minutos en Xiliteco ya estaban contados desgraciadamente. Los niños querían jugar y me resultó realmente difícil hacer las dos cosas a la vez.
Nos montamos nuevamente en el carro. Esta vez éramos 12 los que nos trasladábamos en el vehículo. La despedida me sobrecogió. Sería la última vez (estaba equivocada) que vería a esas personas y eso me entristeció. Muchos de los niños, entre ellos Julia, corrían al lado del carro mientras nosotros emprendíamos viaje. La carita de Julia era un poema. Nos íbamos a nuestra segunda comunidad: 14 de Mayo.
La carretera era un camino de grava sin prensar, un cortado intransitable por las últimas lluvias. Tanto, que el coche que conducía Adrián se quedó atascado en una subida. El barro hacía girar las ruedas sin cesar, pero tras unos desaconsejados intentos lo logró y los aplausos se sucedieron. Ninguno creíamos que lo conseguiría.
Tras una hora por caminos de difícil acceso llegamos a la Comunidad de 14 de Mayo y aparcamos en la encharcada pista de baloncesto. Empezaron las despedidas, algunas más emotivas que otras. A mí, concretamente, me dio mucha pena decir adiós a Pedro, no sólo porque se hubiera quedado una conversación sin concluir, sino porque la paz y la alegría que desprende, contagia. Y lo peor de todo, no volvimos a tener la oportunidad en los días próximos de conocer toda su historia sobrecogedora. Francisco fue el encargado de 'custodiarnos’ durante nuestra permanencia en 14 de Mayo.
Nos ofrecieron la escuela para dormir, pero como estábamos ya acostumbradas a hacerlo casi al aire libre, ese cobijo nos resultó poco cómodo. El calor agobiante de su interior y los panales de abejas que nos amenazaban junto a las ventanas nos hizo decantarnos por ‘tomar’ la galera, el lugar donde guardan la maquinaria para el campo que han comprado entre todos los vecinos. Estaba en un alto y eso nos hizo creer que los insectos serían menores. Allí los mosquitos son lo de menos: el relec hace su trabajo. Lo peor son otro tipo de bichos que caminan por el suelo –hormigas asesinas, cucarachas, arañitas- o vuelan a su antojo –polillas gigantes y animalitos para nosotras sin nombre-. Pero, en cualquier caso, las emociones del viaje, de las gentes y de las experiencias que íbamos interiorizando, minimizaban el efecto de los insectos, de las condiciones en las que dormíamos y de la dificultad para lavarse o utilizar las letrinas comunitarias.
Todavía quedaban unas pocas horas antes de que anocheciera y nos fuimos a dar un paseo con Francisco por el camino que llevaba al río para contemplar el bello y arbolado paisaje. Al llegar a una valla, supongo que la que marcaba las lindes del cacique, nos dimos la vuelta por la senda que estaba ‘bien’ encharcada. Aún nos dio tiempo a lavarnos en la pileta. Las mujeres nos sacaban los cubos (cubetas) del pozo para ayudarnos. Se reían mucho de nosotras porque demostrábamos lo inútiles que éramos para desempeñar las tareas que para ellas son tan habituales. Lavar la ropa en el río o en la pileta, hacer tortillas…
Llegó la hora de la cena y se volvió a repetir la misma película que vivimos en Xiliteco. Las mujeres nos traían comida, tortillas de maíz, en grandes cantidades. Más cantidad de la que nosotras podíamos asumir. Nos ‘custodió Francisco y otro hombre de la comunidad, pese a que insistimos en que no era necesario que durmieran con nosotras. Pero allí cualquier gesto de generosidad había que agradecérselo tal y como llegaba y nunca rechazarlo porque eso supondría un agravio. Pronto lo aprendimos. Noelia se durmió en seguida, el resto preferimos jugar al tute y escribir. * Esa noche nos tocó orquesta de burro y ronquidos. La mosquitera se movía para todos los lados y fue realmente complicado relajarse en aquel paraje, sin embargo, al fin, el cansancio ganó.
viernes, 10 de septiembre de 2004
Mis amigos los indígenas
Un aullido de un perro era contestado por otro. Parecía que tuvieran un snooze y se hablaran en la distancia. Mantenían una conversación sincronizada y así durante toda la noche. Al amanecer los gallos se sumaron al jolgorio y cada varios segundos emitían su característico sonido. Eran apenas las 6.30 de la mañana cuando me desperté, mientras el resto permanecía dormida bajo sus mosquiteras, excepto Adrián y Pedro, que se habían marchado temprano para arreglar el carro. Yo aproveché para disfrutar de un momento de soledad, escribir en mi diario y contemplar el amanecer y, por tanto, lo que la noche nos impidió ver: la comunidad que nos había alojado, la iglesia, de unas dimensiones razonables, que nos había permitido descansar, y el verdor de las montañas que rodeaban la zona.
Las primeras luces de las viviendas se prendieron. Fuera, olía a maíz, el mismo olor penetrante que nos acompañaría durante días. Las rendijas de las casas de palos dejaban escapar los primeros aromas. Allí, sentada en el porche de la iglesia, era fácil imaginar cómo las mujeres estaban afanadas en sus cocinas preparando el desayuno. Frente a la iglesia había un árbol robusto del que colgaba la campana con la que avisarían de cualquier evento que sucediera en el pueblo; a la derecha la vivienda del ‘rico’ del pueblo, con su gres, su televisión, fotografías colgadas de las paredes, pero también sin puertas, ni ventanas. De la izquierda provenía el olor a letrina, la de los hombres, porque la de las mujeres estaba limpia. Ante mí, los gallos desfilaban, mientras en el interior las primeras se fueron despertando.
El desayuno fue llegando de forma paulatina. De nuevo, cada mujer nos agasajaba con sus mejores platos. Éramos sus invitados y bien que lo demostraron. Café muy rico, tortillas con huevo, tortillas para untar frijoles, tortillas con chile... Ese sería nuestro sostén durante los días que permanecimos en La Huasteca hidalguense. El problema es que esos alimentos tan poco variados y nutritivos eran para nosotras sólo un paréntesis en nuestra dieta habitual; para ellos en cambio era su alimentación básica y exclusiva. Maíz, frijoles y chile; chile, frijoles y maíz. Una y otra vez. Para desayunar, para comer y para cenar. Y eso que el Gobierno mexicano se empeña en decir que en México no hay hambre. ¿Cómo se llama a esto, entonces? No es de extrañar que a su lado nosotras pareciéramos altas y eso que ninguna nos caracterizamos por nuestra estatura.
A los hombres no los vimos en todo el día, quizá estarían en la milpa trabajando. Después de desayunar nos fuimos al arroyo, un riachuelo de aguas claras y fresquitas que nos pareció todo un lujo. Aprovechamos para compartir nuestras primeras impresiones de una estancia que se prometía, como así fue, maravillosa. No hay palabras para describir las sensaciones que nos transmitieron esos indígenas que en nada de tiempo se hacen querer.
Las mujeres estaban ensayando el baile típico, el Trapiche, con el que participarían el día 15 de septiembre (Día de la independencia de México de los conquistadores, o sea de nosotros los españoles) junto a otras comunidades de la Huasteca de Hidalgo. A las 10.00 nos reuniríamos con las mujeres en nuestra primera asamblea. Tuvimos que esperar a que algunas terminaran de bailar para que compartieran con nosotras su vida, sus experiencias, sus problemas y sus dudas. Aprovechamos para aprender, es un decir, las primeras palabras de un idioma imposible de retener y pronunciar. Tonaste (buenos días), tiotaquín (buenas tardes), lascamate (gracias), aquispin (chico). Así al menos sonaban, aunque dudo que su trascripción sea la correcta. Gracias a Malena, que nos introdujo en la conversación, la charla fue más desenfadada y pronto el miedo inicial fue dando lugar a las confidencias.
Las mujeres se dispusieron frente a nosotras. Algunas sentadas en el suelo, otras en bancos mientras jugaban con sus hijos, les daban el pecho o simplemente les observaban. Sus voces quedaron reflejadas en mi grabadora, con el llanto de fondo de los niños o las risas de esas mujeres que nos miraban con caras expectantes. No borraré la cinta, es parte de mi archivo personal que me permitirá recordar aquel momento vivo y emocionante que viví ese mes de septiembre de 2004. La charla fluía, ellas nos contaban su forma de vida y nosotras les hacíamos partícipes de alguna manera de la nuestra. Éramos cinco, cinco mujeres solteras y sin hijos, independientes económicamente, y aquello les sorprendía tanto como a nosotras su vida. Quizá a nuestras abuelas de pueblo, sus historias les resultaran más cotidianas, para nosotras, sin embargo, era todo un mundo por descubrir. El tema que más nos interesaba era la salud y sobre él incidimos.
ASAMBLEA CON MUJERES EN XILITECO. Las mujeres de Xiliteco, la comunidad más grande de las que visitamos, comenzaron por hacer un poco de historia desde que en los 80 tomaron las tierras y se las repartieron entre los vecinos –unas ocho hectáreas por familia-. El resquemor a que se volvieran a crear nuevos ricos a expensas de la debilidad de otros, les llevó a pensar en el trabajo comunitario como la forma de organización más equitativa. Y así continúan 25 años después, con un ‘carro’ por comunidad, un molino donde moler el maíz, una minúscula tienda, un tractor, una ‘pileta’ donde lavar la ropa. Las decisiones que afectan al rancho también se toman en colectivo, al igual que eligen a sus propias autoridades.
Tienen una casa de salud en la comunidad. Se la construyó el Gobierno, pero el médico tan sólo acude a ella una vez al mes, a lo mejor cada dos meses. Sus necesidades más elementales están cubiertas por el trabajo voluntario de María de la Cruz, la asistente de salud que se formó hace unos cinco años gracias al proyecto belga, CAPAS. Cuando ella, que sí vive en la comunidad, no puede dar solución al problema del paciente los remite a Huautla, que se encuentra a 40 minutos en carro o a dos horas caminando. Suelen acudir en el carro comunitario que han adquirido con las aportaciones de todos los vecinos, pero el problema es que sólo tres personas saben ‘manejar’.
Antes tenían los hijos “hasta que se acabara”. Es el momento en el que comenzamos a enterarnos de la contraconcepción forzosa a las que les somete el Gobierno. ¿Cómo planifican? La doctora les ayuda a que se planifiquen, les dan píldoras anticonceptivas, les proporcionan el DIU y luego las revisan cada tres meses y después al año. “Si va mal nos lo cambian, pero no nos lo quitan”. Nos hablan de los planes del Gobierno y de su miedo a perder las migajas que les otorga. Por ejemplo, el programa oportunidades les cubre las consultas, pero no las medicinas, que les resultan ‘bien’ caras. Se quejan en voz alta de que en las clínicas del Estado “sólo hay condones, pero no medicamentos”. Para adquirir las medicinas, el programa CAPAS (Centro de apoyo a las iniciativas de los pueblos en áreas de salud) ideó que cada familia aportara a una bolsa común 50 pesos al año para nutrir la farmacia de la comunidad.
También les pagan 2,50 pesos a la semana para el desayuno de los niños: Lechita, papas, zanahoria, calabacines. Las mujeres amamantan hasta los cuatro o cinco años a sus hijos para darles más aporte de proteínas. Hay 109 niños en la comunidad, de preescolar hasta los 12 años. Ellas, entre risas picaruelas, nos comentan que la gente se casa muy joven, incluso a los 15 años. Se relacionan entre ellos y con los de otras comunidades. No llegamos a aclararnos si los matrimonios son libres o no. Las mujeres trabajan en otras comunidades siempre que les dé permiso el marido. Al parecer la fidelidad se respeta. Y es que si a un hombre le ‘cachan’ con otra mujer, se le llama la atención públicamente.
Las mujeres se levantan a las 5 de la mañana, quizás a las cuatro, lavan los trastes, preparan el desayuno, acondicionan sus casas, que están todo lo limpias que pueden estar, o acuden a la milpa a ayudar a sus maridos. En ocasiones la tierra está a una hora caminando de la comunidad. Otra vez maíz, frijoles y chiles. Chiles, frijoles y maíz. Es lo único que cultivas y casi lo único que consumen
Un bien ejemplo de que todas las decisiones se toman en colectivo, en asamblea, es que decidieron que entrara el programa Procede. Lo hicieron hace apenas un año y parece ser que la experiencia no les ha satisfecho, ya que la mujer más parlanchina dijo tajante. “Nos ganó el Gobierno”. Este programa, en apariencia es voluntario, pero como casi todo en las Huastecas parece una entelequia. El Programa de Certificación de Derechos Ejidales y Tribulación del Solares Urbanos (Procede) se puso en marcha en 1993 como un instrumento que permitiera dar certidumbre jurídica a la tenencia de la tierra, regularizar los derechos agrarios y otorgar certificaciones de propiedad individual a los ejidatarios. Pero las dudas surgieron pronto. “¿Si ya tenemos nuestros planos para qué medir de nuevo? Si todos somos comuneros ¿para qué depurar el padrón? ¿Qué vamos a ganar con el Procede? Si es menos superficie, ¿repondrán el resto?”.
Antes contaba toda la comunidad con un terreno colectivo y podían elegir el lugar donde sembrar, ahora se han dividido los espacios y ya no hay tierras para repartir entre los hijos varones. A la muerte del padre y si son varios hijos, algunos “se tienen que emigrar”. Si son chicas y se casan se van a casa del marido. No dejan que entren los partidos políticos porque ya están ellos perfectamente organizados, siguiendo los usos y costumbres reconocidos, supuestamente, por el Gobierno.
Les interesaba saber sobre cómo eran nuestras celebraciones porque, como es lógico, desconocían que compartimos religión, no así su devoción. Nos contaron que allí existen bodas civiles y religiosas. Cuando se va a celebrar un enlace, los novios avisan a la presidencia del día en el que se va a celebrar. La ‘muchacha’ no puede ve al ‘muchacho’ en ocho días. Invitan a toda la comunidad a la misa y a los bailes, también a comer res, “si la hay”. El convite corre a cargo de la familia del muchacho. Como la chica abandona su hogar para irse al de su marido, “a veces llegan a compartir dos nueras una misma casa”. En caso de que surjan problemas, los resuelve el delegado, el comisionado y la vigilancia, autoridades que se eligen cada año y de forma asamblearia.
Para ellos la navidad comienza el 16 de diciembre y se prolonga hasta el 24. Durante esos días escenifican el calvario que debieron pasar María y José para encontrar un lugar donde tener a Jesús. Cada casa pone su virgencita (la lupita) y el santito. Los niños tienen su piñata. El 24 se cena y llevan a la virgencita a la iglesia. Tienen un muñeco al que bautizan el 2 de febrero. Su madrina es la encargada de vestirlo. Prueba de su religiosidad es que se pasaron toda la semana rezando para que lloviese y como lo hizo, y de forma muy copiosa, llevaron a su santito a la capilla para agradecer que les escuchara sus súplicas. Si no, hubieran rezado hasta que lloviera. Así cualquiera.
La conversación, de casi dos horas de duración, fue muy rica, a pesar de que sólo dos mujeres fueron las que llevaron la voz cantante. El resto se reía y charlaba con su vecina de al lado. Qué pena, no recuerdo sus nombres, pero sí sus caras, esas miradas que transmitían esperanza y que, pese a su incultura de conocimientos, demostraban una gran cultura de la vida, con unos valores que nos resulta imposible ni siquiera conjugar. Solidaridad con el resto de sus vecinos, y con los que vivían incluso en otras comunidades, el amor a sus hijos y a sus maridos…
La pena, como bien nos contó posteriormente Pedro, es que no fueron sinceras del todo con nosotras. El miedo las atenaza y no son capaces de contar la verdad total de su vida. El pánico que sienten ante las amenazas constantes del Gobierno de Fox, como antes del PRI, que les oprime con mentiras y engaños. Las migajas de ayudas que reciben son la forma más burda de tenerlas atenazadas y acalladas. Y ante todo eso, su resistencia es incuestionable.
Cuando concluyó la plática nos fuimos de nuevo al riachuelo para refrescarnos y poner en común nuestras sensaciones. Noelia, como siempre, desaparecida. Comimos todos juntos en el mismo lugar que antes nos había servido de salón de reuniones. Esta vez nos agasajaron con un arroz exquisito con frijoles, el mismo que ellas no comerían, y por supuesto tortillas de maíz.
La reunión con los niños se produciría a las 15 horas, pero allí el tiempo se mide de otra manera. Su ‘ahorita mismo’ puede prolongarse sine die, aunque no pasa nada, es tan sólo preciso cambiar el chip. Siempre hay cosas que hacer, ir al río, lavar la ropa, escribir o, mejor aún, hablar con personas con las que seguir creciendo y escuchando sus historias fascinantes. Pedro, mientras, se dedicó a preparar en la escuela la ‘clase’ de derechos humanos que impartiría a los más pequeños. Es bueno que vayan escuchando conceptos para que los interioricen y sean capaces, cuando crezcan, de luchar porque se cumplan; lo mismo que están haciendo sus mayores.
El encuentro comenzó a las 17 horas. Primero fue Pedro, en una mezcla de náhualt y castellano, quien se dirigió a unos niños expectantes. Sentados o de pie, escuchaban atentamente. No era para menos, Pedro se destapó como un orador intachable, con fuerza y con decisión. Sus mensajes iban calando, al menos en mí, espero que también en ellos.
Adrián tomó el relevo de Pedro y siguió su plática sobre derechos humanos. Poco después comenzaría nuestro turno. Como el material que, con todo cariño y dedicación habíamos preparado en España y clasificado en DF nos lo habíamos dejado en Huejutla olvidado junto a las medicinas, tuvimos que improvisar. ¡Oh, improvisación!, la palabra que más me asusta. Pintamos un mapamundi en el encerado y salí a escena como un pulpo en una cacharrería. No era capaz de ordenar una frase y mis compañeras poco me ayudaron. El único que salió en mi ayuda fue Adrián, que tomó las riendas de la conversación. Hablamos de dónde veníamos, cómo era la educación en España, de cómo vivíamos a groso modo y de cuáles eran nuestros derechos educativos. Ninguno de los niños ha visto el mar y por eso nos resultaba muy complicado hacerles entender de dónde veníamos, que habíamos cruzado el océano Atlántico durante 12 horas. También son pocos los que han viajado a DF, ni siquiera a Pachuca, la capital del Estado de Hidalgo. Comparamos nuestras becas con las suyas y nos dimos cuenta de que todos gozan de beca de Progresa. Resultaban poco comunicativos y eso nos dificultó aún más la conversación. Bien es cierto que nosotras no fuimos capaces de hacerles hablar. Demostraron que, pese a su corta edad, se resisten a seguir los pasos de sus padres. Así, una buena parte de ellos declaraba que de mayor quería ser maestro.
La reunión concluyó cantando ellos su himno y nosotras tarareando el nuestro. Lo pasé fatal y tengo que reconocer que me molestó no haber estado a la altura. Casi tiro la toalla, menos mal que en conversaciones futuras remedié el mal trago y la sensación de impotencia que sentí se fue pasando.
Nos integramos con los chavales, jugamos con ellos a voley, a basket, nos hicimos fotos. Yo me convertí en la más popular entre los niños porque les hacía mucha gracia verse en la cámara digital. Sus recelos iniciales se convirtieron después en un incesante pedir nuevas fotografías. Briseida y Julia, a las que cogí mucho cariño, no se me despegaban. Me gustaba esa sensación. Jugué con ellas a pillar y a hacernos cosquillas. Cada vez se iban uniendo más niños a nuestro juego y me recorrí toda la escuela corriendo como si fuera una más de ellos. Increíble.
Cometimos el error de repartir las piruletas y los bolígrafos y lapiceros que llevábamos entre los niños. Quisimos hacer una gracia y fue un error porque todos se agolpaban ante nosotras, casi se pelean y algunos, picaruelos, nos intentaban engañar diciendo que no les habíamos dado.
La noche nos cayó encima sin darnos cuenta. Recogimos nuestras mochilas y las mosquiteras de la iglesia y nos trasladamos a la escuela. Al menos, ese lugar tenía el suelo de cemento y estaba liso, había menos bichos y parecía más acogedor. Cenamos mientras caía una lluvia intensa y refrescante. Briseida y Julia, con sus preciosas caras y su dulce acento, nos acompañaron durante la cena, jugando ajenas a nuestra presencia. Utilizaron el pretexto de la lluvia para no irse a casa. Briseida no sabía si dormir en casa de su mamá o de su mamá. ¿Dos mamás? Una su madre y otra su abuela, con la que vivía a pesar de que las viviendas no equidistaban demasiado. El problema es que en casa de su madre no había sitio porque ésta se había vuelto a casar años después de que su marido la abandonara y el nuevo esposo aporta cuatro hijos al humilde hogar.
Dejó de llover y jugué con ellas a correr por la cancha de baloncesto. Sus pies descalzos sobre los charcos no parecían importarles. Están tan ilógicamente acostumbradas al contacto con el suelo que les resulta algo normal; a mí me daba reparo.
Las mujeres y las niñas van descalzas, a veces llevan zapatos de plástico porque son baratos, pero no sirven para el clima de la región ni para la topografía del terreno. Los hombres y los niños, por el contrario, sí llevan botas. Siempre ha habido clases Al final, me despedí de las dos niñas y nos fuimos a dormir. De nuevo, la misma película: ¿cómo colgar las mosquiteras? Era un show. En esta ocasión éramos uno más. Francisco, aquel hombre que nos había comprado los pollos riquísimos en Huejutla en la sede de la Codhhso, se había sumado a la comitiva.
Nueva plática entre cuatro de nosotras mientras el resto dormía o paseaba por la comunidad. Preferí sacrificar horas de sueño para escribir. Eran tantas las emociones y las vivencias que no podía permitirme el lujo de que se me olvidaran. Había que sacar tiempo de donde no lo había y no quería perderme nada. La noche fue de nuevo placentera.
Las primeras luces de las viviendas se prendieron. Fuera, olía a maíz, el mismo olor penetrante que nos acompañaría durante días. Las rendijas de las casas de palos dejaban escapar los primeros aromas. Allí, sentada en el porche de la iglesia, era fácil imaginar cómo las mujeres estaban afanadas en sus cocinas preparando el desayuno. Frente a la iglesia había un árbol robusto del que colgaba la campana con la que avisarían de cualquier evento que sucediera en el pueblo; a la derecha la vivienda del ‘rico’ del pueblo, con su gres, su televisión, fotografías colgadas de las paredes, pero también sin puertas, ni ventanas. De la izquierda provenía el olor a letrina, la de los hombres, porque la de las mujeres estaba limpia. Ante mí, los gallos desfilaban, mientras en el interior las primeras se fueron despertando.
El desayuno fue llegando de forma paulatina. De nuevo, cada mujer nos agasajaba con sus mejores platos. Éramos sus invitados y bien que lo demostraron. Café muy rico, tortillas con huevo, tortillas para untar frijoles, tortillas con chile... Ese sería nuestro sostén durante los días que permanecimos en La Huasteca hidalguense. El problema es que esos alimentos tan poco variados y nutritivos eran para nosotras sólo un paréntesis en nuestra dieta habitual; para ellos en cambio era su alimentación básica y exclusiva. Maíz, frijoles y chile; chile, frijoles y maíz. Una y otra vez. Para desayunar, para comer y para cenar. Y eso que el Gobierno mexicano se empeña en decir que en México no hay hambre. ¿Cómo se llama a esto, entonces? No es de extrañar que a su lado nosotras pareciéramos altas y eso que ninguna nos caracterizamos por nuestra estatura.
A los hombres no los vimos en todo el día, quizá estarían en la milpa trabajando. Después de desayunar nos fuimos al arroyo, un riachuelo de aguas claras y fresquitas que nos pareció todo un lujo. Aprovechamos para compartir nuestras primeras impresiones de una estancia que se prometía, como así fue, maravillosa. No hay palabras para describir las sensaciones que nos transmitieron esos indígenas que en nada de tiempo se hacen querer.
Las mujeres estaban ensayando el baile típico, el Trapiche, con el que participarían el día 15 de septiembre (Día de la independencia de México de los conquistadores, o sea de nosotros los españoles) junto a otras comunidades de la Huasteca de Hidalgo. A las 10.00 nos reuniríamos con las mujeres en nuestra primera asamblea. Tuvimos que esperar a que algunas terminaran de bailar para que compartieran con nosotras su vida, sus experiencias, sus problemas y sus dudas. Aprovechamos para aprender, es un decir, las primeras palabras de un idioma imposible de retener y pronunciar. Tonaste (buenos días), tiotaquín (buenas tardes), lascamate (gracias), aquispin (chico). Así al menos sonaban, aunque dudo que su trascripción sea la correcta. Gracias a Malena, que nos introdujo en la conversación, la charla fue más desenfadada y pronto el miedo inicial fue dando lugar a las confidencias.
Las mujeres se dispusieron frente a nosotras. Algunas sentadas en el suelo, otras en bancos mientras jugaban con sus hijos, les daban el pecho o simplemente les observaban. Sus voces quedaron reflejadas en mi grabadora, con el llanto de fondo de los niños o las risas de esas mujeres que nos miraban con caras expectantes. No borraré la cinta, es parte de mi archivo personal que me permitirá recordar aquel momento vivo y emocionante que viví ese mes de septiembre de 2004. La charla fluía, ellas nos contaban su forma de vida y nosotras les hacíamos partícipes de alguna manera de la nuestra. Éramos cinco, cinco mujeres solteras y sin hijos, independientes económicamente, y aquello les sorprendía tanto como a nosotras su vida. Quizá a nuestras abuelas de pueblo, sus historias les resultaran más cotidianas, para nosotras, sin embargo, era todo un mundo por descubrir. El tema que más nos interesaba era la salud y sobre él incidimos.
ASAMBLEA CON MUJERES EN XILITECO. Las mujeres de Xiliteco, la comunidad más grande de las que visitamos, comenzaron por hacer un poco de historia desde que en los 80 tomaron las tierras y se las repartieron entre los vecinos –unas ocho hectáreas por familia-. El resquemor a que se volvieran a crear nuevos ricos a expensas de la debilidad de otros, les llevó a pensar en el trabajo comunitario como la forma de organización más equitativa. Y así continúan 25 años después, con un ‘carro’ por comunidad, un molino donde moler el maíz, una minúscula tienda, un tractor, una ‘pileta’ donde lavar la ropa. Las decisiones que afectan al rancho también se toman en colectivo, al igual que eligen a sus propias autoridades.
Tienen una casa de salud en la comunidad. Se la construyó el Gobierno, pero el médico tan sólo acude a ella una vez al mes, a lo mejor cada dos meses. Sus necesidades más elementales están cubiertas por el trabajo voluntario de María de la Cruz, la asistente de salud que se formó hace unos cinco años gracias al proyecto belga, CAPAS. Cuando ella, que sí vive en la comunidad, no puede dar solución al problema del paciente los remite a Huautla, que se encuentra a 40 minutos en carro o a dos horas caminando. Suelen acudir en el carro comunitario que han adquirido con las aportaciones de todos los vecinos, pero el problema es que sólo tres personas saben ‘manejar’.
Antes tenían los hijos “hasta que se acabara”. Es el momento en el que comenzamos a enterarnos de la contraconcepción forzosa a las que les somete el Gobierno. ¿Cómo planifican? La doctora les ayuda a que se planifiquen, les dan píldoras anticonceptivas, les proporcionan el DIU y luego las revisan cada tres meses y después al año. “Si va mal nos lo cambian, pero no nos lo quitan”. Nos hablan de los planes del Gobierno y de su miedo a perder las migajas que les otorga. Por ejemplo, el programa oportunidades les cubre las consultas, pero no las medicinas, que les resultan ‘bien’ caras. Se quejan en voz alta de que en las clínicas del Estado “sólo hay condones, pero no medicamentos”. Para adquirir las medicinas, el programa CAPAS (Centro de apoyo a las iniciativas de los pueblos en áreas de salud) ideó que cada familia aportara a una bolsa común 50 pesos al año para nutrir la farmacia de la comunidad.
También les pagan 2,50 pesos a la semana para el desayuno de los niños: Lechita, papas, zanahoria, calabacines. Las mujeres amamantan hasta los cuatro o cinco años a sus hijos para darles más aporte de proteínas. Hay 109 niños en la comunidad, de preescolar hasta los 12 años. Ellas, entre risas picaruelas, nos comentan que la gente se casa muy joven, incluso a los 15 años. Se relacionan entre ellos y con los de otras comunidades. No llegamos a aclararnos si los matrimonios son libres o no. Las mujeres trabajan en otras comunidades siempre que les dé permiso el marido. Al parecer la fidelidad se respeta. Y es que si a un hombre le ‘cachan’ con otra mujer, se le llama la atención públicamente.
Las mujeres se levantan a las 5 de la mañana, quizás a las cuatro, lavan los trastes, preparan el desayuno, acondicionan sus casas, que están todo lo limpias que pueden estar, o acuden a la milpa a ayudar a sus maridos. En ocasiones la tierra está a una hora caminando de la comunidad. Otra vez maíz, frijoles y chiles. Chiles, frijoles y maíz. Es lo único que cultivas y casi lo único que consumen
Un bien ejemplo de que todas las decisiones se toman en colectivo, en asamblea, es que decidieron que entrara el programa Procede. Lo hicieron hace apenas un año y parece ser que la experiencia no les ha satisfecho, ya que la mujer más parlanchina dijo tajante. “Nos ganó el Gobierno”. Este programa, en apariencia es voluntario, pero como casi todo en las Huastecas parece una entelequia. El Programa de Certificación de Derechos Ejidales y Tribulación del Solares Urbanos (Procede) se puso en marcha en 1993 como un instrumento que permitiera dar certidumbre jurídica a la tenencia de la tierra, regularizar los derechos agrarios y otorgar certificaciones de propiedad individual a los ejidatarios. Pero las dudas surgieron pronto. “¿Si ya tenemos nuestros planos para qué medir de nuevo? Si todos somos comuneros ¿para qué depurar el padrón? ¿Qué vamos a ganar con el Procede? Si es menos superficie, ¿repondrán el resto?”.
Antes contaba toda la comunidad con un terreno colectivo y podían elegir el lugar donde sembrar, ahora se han dividido los espacios y ya no hay tierras para repartir entre los hijos varones. A la muerte del padre y si son varios hijos, algunos “se tienen que emigrar”. Si son chicas y se casan se van a casa del marido. No dejan que entren los partidos políticos porque ya están ellos perfectamente organizados, siguiendo los usos y costumbres reconocidos, supuestamente, por el Gobierno.
Les interesaba saber sobre cómo eran nuestras celebraciones porque, como es lógico, desconocían que compartimos religión, no así su devoción. Nos contaron que allí existen bodas civiles y religiosas. Cuando se va a celebrar un enlace, los novios avisan a la presidencia del día en el que se va a celebrar. La ‘muchacha’ no puede ve al ‘muchacho’ en ocho días. Invitan a toda la comunidad a la misa y a los bailes, también a comer res, “si la hay”. El convite corre a cargo de la familia del muchacho. Como la chica abandona su hogar para irse al de su marido, “a veces llegan a compartir dos nueras una misma casa”. En caso de que surjan problemas, los resuelve el delegado, el comisionado y la vigilancia, autoridades que se eligen cada año y de forma asamblearia.
Para ellos la navidad comienza el 16 de diciembre y se prolonga hasta el 24. Durante esos días escenifican el calvario que debieron pasar María y José para encontrar un lugar donde tener a Jesús. Cada casa pone su virgencita (la lupita) y el santito. Los niños tienen su piñata. El 24 se cena y llevan a la virgencita a la iglesia. Tienen un muñeco al que bautizan el 2 de febrero. Su madrina es la encargada de vestirlo. Prueba de su religiosidad es que se pasaron toda la semana rezando para que lloviese y como lo hizo, y de forma muy copiosa, llevaron a su santito a la capilla para agradecer que les escuchara sus súplicas. Si no, hubieran rezado hasta que lloviera. Así cualquiera.
La conversación, de casi dos horas de duración, fue muy rica, a pesar de que sólo dos mujeres fueron las que llevaron la voz cantante. El resto se reía y charlaba con su vecina de al lado. Qué pena, no recuerdo sus nombres, pero sí sus caras, esas miradas que transmitían esperanza y que, pese a su incultura de conocimientos, demostraban una gran cultura de la vida, con unos valores que nos resulta imposible ni siquiera conjugar. Solidaridad con el resto de sus vecinos, y con los que vivían incluso en otras comunidades, el amor a sus hijos y a sus maridos…
La pena, como bien nos contó posteriormente Pedro, es que no fueron sinceras del todo con nosotras. El miedo las atenaza y no son capaces de contar la verdad total de su vida. El pánico que sienten ante las amenazas constantes del Gobierno de Fox, como antes del PRI, que les oprime con mentiras y engaños. Las migajas de ayudas que reciben son la forma más burda de tenerlas atenazadas y acalladas. Y ante todo eso, su resistencia es incuestionable.
Cuando concluyó la plática nos fuimos de nuevo al riachuelo para refrescarnos y poner en común nuestras sensaciones. Noelia, como siempre, desaparecida. Comimos todos juntos en el mismo lugar que antes nos había servido de salón de reuniones. Esta vez nos agasajaron con un arroz exquisito con frijoles, el mismo que ellas no comerían, y por supuesto tortillas de maíz.
La reunión con los niños se produciría a las 15 horas, pero allí el tiempo se mide de otra manera. Su ‘ahorita mismo’ puede prolongarse sine die, aunque no pasa nada, es tan sólo preciso cambiar el chip. Siempre hay cosas que hacer, ir al río, lavar la ropa, escribir o, mejor aún, hablar con personas con las que seguir creciendo y escuchando sus historias fascinantes. Pedro, mientras, se dedicó a preparar en la escuela la ‘clase’ de derechos humanos que impartiría a los más pequeños. Es bueno que vayan escuchando conceptos para que los interioricen y sean capaces, cuando crezcan, de luchar porque se cumplan; lo mismo que están haciendo sus mayores.
El encuentro comenzó a las 17 horas. Primero fue Pedro, en una mezcla de náhualt y castellano, quien se dirigió a unos niños expectantes. Sentados o de pie, escuchaban atentamente. No era para menos, Pedro se destapó como un orador intachable, con fuerza y con decisión. Sus mensajes iban calando, al menos en mí, espero que también en ellos.
Adrián tomó el relevo de Pedro y siguió su plática sobre derechos humanos. Poco después comenzaría nuestro turno. Como el material que, con todo cariño y dedicación habíamos preparado en España y clasificado en DF nos lo habíamos dejado en Huejutla olvidado junto a las medicinas, tuvimos que improvisar. ¡Oh, improvisación!, la palabra que más me asusta. Pintamos un mapamundi en el encerado y salí a escena como un pulpo en una cacharrería. No era capaz de ordenar una frase y mis compañeras poco me ayudaron. El único que salió en mi ayuda fue Adrián, que tomó las riendas de la conversación. Hablamos de dónde veníamos, cómo era la educación en España, de cómo vivíamos a groso modo y de cuáles eran nuestros derechos educativos. Ninguno de los niños ha visto el mar y por eso nos resultaba muy complicado hacerles entender de dónde veníamos, que habíamos cruzado el océano Atlántico durante 12 horas. También son pocos los que han viajado a DF, ni siquiera a Pachuca, la capital del Estado de Hidalgo. Comparamos nuestras becas con las suyas y nos dimos cuenta de que todos gozan de beca de Progresa. Resultaban poco comunicativos y eso nos dificultó aún más la conversación. Bien es cierto que nosotras no fuimos capaces de hacerles hablar. Demostraron que, pese a su corta edad, se resisten a seguir los pasos de sus padres. Así, una buena parte de ellos declaraba que de mayor quería ser maestro.
La reunión concluyó cantando ellos su himno y nosotras tarareando el nuestro. Lo pasé fatal y tengo que reconocer que me molestó no haber estado a la altura. Casi tiro la toalla, menos mal que en conversaciones futuras remedié el mal trago y la sensación de impotencia que sentí se fue pasando.
Nos integramos con los chavales, jugamos con ellos a voley, a basket, nos hicimos fotos. Yo me convertí en la más popular entre los niños porque les hacía mucha gracia verse en la cámara digital. Sus recelos iniciales se convirtieron después en un incesante pedir nuevas fotografías. Briseida y Julia, a las que cogí mucho cariño, no se me despegaban. Me gustaba esa sensación. Jugué con ellas a pillar y a hacernos cosquillas. Cada vez se iban uniendo más niños a nuestro juego y me recorrí toda la escuela corriendo como si fuera una más de ellos. Increíble.
Cometimos el error de repartir las piruletas y los bolígrafos y lapiceros que llevábamos entre los niños. Quisimos hacer una gracia y fue un error porque todos se agolpaban ante nosotras, casi se pelean y algunos, picaruelos, nos intentaban engañar diciendo que no les habíamos dado.
La noche nos cayó encima sin darnos cuenta. Recogimos nuestras mochilas y las mosquiteras de la iglesia y nos trasladamos a la escuela. Al menos, ese lugar tenía el suelo de cemento y estaba liso, había menos bichos y parecía más acogedor. Cenamos mientras caía una lluvia intensa y refrescante. Briseida y Julia, con sus preciosas caras y su dulce acento, nos acompañaron durante la cena, jugando ajenas a nuestra presencia. Utilizaron el pretexto de la lluvia para no irse a casa. Briseida no sabía si dormir en casa de su mamá o de su mamá. ¿Dos mamás? Una su madre y otra su abuela, con la que vivía a pesar de que las viviendas no equidistaban demasiado. El problema es que en casa de su madre no había sitio porque ésta se había vuelto a casar años después de que su marido la abandonara y el nuevo esposo aporta cuatro hijos al humilde hogar.
Dejó de llover y jugué con ellas a correr por la cancha de baloncesto. Sus pies descalzos sobre los charcos no parecían importarles. Están tan ilógicamente acostumbradas al contacto con el suelo que les resulta algo normal; a mí me daba reparo.
Las mujeres y las niñas van descalzas, a veces llevan zapatos de plástico porque son baratos, pero no sirven para el clima de la región ni para la topografía del terreno. Los hombres y los niños, por el contrario, sí llevan botas. Siempre ha habido clases Al final, me despedí de las dos niñas y nos fuimos a dormir. De nuevo, la misma película: ¿cómo colgar las mosquiteras? Era un show. En esta ocasión éramos uno más. Francisco, aquel hombre que nos había comprado los pollos riquísimos en Huejutla en la sede de la Codhhso, se había sumado a la comitiva.
Nueva plática entre cuatro de nosotras mientras el resto dormía o paseaba por la comunidad. Preferí sacrificar horas de sueño para escribir. Eran tantas las emociones y las vivencias que no podía permitirme el lujo de que se me olvidaran. Había que sacar tiempo de donde no lo había y no quería perderme nada. La noche fue de nuevo placentera.
jueves, 9 de septiembre de 2004
Amor por las Huastecas
Nos levantamos a las 5.30 de la mañana en DF. Era de noche y en la calle hacía frío. Con mucho sueño fuimos llevando, entre todos, las mochilas al coche que nos trasladaría posteriormente a Huejutla, una ciudad mediana del Estado de Hidalgo, a unos 400 kilómetros y más de siete horas de carretera. Nos metimos en el carro como sardinas en lata. Tan ‘sólo’ íbamos Adrián padre, Adrián hijo, Marlene, Beto, Malena, Pedro, Mariví, Olga, Susana, Noelia y yo. A lo que había que sumar nuestras voluminosas mochilas, sus correspondientes equipajes y por si fuera poco un motor que vendría a sustituir otro del coche de Adrián que hace días se estropeó por la zona de Pachuca.
Con gran ilusión emprendimos el viaje. Los días de turismo habían estado bien, pero la realidad del viaje era la que ahora se abría ante nosotras. La salida de DF fue laboriosa. Esta vez no por el tráfico –inexistente casi a esas horas de la madrugada- sino por las grandes distancias que hacen de esta macrourbe un monstruo inabarcable, pero a la vez sorprendente. Al poco de salir de DF, el sol nos ofreció un bello amanecer y dejó ante nuestros ojos un paisaje cada vez más frondoso. Daba mucha pena perdérselo, pese al sueño que nos iba ganando poco a poco.
Realizamos la primera parada en un merendero de carretera, donde un sabroso desayuno nos esperaba –un consomé con garbanzos muy picante que nos despertó el paladar tanto como el estómago-. Mariví, que ya por aquel entonces no soportaba el picante, se atiborró a dulces. Cada varios kilómetros hacíamos una paradita, en especial cuando el paisaje bien merecía una fotografía. Tuve la suerte de compartir asiento con Pedro, el presidente del Comité de la Defensa de los Derechos Humanos de la Huasteca y Sierra Oriental (Coddhso), y en ese mismo instante me di cuenta de la persona tan excepcional que tenía a mi lado. Días más tarde corroboré aquella maravillosa impresión inicial.
Curva a la derecha, curva a la izquierda, curva a la derecha, frenazo para sortear el tope, uno de tantos que se colocan en las carreteras para impedir que los vehículos adquieran altas velocidades. ¡Qué ilusos, como si las carreteras y la niebla cegadora permitieran que un kamikaze cogiera los mandos!
Nada más pisar suelo de la Huasteca hidalguense, un control militar nos puso en alerta. Fue el único que nos encontramos, pero estoy segura que no el único que existía. Los coches estacionados en la carretera, tras la señal de alto total, nos hizo percatarnos de la militarización que sufre la zona. Supuestamente están ahí para dar seguridad, pero ¿qué protección necesitan estos pueblos? Y lo que es más, ¿de quién se tienen que proteger? Nosotros no tuvimos que parar y proseguimos viaje, después de sortear los coches parados incluso en medio de la calzada.
Tras las miles de curvas, los miles de precipicios y la preciosidad del paisaje llegamos a Huejutla. El carro que una señora había prestado a Adrián y en el que habíamos viajado no aguantó más y los frenos, todos, dieron su último suspiro. Menos mal que ocurrió al pasar por el penúltimo tope de la carretera. La llegada a Huejutla fue triunfal. Adrián hacía sonar el claxon en cada cruce, alertando al resto de coches de nuestra imposibilidad para frenar. Su habilidad permitió parar justo en la puerta de la sede de la Coddhso (Comité de los derechos humanos de las Huastecas y Sierra Oriental), una modesta y limpia casa en la que permanecimos varias horas mientras Adrián y Pedro se acercaban a un taller para que arreglaran los frenos. Allí tuvimos tiempo de ‘platicar’ con Malena, la joven y encantadora mujer de Adrián, que nos contó algo de su vida y de su experiencia desde que comparte la misma ilusión que su inquieto marido. Paseo al cajero automático, enviar e-mail, llamar a casa, conversar… Era lo único que podía hacerse en una ciudad que, a primera vista, no resultaba excesivamente acogedora.
Un pollo sabrosísimo puso fin a nuestra larga espera. De nuevo en el vehículo, esta vez ya con frenos nuevos, emprendimos la marcha hacia la primera comunidad mientras los sones de Silvio Rodríguez o Maná nos evadían del ajetreo de la carretera. De un valle frondoso ascendimos, por un camino sin asfaltar y con un cortado sobre los barrancos, a una montaña que nos permitió contemplar un paisaje a contraluz. Esa vista nos transportó a nuestros sueños, al tiempo que nos dejaba observar, por última vez, la senda de un río caudaloso. No se me olvidará la estampa. Al poco atravesamos la primera comunidad. Me quedé impresionada, no sé por qué, quizá porque me di cuenta en ese mismo instante de a lo que me iba a enfrentar en los próximos días. Los niños descalzos jugaban al borde de la carretera, sus casas eran de palos de madera –luego me enteraría que se llamaban bajareques-, recubiertas algunas de adobe, y con techos de paja, al estilo de las pallozas leonesas. Mucha vegetación y flores amarillas, rojas, azules, que nunca antes había visto.
Ya estaba anocheciendo cuando llegamos a la comunidad en la que nos alojaríamos durante dos días. No íbamos a un pueblo, no nos hospedaríamos en una casa de ricos, ni en un hotel, ni en un albergue. Tendríamos la oportunidad de compartir la forma de vida de esa gente, dormir en el suelo, sobre nuestros petates o los que nos prestaran, y soportar el picazón insistente de los mosquitos. Ver tarántulas, alacranes y todo tipo de animales, incluso algunos a los que no podíamos siquiera poner nombre. A todo esto, sufrir en nuestras pieles cómo corría el sudor bajo el calor tropical de la zona.
La comunidad se llamaba Xiliteco. Un nombre que nos costaría retener en nuestras mentes, pero que ya ha pasado a formar parte de un recuerdo muy dulce. La sensación que experimenté fue contradictoria. Por un lado sentía una gran ilusión por estar ahí, por mi propio egoísmo y, por otra, miedo por no saber qué iba yo a aportar con mi presencia a esas gentes de baja estatura, con cuerpos delgados, caras enjutas pero bellas y con una vejez sorprendentemente prematura. Pronto lo descubriría.
Descendimos del coche y, para ser sincera, no tenía ni la menor idea de cómo dirigirme a las personas que en esos momentos se encontraban junto al pequeño y recogido altar. Las mujeres, que venían de reelegir a sus representantes, pasaron una por una saludándonos con un sincero apretón de manos. Intentamos mediante juegos acercarnos a los niños. Al principio se mostraban tímidos, tanto como nosotras. Se escondían unos detrás de otros y, con risas entrecortadas, hablaban en una lengua que resultaba totalmente ininteligible. Los chicos mayores nos observaban de lejos, los hombres quizá siguieran trabajando porque no vimos a ninguno. Pocos hablaban castellano, no porque no lo supieran, sino porque entre ellos siempre hablan náhualt. Me sorprendió la malnutrición, que no desnutrición. Los niños de ocho años aparentaban cinco, los de cinco, tres, y así sucesivamente. La presencia de Adrián, Malena y Pedro nos facilitó la comunicación inicial. Las sensaciones se superponían.
Propusimos que nos acompañaran a la iglesia, que sería el lugar donde nos alojásemos los once. Briseida y Julia, dos niñas preciosas de ocho y diez años que aparentaban mucha menor edad por su estatura y su escaso peso, fueron las primeras que me cogieron la mano; ya no me las despegaría en los dos días que permanecimos en esa comunidad y eso me agradó. Todos nos seguían. Trasladamos las cosas desde el coche a la iglesia, un recinto tan modesto casi como las viviendas de los campesinos. Sin puertas y sin ventanas, la norma generalizada, con suelo de tierra perfectamente alisado y recubrimiento de adobe. Al fondo una bandera mexicana –son muy patrióticos- hacía las veces de altar y acompañaba a la imagen del Cristo. La noche era muy cerrada y eso nos impedía hacernos una idea de cómo era la comunidad.
Casi sin percatarnos llegó el comité de bienvenida: un grupo de mujeres con la cena. Cada una portaba una ración de tortillas picantes, con mucho chile, intragables para un paladar poco acostumbrado a ese potente sabor. Era una pena, ellas nos lo traían con todo el afecto y nosotras no podíamos agradecérselo en la misma medida. Los intentos por nuestra parte fueron repetidos, pero no había forma, picaba y picaba. La cantidad de comida nos desbordaba. Éramos once personas para cenar y teníamos ante sí unas copiosas tarteras, que iban depositando sobre las sillas a modo de bancos de la iglesia. Trajeron también agua hervida y un café muy negro, pero muy aguado, que nos pareció un manjar; cualquier cosa para mitigar la sed que nos provocaba el intenso calor.
En el horizonte se escucharon unos cohetes de bienvenida y a mí me parecía mentira acaparar tanta atención. Las emociones había que contenerlas. Tuvimos la suerte de que las mujeres, las mismas que nos iban trayendo la comida, se sentaran en las sillas que se disponían en la iglesia. Pudimos conversar con ellas, aunque todavía de forma muy somera, e incluso hacerles fotografías, pese a sus reticencias iniciales. Sus risas comenzaron al vernos cómo intentábamos sujetar las mosquiteras que nos permitirían, aunque fuera de forma simbólica, contrarrestar la cantidad de insectos que paseaban a sus anchas por el suelo de tierra de la iglesia. No conocían la utilidad de ese artilugio, nosotras casi tampoco.
Mariví y yo salimos a inspeccionar el pueblo y compartimos velada con Maite, una profesora de una comunidad a dos horas de distancia. Lo hicimos a la misma puerta de su vivienda, sentadas en ambas sillas y contemplando la preciosa noche que nos daba la bienvenida e intentado, aunque fuera de reojo, echar un vistazo al interior de la ‘choza’. El madrugón comenzó a pasar factura y llegó la hora de dormir. Yo lo hice perfectamente porque pensé o ganan los insectos o gano yo. Yo gané y pocos fueron los instantes en que me desperté y pensé que cualquiera de esos bichos, en especial la tarántula que se escondía tras el paño verde de la bandera, podía estar en mi mosquitera. Era mejor no pensarlo y disfrutar de un reparador sueño en unas condiciones que ni siquiera eran tan malas como me imaginaba desde España.
Con gran ilusión emprendimos el viaje. Los días de turismo habían estado bien, pero la realidad del viaje era la que ahora se abría ante nosotras. La salida de DF fue laboriosa. Esta vez no por el tráfico –inexistente casi a esas horas de la madrugada- sino por las grandes distancias que hacen de esta macrourbe un monstruo inabarcable, pero a la vez sorprendente. Al poco de salir de DF, el sol nos ofreció un bello amanecer y dejó ante nuestros ojos un paisaje cada vez más frondoso. Daba mucha pena perdérselo, pese al sueño que nos iba ganando poco a poco.
Realizamos la primera parada en un merendero de carretera, donde un sabroso desayuno nos esperaba –un consomé con garbanzos muy picante que nos despertó el paladar tanto como el estómago-. Mariví, que ya por aquel entonces no soportaba el picante, se atiborró a dulces. Cada varios kilómetros hacíamos una paradita, en especial cuando el paisaje bien merecía una fotografía. Tuve la suerte de compartir asiento con Pedro, el presidente del Comité de la Defensa de los Derechos Humanos de la Huasteca y Sierra Oriental (Coddhso), y en ese mismo instante me di cuenta de la persona tan excepcional que tenía a mi lado. Días más tarde corroboré aquella maravillosa impresión inicial.
Curva a la derecha, curva a la izquierda, curva a la derecha, frenazo para sortear el tope, uno de tantos que se colocan en las carreteras para impedir que los vehículos adquieran altas velocidades. ¡Qué ilusos, como si las carreteras y la niebla cegadora permitieran que un kamikaze cogiera los mandos!
Nada más pisar suelo de la Huasteca hidalguense, un control militar nos puso en alerta. Fue el único que nos encontramos, pero estoy segura que no el único que existía. Los coches estacionados en la carretera, tras la señal de alto total, nos hizo percatarnos de la militarización que sufre la zona. Supuestamente están ahí para dar seguridad, pero ¿qué protección necesitan estos pueblos? Y lo que es más, ¿de quién se tienen que proteger? Nosotros no tuvimos que parar y proseguimos viaje, después de sortear los coches parados incluso en medio de la calzada.
Tras las miles de curvas, los miles de precipicios y la preciosidad del paisaje llegamos a Huejutla. El carro que una señora había prestado a Adrián y en el que habíamos viajado no aguantó más y los frenos, todos, dieron su último suspiro. Menos mal que ocurrió al pasar por el penúltimo tope de la carretera. La llegada a Huejutla fue triunfal. Adrián hacía sonar el claxon en cada cruce, alertando al resto de coches de nuestra imposibilidad para frenar. Su habilidad permitió parar justo en la puerta de la sede de la Coddhso (Comité de los derechos humanos de las Huastecas y Sierra Oriental), una modesta y limpia casa en la que permanecimos varias horas mientras Adrián y Pedro se acercaban a un taller para que arreglaran los frenos. Allí tuvimos tiempo de ‘platicar’ con Malena, la joven y encantadora mujer de Adrián, que nos contó algo de su vida y de su experiencia desde que comparte la misma ilusión que su inquieto marido. Paseo al cajero automático, enviar e-mail, llamar a casa, conversar… Era lo único que podía hacerse en una ciudad que, a primera vista, no resultaba excesivamente acogedora.
Un pollo sabrosísimo puso fin a nuestra larga espera. De nuevo en el vehículo, esta vez ya con frenos nuevos, emprendimos la marcha hacia la primera comunidad mientras los sones de Silvio Rodríguez o Maná nos evadían del ajetreo de la carretera. De un valle frondoso ascendimos, por un camino sin asfaltar y con un cortado sobre los barrancos, a una montaña que nos permitió contemplar un paisaje a contraluz. Esa vista nos transportó a nuestros sueños, al tiempo que nos dejaba observar, por última vez, la senda de un río caudaloso. No se me olvidará la estampa. Al poco atravesamos la primera comunidad. Me quedé impresionada, no sé por qué, quizá porque me di cuenta en ese mismo instante de a lo que me iba a enfrentar en los próximos días. Los niños descalzos jugaban al borde de la carretera, sus casas eran de palos de madera –luego me enteraría que se llamaban bajareques-, recubiertas algunas de adobe, y con techos de paja, al estilo de las pallozas leonesas. Mucha vegetación y flores amarillas, rojas, azules, que nunca antes había visto.
Ya estaba anocheciendo cuando llegamos a la comunidad en la que nos alojaríamos durante dos días. No íbamos a un pueblo, no nos hospedaríamos en una casa de ricos, ni en un hotel, ni en un albergue. Tendríamos la oportunidad de compartir la forma de vida de esa gente, dormir en el suelo, sobre nuestros petates o los que nos prestaran, y soportar el picazón insistente de los mosquitos. Ver tarántulas, alacranes y todo tipo de animales, incluso algunos a los que no podíamos siquiera poner nombre. A todo esto, sufrir en nuestras pieles cómo corría el sudor bajo el calor tropical de la zona.
La comunidad se llamaba Xiliteco. Un nombre que nos costaría retener en nuestras mentes, pero que ya ha pasado a formar parte de un recuerdo muy dulce. La sensación que experimenté fue contradictoria. Por un lado sentía una gran ilusión por estar ahí, por mi propio egoísmo y, por otra, miedo por no saber qué iba yo a aportar con mi presencia a esas gentes de baja estatura, con cuerpos delgados, caras enjutas pero bellas y con una vejez sorprendentemente prematura. Pronto lo descubriría.
Descendimos del coche y, para ser sincera, no tenía ni la menor idea de cómo dirigirme a las personas que en esos momentos se encontraban junto al pequeño y recogido altar. Las mujeres, que venían de reelegir a sus representantes, pasaron una por una saludándonos con un sincero apretón de manos. Intentamos mediante juegos acercarnos a los niños. Al principio se mostraban tímidos, tanto como nosotras. Se escondían unos detrás de otros y, con risas entrecortadas, hablaban en una lengua que resultaba totalmente ininteligible. Los chicos mayores nos observaban de lejos, los hombres quizá siguieran trabajando porque no vimos a ninguno. Pocos hablaban castellano, no porque no lo supieran, sino porque entre ellos siempre hablan náhualt. Me sorprendió la malnutrición, que no desnutrición. Los niños de ocho años aparentaban cinco, los de cinco, tres, y así sucesivamente. La presencia de Adrián, Malena y Pedro nos facilitó la comunicación inicial. Las sensaciones se superponían.
Propusimos que nos acompañaran a la iglesia, que sería el lugar donde nos alojásemos los once. Briseida y Julia, dos niñas preciosas de ocho y diez años que aparentaban mucha menor edad por su estatura y su escaso peso, fueron las primeras que me cogieron la mano; ya no me las despegaría en los dos días que permanecimos en esa comunidad y eso me agradó. Todos nos seguían. Trasladamos las cosas desde el coche a la iglesia, un recinto tan modesto casi como las viviendas de los campesinos. Sin puertas y sin ventanas, la norma generalizada, con suelo de tierra perfectamente alisado y recubrimiento de adobe. Al fondo una bandera mexicana –son muy patrióticos- hacía las veces de altar y acompañaba a la imagen del Cristo. La noche era muy cerrada y eso nos impedía hacernos una idea de cómo era la comunidad.
Casi sin percatarnos llegó el comité de bienvenida: un grupo de mujeres con la cena. Cada una portaba una ración de tortillas picantes, con mucho chile, intragables para un paladar poco acostumbrado a ese potente sabor. Era una pena, ellas nos lo traían con todo el afecto y nosotras no podíamos agradecérselo en la misma medida. Los intentos por nuestra parte fueron repetidos, pero no había forma, picaba y picaba. La cantidad de comida nos desbordaba. Éramos once personas para cenar y teníamos ante sí unas copiosas tarteras, que iban depositando sobre las sillas a modo de bancos de la iglesia. Trajeron también agua hervida y un café muy negro, pero muy aguado, que nos pareció un manjar; cualquier cosa para mitigar la sed que nos provocaba el intenso calor.
En el horizonte se escucharon unos cohetes de bienvenida y a mí me parecía mentira acaparar tanta atención. Las emociones había que contenerlas. Tuvimos la suerte de que las mujeres, las mismas que nos iban trayendo la comida, se sentaran en las sillas que se disponían en la iglesia. Pudimos conversar con ellas, aunque todavía de forma muy somera, e incluso hacerles fotografías, pese a sus reticencias iniciales. Sus risas comenzaron al vernos cómo intentábamos sujetar las mosquiteras que nos permitirían, aunque fuera de forma simbólica, contrarrestar la cantidad de insectos que paseaban a sus anchas por el suelo de tierra de la iglesia. No conocían la utilidad de ese artilugio, nosotras casi tampoco.
Mariví y yo salimos a inspeccionar el pueblo y compartimos velada con Maite, una profesora de una comunidad a dos horas de distancia. Lo hicimos a la misma puerta de su vivienda, sentadas en ambas sillas y contemplando la preciosa noche que nos daba la bienvenida e intentado, aunque fuera de reojo, echar un vistazo al interior de la ‘choza’. El madrugón comenzó a pasar factura y llegó la hora de dormir. Yo lo hice perfectamente porque pensé o ganan los insectos o gano yo. Yo gané y pocos fueron los instantes en que me desperté y pensé que cualquiera de esos bichos, en especial la tarántula que se escondía tras el paño verde de la bandera, podía estar en mi mosquitera. Era mejor no pensarlo y disfrutar de un reparador sueño en unas condiciones que ni siquiera eran tan malas como me imaginaba desde España.
miércoles, 8 de septiembre de 2004
Por las calles de Puebla
Poco pudimos hablar con los chavales en el desayuno porque tenían que irse a clase. Omar nos acompañó al autobús ‘Rápido de San Antonio’ para ir al centro de Puebla y nos despedimos de él, de la misma forma que minutos antes habíamos hecho de los escasos estudiantes que a esa hora estaban en la casa. Puebla se abrió ante nosotras como una ciudad muy limpia y perfectamente colonial. Pero más que por sus calles me sorprendí por la amabilidad de sus gentes, siempre atentas a cualquier necesidad. No hace falta que pidas el favor de que te abran la ventanilla del micro autobús urbano, sólo con el gesto se levantan a ayudarte. Y no fue una sola vez, ni dos, ni tres. Desdoblas el callejero para buscar una calle y al segundo alguien ya te está indicando la forma más rápida de llegar a tu destino. No esperan nada a cambio, simplemente son amables, una amabilidad que se nos iba contagiando poco a poco.
Hicimos turismo por la ciudad. Primero al barrio del artista donde nos pasamos un buen rato desayunando y aseándonos, ante la imposibilidad de haberlo hecho ni en casa de Gabriel, ni por supuesto en el albergue de estudiantes. Ambos lugares carecían de agua corriente. Mercadillo típico en un patio y a patearnos la ciudad. Nos dirigimos, cómo no, al Zócalo, donde se encuentra la monumental Catedral frente al Ayuntamiento neoclásico. Un guía turístico nos enseñó el monumento y nos dio las pautas necesarias para una visita rápida por lo más característico de una ciudad con la nada desdeñable cifra de 365 iglesias, una para cada día de la semana. Lo sorprendente es que, pese al elevado número, la gente se santigua al pasar por la fachada de la iglesia. ¡Qué cansado como lo hagan en todas y cada una!
Un camión cisterna con agua potable, parado en medio de la calle, nos indicaba que todo el país carece de agua corriente. Un cartel con todo tipo de indicaciones sobre cómo actuar en caso de sismos nos recordaba que México es un país donde los terremotos hacen de las suyas. Anduvimos por varias calles, siempre cerca del Zócalo, hasta que nos decidimos por comer en un restaurante vasco. ¿Nostalgia por la comida? Todavía no, casualidad. Echamos en Correos las postales que habíamos adquirido con la esperanza de que llegaran, al menos, antes de nuestro regreso a España. Por los pelos, porque tardaron más de tres semanas en llegar a su destino.
Y a esperar a Noelia que se había perdido. Desesperación, cabreo. Todo en uno. Como no llegaba, regresamos a la casa de estudiantes a por nuestras mochilas y también la suya. Viajamos a DF con la esperanza de que ella y Adrián Carlos se hubieran marchado antes a DF, pero no fue así. Unas horas más tarde que nosotras llegó Noelia, muy sonriente. Dormimos pocas horas porque esa misma noche, a las 4 de la madrugada, tenía que sonar el despertador para irnos a las comunidades de la Huasteca. El auténtico viaje, el mágico.
Hicimos turismo por la ciudad. Primero al barrio del artista donde nos pasamos un buen rato desayunando y aseándonos, ante la imposibilidad de haberlo hecho ni en casa de Gabriel, ni por supuesto en el albergue de estudiantes. Ambos lugares carecían de agua corriente. Mercadillo típico en un patio y a patearnos la ciudad. Nos dirigimos, cómo no, al Zócalo, donde se encuentra la monumental Catedral frente al Ayuntamiento neoclásico. Un guía turístico nos enseñó el monumento y nos dio las pautas necesarias para una visita rápida por lo más característico de una ciudad con la nada desdeñable cifra de 365 iglesias, una para cada día de la semana. Lo sorprendente es que, pese al elevado número, la gente se santigua al pasar por la fachada de la iglesia. ¡Qué cansado como lo hagan en todas y cada una!
Un camión cisterna con agua potable, parado en medio de la calle, nos indicaba que todo el país carece de agua corriente. Un cartel con todo tipo de indicaciones sobre cómo actuar en caso de sismos nos recordaba que México es un país donde los terremotos hacen de las suyas. Anduvimos por varias calles, siempre cerca del Zócalo, hasta que nos decidimos por comer en un restaurante vasco. ¿Nostalgia por la comida? Todavía no, casualidad. Echamos en Correos las postales que habíamos adquirido con la esperanza de que llegaran, al menos, antes de nuestro regreso a España. Por los pelos, porque tardaron más de tres semanas en llegar a su destino.
Y a esperar a Noelia que se había perdido. Desesperación, cabreo. Todo en uno. Como no llegaba, regresamos a la casa de estudiantes a por nuestras mochilas y también la suya. Viajamos a DF con la esperanza de que ella y Adrián Carlos se hubieran marchado antes a DF, pero no fue así. Unas horas más tarde que nosotras llegó Noelia, muy sonriente. Dormimos pocas horas porque esa misma noche, a las 4 de la madrugada, tenía que sonar el despertador para irnos a las comunidades de la Huasteca. El auténtico viaje, el mágico.
martes, 7 de septiembre de 2004
Problemas bajo el Popo
Tras dar un breve paseo por el pueblo y acercarnos a la plaza para contemplar más de cerca el Popo, desayunamos huevos con jamón para irnos a visitar la granja de avestruces. En el desayuno, Gabriel y yo intercambiamos impresiones sobre el machismo y la diferencia entre libertad y libertinaje de las mujeres. Para él no hay ninguna y no hubo manera de hacerle cambiar de opinión. Ahí Gabriel ahondó en el tema de su proyecto y nos explicó con todo lujo de detalles los beneficios que ofrece una granja de avestruces. Su mujer lo debe saber muy bien porque estaba de viaje, junto a “gente del Gobierno”, los enemigos de Gabriel, por Europa para promocionar un proyecto que aún está en ciernes. Los lazos comerciales que ha establecido su mujer son tan amplios y tan bien articulados que le llueven los pedidos. Toneladas de carne, cientos de huevos decorados, polluelos... “Pero si de momento sólo tengo 14 avestruces”, se quejaba Gabriel un tanto desesperado por la “buena relaciones públicas” de su esposa y porque “esté empezando el negocio por arriba y no por abajo”. “En dos años podríamos abastecer, pero ahora no”. La situación resultaba cómica si no fuera porque a Gabriel no le hacía ninguna gracia.
Toda una clase magistral sobre los avestruces y sus múltiples aplicaciones. “Los primeros huevos son infértiles y los son, además, el 15% de todos los que ponen. En 14 días se puede ver si está fecundado o no. Cada año fecundan entre 80 y 100 huevos. A partir de los dos años y medio pueden reproducirse. Tienen dos periodos de puesta al año. Un avestruz cuesta 6.000 pesos, un polluelo de un mes, 1.000 pesos. Viven 70 años. Nos enseñó qué fabricaba con las cáscaras de los huevos y con los huesos del animal.
Una hora larga estuvimos hablando con Gabriel en la granja, mientras dábamos de comer a los avestruces y observábamos el mal genio de esos aparentemente inofensivos animales. Aceptamos la invitación de Gabriel de pasar el día en el cerro Teotón. Ascendimos entre la milpa (plantación de maíz) para contemplar una amplia vista del pueblo y de los pueblos de la comarca. Adquirimos en la tienda galletas y refrescos que constituirían nuestra comida y charlamos con varios vecinos. Arriba, en la ermita, se escuchaba de fondo música de tambores que daban un ambiente muy bucólico a nuestra conversación con este tranquilo e ilustrativo Gabriel, un hombre de una lucha continua y desaforada por la defensa de los derechos humanos.
Arriba en el Cerro, justo frente al Popo, se respiraba un ambiente mágico. La conversación intensa con Gabriel ayudaba. Nos pasamos allí cuatro o cinco horas, no lo recuerdo, y descendimos porque a las 17 horas habíamos vuelto a quedar con Roberto, que nos acompañaría de nuevo a Puebla. Comimos apresuradamente carne de avestruz y emprendimos un tortuoso viaje de vuelta. Primero en una combi repleta de gente y luego en dos autocares cuyo exagerado movimiento nos recordaba a una montaña rusa.
Los chicos de la Casa de Estudiantes Emiliano Zapata (CEEZ) ya nos estaban esperando. Nada más poner un pie en el albergue supimos el por qué el Gobierno los oprime, como ya nos habían contado Adrián y Roberto. Tres caras de tamaño mural, Marx, Engels y el Che, presidían el salón-comedor, junto a un tablón de anuncios con proclamas tipo “Ser estudiante y defensor de los derechos humanos no es sinónimo de terrorismo” o “Si estuviéramos vivos, levantaríamos los puños”.
Era tarde y ayudamos, en lo que nos dejaron, a preparar la cena. Después de unos ricos frijoles, comenzó la auténtica charla, a la que sólo asistimos tres de nosotras. ¿Cómo puede un Gobierno pensar que esa gente es peligrosa? Roberto, que todavía continuaba con nosotras, nos introdujo en el problema que estos estudiantes universitarios tienen desde hace años. “Piden solidaridad porque están hostigados por los líderes golpeadores de la universidad y por los policías”. Félix, Omar, Francisco. Luego se sumarían Luz, Edgar, Rebeca, Miguel, Isabel, Cecilia, Lucila. Así hasta un total de 15 jóvenes –ocho mujeres y siete hombres-.
Roberto nos explicó que no quieren vivir de las organizaciones mexicanas, pero sí aceptan dinero de organizaciones extranjeras que quieran luchar por los derechos humanos. “México necesita ser independiente y tener tecnología punta”. Nos habla del caso de los hermanos Cerezo y de que los estudiantes de este albergue han constituido el Comité de los Cerezo en Puebla. Pasamos rápidamente al tema que nos ocupaba en la casa: saber qué les está ocurriendo. El responsable del Cidh comenta que la mayoría de los que allí viven son de escasos recursos, casi todos de provincias de la zona de Sierra Negra, Sierra Oriental u Oaxaca. A los que tienen necesidad se les brinda la casa, pero el Gobierno quiere relegarlos. “Todos tenemos derecho a la educación gratuita, lo dice la Constitución”. Por ello, exigen al Gobierno que incremente el PIB que destina a investigación y educación. Sólo dedica el 0,8% del PIB cuando, según la ONU, debería ser el 7,8%.
FELIX toma la palabra: “No tenemos dinero para ir a un hotel, somos necesitados”.
OMAR, que tiene 19 años, lleva dos años en la casa y estudia Filosofía, nos comenta que en sus ratos libres alfabetiza gratuitamente a niños de comunidades en el mismo albergue. De ahí que una gran pizarra decore el salón. Todos de la casa participan activamente en las tareas. Nos cuenta que este movimiento se inicia en Cuba tras la revolución y se exporta a México, donde en los años 80 comienzan a surgir este tipo de casas. El fundador del albergue en el que estábamos fue Gumaro Amaro Rodríguez. Desde un principio su finalidad era que los jóvenes con pocos recursos recibieran una educación gratuita y pudieran vivir allí. La formación ideológica está presente: marxistas leninistas. “No sólo estudiamos una carrera, sino que nuestros conocimientos sirven para el desarrollo del pueblo”. “Antes el Gobierno nos daba subsidios, pero nos los retiró para debilitar el movimiento. Después de que asesinan a Gumaro todas sus organizaciones se fueron debilitando”. El último golpe mortal lo dieron en 1998, desalojando nueve casas de estudiantes. Esta es, de momento, la única que se mantiene en pie. El PRI paralelamente crea otras dos casas con el mismo concepto y para dar servicio a una necesidad. Mal subsisten, tan sólo solventan sus gastos. Ellos se tienen que costear todo, por eso trabajan. No sólo para cubrir sus gastos sino para los de toda la casa. “No sólo buscamos nuestro bienestar individual, también el colectivo”, comenta Omar.
LUZ dice que son muchos los trámites para que te concedan una beca en la universidad. Lo paradójico es que no se la conceden a los más necesitados, se lo dan por promedio de notas. Para Luz, “ellos, los ricos, lo tienen más fácil para obtener buenas calificaciones porque no tienen otra preocupación que estudiar”. “Nosotros”, añade, “no podemos dedicarnos 100% al estudio, tenemos que trabajar en restaurantes a media jornada, los fines de semana…” Viven en una gran casa de estudiantes con demasiadas incomodidades.
Tres son los requisitos para acceder al albergue: ser estudiante activo, de escasos recursos y tener el comprobante de inscripción en la universidad. Provienen de comunidades pequeñas y no pueden regresar a sus pueblos porque allí no hay trabajo. Antes las mujeres no estudiaban, ahora hay el mismo número de mujeres que de hombres. Algunas, sin embargo, dejan de estudiar muy jovencitas porque ‘se embarazan’.
Hay un examen de admisión, pero la universidad reduce el número de alumnos y se quedan muchos sin poder hacerlo. La capacidad de la universidad se ha reducido. Alude que no tiene dinero. Cada cuatrimestre cuesta siete pesos por crédito. En verano se pagan 14 pesos. El curso está dividido en tres periodos. Primavera (enero a mayo), verano (mayo a agosto) y otoño (agosto a diciembre).
Para OMAR sólo hay una razón: “El Gobierno quiere que aumente la matrícula de la universidad privada. Prefieren que optes por carreras capitalistas, tales como económicas o turismo, porque ya no se ofertan carreras como filosofía o ciencias sociales. Te dicen que si no pasas la prueba puedes ir a una privada”.
Casi al unísono manifiestan un mismo sentir. “Queremos que de una vez se frene ese hostigamiento que se ha emprendido desde la orden de desalojo. Pasan por aquí y preguntan el nombre de cada uno de nosotros y nos incitan a que nos vayamos”, algo que viene sucediendo desde hace dos meses (julio). Estos chicos de entre 17 y 23 años se sienten vigilados por la universidad.
La propietaria de la vivienda ha dicho que mientras vivan estudiantes no los pueden desalojar. El problema es que el proyecto que tienen es “diferente al del Gobierno, a su sistema capitalista. Les incomoda la formación del colectivo”, aseguran mientras manifiestan de forma enérgica que esta casa la llevan ocupan 24 años y que les va a resultar difícil recuperarla legalmente.
“Nuestros principios son diferentes a los de ahí afuera, están encaminados al socialismo. Todos cooperamos para las necesidades de la casa, no hay preferencias. Respeto hacia los compañeros, los valores, la sensibilidad hacia los problemas de los demás, porque fuera te hacen insensible a lo que pasa en España, en Venezuela…
LUZ, una muchacha de ojos limpios, sonrisa encantadora y verbo fácil, insiste en que la probabilidad del desalojo está ahí porque no quieren “una casa como ésta”. “No hemos podido pagar la contribución de la casa porque está registrada como individuo, no como colectivo”. Hubo un tiempo en que la casa estaba a nombre de la Universidad y, el Gobierno apoyaba estas casas, pagando el recibo de la luz y del agua. Ahora no.
Para Luz, en México la palabra democracia sólo figura como nombre porque “el voto está manipulado, sigue habiendo venta de votos”. En la sierra dan instrumentos, aperos de labranza, para comprar a la gente fácilmente. Una frase que he escuchado durante el viaje, y aquí también: México no está en la lista de país más corrupto porque pagó para no aparecer. Hay muchos luchadores sociales, pero los matan. Luz retoma el tema de los hermanos Cerezo porque ellos también eran estudiantes de la Universidad.
Después de esta larga conversación con chicos que, para nada, resultan sospechosos de ser peligrosos, nos fuimos, indignadas con esa injusticia a dormir a la habitación que había en la parte alta de la casa.
RESUMEN DEL CASO. El estado de Puebla está considerado, por las propias cifras oficiales, entre los primeros cuatro lugares en marginación en el país, teniendo el vergonzante primer lugar en mortalidad infantil y el tercer lugar en analfabetismo. La enorme desigualdad social que vive este Estado se reproduce también en la Universidad Autónoma de Puebla, en donde los estudiantes de las zonas más pobres no tienen acceso a una educación superior.
En este contexto surge la iniciativa de estudiantes universitarios de fundar espacios donde pudiesen vivir los jóvenes de los lugares más olvidados de este Estado que deseen seguir estudiando. Pasando, la Casa del Estudiante, a formar parte de una verdadera alternativa de estudios para aquellos hijos de obreros, campesinos e indígenas.
La Casa de Estudiantes Emiliano Zapata (CEEZ) fue fundada en 1980, con la función social de dar albergue a estudiantes de escasos recursos económicos, provenientes principalmente de las comunidades indígenas, que quieren continuar sus estudios en la Universidad y sus preparatorias. Sus principios están sustentados bajo la tesis de Universidad-pueblo, por ende, su carácter popular y de vinculación con las luchas del pueblo trabajador.
Durante estos 24 años, el proyecto de casa de estudiantes se ha mantenido gracias al esfuerzo y el apoyo solidario que han tenido por parte de otras organizaciones ‘hermanas’. Brindándoles su apoyo tanto económico como político. Al ser esta institución un proyecto independiente y autónomo de los partidos políticos y del Estado, y al promover siempre la defensa de la Universidad Pública y Gratuita, derecho garantizado por las leyes mexicanas y los acuerdos institucionales sobre derechos humanos; han sufrido la violación de sus garantías constitucionales. El caso más extremo fue el asesinato político de Gumaro Amaro Ramírez (1989), fundador del proyecto.
Las instancias gubernamentales y la rectoría de la universidad no han cesado en intimidar e intentar hacer que claudiquen y abandonen esta tarea de defender la educación pública. Fueron desalojados violentamente de cuatro casas de estudiantes en 1998, en donde se albergaban cientos de estudiantes universitarios. En esos desalojos se pretendió vincular a sus moradores con grupos armados, además de sembrar armas y material subversivo.
En la actualidad, la violación de sus derechos humanos se sucede de manera permanente. La amenaza de muerte, el hostigamiento, el extrañamiento a los miembros de la casa en sus respectivas escuelas, la vigilancia constante del albergue y la amenaza del desalojo violento.
Hoy en día, las CEEZ se mantienen económicamente por el trabajo remunerativo que los chavales desempeñan en sus horas libres y por el apoyo de ‘hermanos’ campesinos y obreros.
Por todo ello, solicitan la solidaridad a los organismos sociales, políticos, derechos humanos y personalidad progresivas tanto nacionales como internacionales, para denunciar las agresiones que sufren los estudiantes pobres de la Casa de Estudiantes Emiliano Zapata del estado de Puebla por parte del Gobierno de Estado (encabezado por el gobernador Melquíades Morales Flores) y de la Universidad Autónoma de Puebla (encabezada por el rector, Enrique Agüera Ibáñez, y el ex rector Enrique Doler Guerrero).
Piden también que se les brinde todo tipo de solidaridad y apoyo al albergue estudiantil para continuar abriendo las puertas a los estudiantes poblanos de escasos recursos económicos en un espacio desde donde puedan adquirir una formación cultural y científica que coadyuve al desarrollo y emancipación de los pueblos.
‘Por que la educación es un derecho y no un privilegio de clase’.
‘Por que ser estudiante no es sinónimo de terrorista’
Toda una clase magistral sobre los avestruces y sus múltiples aplicaciones. “Los primeros huevos son infértiles y los son, además, el 15% de todos los que ponen. En 14 días se puede ver si está fecundado o no. Cada año fecundan entre 80 y 100 huevos. A partir de los dos años y medio pueden reproducirse. Tienen dos periodos de puesta al año. Un avestruz cuesta 6.000 pesos, un polluelo de un mes, 1.000 pesos. Viven 70 años. Nos enseñó qué fabricaba con las cáscaras de los huevos y con los huesos del animal.
Una hora larga estuvimos hablando con Gabriel en la granja, mientras dábamos de comer a los avestruces y observábamos el mal genio de esos aparentemente inofensivos animales. Aceptamos la invitación de Gabriel de pasar el día en el cerro Teotón. Ascendimos entre la milpa (plantación de maíz) para contemplar una amplia vista del pueblo y de los pueblos de la comarca. Adquirimos en la tienda galletas y refrescos que constituirían nuestra comida y charlamos con varios vecinos. Arriba, en la ermita, se escuchaba de fondo música de tambores que daban un ambiente muy bucólico a nuestra conversación con este tranquilo e ilustrativo Gabriel, un hombre de una lucha continua y desaforada por la defensa de los derechos humanos.
Arriba en el Cerro, justo frente al Popo, se respiraba un ambiente mágico. La conversación intensa con Gabriel ayudaba. Nos pasamos allí cuatro o cinco horas, no lo recuerdo, y descendimos porque a las 17 horas habíamos vuelto a quedar con Roberto, que nos acompañaría de nuevo a Puebla. Comimos apresuradamente carne de avestruz y emprendimos un tortuoso viaje de vuelta. Primero en una combi repleta de gente y luego en dos autocares cuyo exagerado movimiento nos recordaba a una montaña rusa.
Los chicos de la Casa de Estudiantes Emiliano Zapata (CEEZ) ya nos estaban esperando. Nada más poner un pie en el albergue supimos el por qué el Gobierno los oprime, como ya nos habían contado Adrián y Roberto. Tres caras de tamaño mural, Marx, Engels y el Che, presidían el salón-comedor, junto a un tablón de anuncios con proclamas tipo “Ser estudiante y defensor de los derechos humanos no es sinónimo de terrorismo” o “Si estuviéramos vivos, levantaríamos los puños”.
Era tarde y ayudamos, en lo que nos dejaron, a preparar la cena. Después de unos ricos frijoles, comenzó la auténtica charla, a la que sólo asistimos tres de nosotras. ¿Cómo puede un Gobierno pensar que esa gente es peligrosa? Roberto, que todavía continuaba con nosotras, nos introdujo en el problema que estos estudiantes universitarios tienen desde hace años. “Piden solidaridad porque están hostigados por los líderes golpeadores de la universidad y por los policías”. Félix, Omar, Francisco. Luego se sumarían Luz, Edgar, Rebeca, Miguel, Isabel, Cecilia, Lucila. Así hasta un total de 15 jóvenes –ocho mujeres y siete hombres-.
Roberto nos explicó que no quieren vivir de las organizaciones mexicanas, pero sí aceptan dinero de organizaciones extranjeras que quieran luchar por los derechos humanos. “México necesita ser independiente y tener tecnología punta”. Nos habla del caso de los hermanos Cerezo y de que los estudiantes de este albergue han constituido el Comité de los Cerezo en Puebla. Pasamos rápidamente al tema que nos ocupaba en la casa: saber qué les está ocurriendo. El responsable del Cidh comenta que la mayoría de los que allí viven son de escasos recursos, casi todos de provincias de la zona de Sierra Negra, Sierra Oriental u Oaxaca. A los que tienen necesidad se les brinda la casa, pero el Gobierno quiere relegarlos. “Todos tenemos derecho a la educación gratuita, lo dice la Constitución”. Por ello, exigen al Gobierno que incremente el PIB que destina a investigación y educación. Sólo dedica el 0,8% del PIB cuando, según la ONU, debería ser el 7,8%.
FELIX toma la palabra: “No tenemos dinero para ir a un hotel, somos necesitados”.
OMAR, que tiene 19 años, lleva dos años en la casa y estudia Filosofía, nos comenta que en sus ratos libres alfabetiza gratuitamente a niños de comunidades en el mismo albergue. De ahí que una gran pizarra decore el salón. Todos de la casa participan activamente en las tareas. Nos cuenta que este movimiento se inicia en Cuba tras la revolución y se exporta a México, donde en los años 80 comienzan a surgir este tipo de casas. El fundador del albergue en el que estábamos fue Gumaro Amaro Rodríguez. Desde un principio su finalidad era que los jóvenes con pocos recursos recibieran una educación gratuita y pudieran vivir allí. La formación ideológica está presente: marxistas leninistas. “No sólo estudiamos una carrera, sino que nuestros conocimientos sirven para el desarrollo del pueblo”. “Antes el Gobierno nos daba subsidios, pero nos los retiró para debilitar el movimiento. Después de que asesinan a Gumaro todas sus organizaciones se fueron debilitando”. El último golpe mortal lo dieron en 1998, desalojando nueve casas de estudiantes. Esta es, de momento, la única que se mantiene en pie. El PRI paralelamente crea otras dos casas con el mismo concepto y para dar servicio a una necesidad. Mal subsisten, tan sólo solventan sus gastos. Ellos se tienen que costear todo, por eso trabajan. No sólo para cubrir sus gastos sino para los de toda la casa. “No sólo buscamos nuestro bienestar individual, también el colectivo”, comenta Omar.
LUZ dice que son muchos los trámites para que te concedan una beca en la universidad. Lo paradójico es que no se la conceden a los más necesitados, se lo dan por promedio de notas. Para Luz, “ellos, los ricos, lo tienen más fácil para obtener buenas calificaciones porque no tienen otra preocupación que estudiar”. “Nosotros”, añade, “no podemos dedicarnos 100% al estudio, tenemos que trabajar en restaurantes a media jornada, los fines de semana…” Viven en una gran casa de estudiantes con demasiadas incomodidades.
Tres son los requisitos para acceder al albergue: ser estudiante activo, de escasos recursos y tener el comprobante de inscripción en la universidad. Provienen de comunidades pequeñas y no pueden regresar a sus pueblos porque allí no hay trabajo. Antes las mujeres no estudiaban, ahora hay el mismo número de mujeres que de hombres. Algunas, sin embargo, dejan de estudiar muy jovencitas porque ‘se embarazan’.
Hay un examen de admisión, pero la universidad reduce el número de alumnos y se quedan muchos sin poder hacerlo. La capacidad de la universidad se ha reducido. Alude que no tiene dinero. Cada cuatrimestre cuesta siete pesos por crédito. En verano se pagan 14 pesos. El curso está dividido en tres periodos. Primavera (enero a mayo), verano (mayo a agosto) y otoño (agosto a diciembre).
Para OMAR sólo hay una razón: “El Gobierno quiere que aumente la matrícula de la universidad privada. Prefieren que optes por carreras capitalistas, tales como económicas o turismo, porque ya no se ofertan carreras como filosofía o ciencias sociales. Te dicen que si no pasas la prueba puedes ir a una privada”.
Casi al unísono manifiestan un mismo sentir. “Queremos que de una vez se frene ese hostigamiento que se ha emprendido desde la orden de desalojo. Pasan por aquí y preguntan el nombre de cada uno de nosotros y nos incitan a que nos vayamos”, algo que viene sucediendo desde hace dos meses (julio). Estos chicos de entre 17 y 23 años se sienten vigilados por la universidad.
La propietaria de la vivienda ha dicho que mientras vivan estudiantes no los pueden desalojar. El problema es que el proyecto que tienen es “diferente al del Gobierno, a su sistema capitalista. Les incomoda la formación del colectivo”, aseguran mientras manifiestan de forma enérgica que esta casa la llevan ocupan 24 años y que les va a resultar difícil recuperarla legalmente.
“Nuestros principios son diferentes a los de ahí afuera, están encaminados al socialismo. Todos cooperamos para las necesidades de la casa, no hay preferencias. Respeto hacia los compañeros, los valores, la sensibilidad hacia los problemas de los demás, porque fuera te hacen insensible a lo que pasa en España, en Venezuela…
LUZ, una muchacha de ojos limpios, sonrisa encantadora y verbo fácil, insiste en que la probabilidad del desalojo está ahí porque no quieren “una casa como ésta”. “No hemos podido pagar la contribución de la casa porque está registrada como individuo, no como colectivo”. Hubo un tiempo en que la casa estaba a nombre de la Universidad y, el Gobierno apoyaba estas casas, pagando el recibo de la luz y del agua. Ahora no.
Para Luz, en México la palabra democracia sólo figura como nombre porque “el voto está manipulado, sigue habiendo venta de votos”. En la sierra dan instrumentos, aperos de labranza, para comprar a la gente fácilmente. Una frase que he escuchado durante el viaje, y aquí también: México no está en la lista de país más corrupto porque pagó para no aparecer. Hay muchos luchadores sociales, pero los matan. Luz retoma el tema de los hermanos Cerezo porque ellos también eran estudiantes de la Universidad.
Después de esta larga conversación con chicos que, para nada, resultan sospechosos de ser peligrosos, nos fuimos, indignadas con esa injusticia a dormir a la habitación que había en la parte alta de la casa.
RESUMEN DEL CASO. El estado de Puebla está considerado, por las propias cifras oficiales, entre los primeros cuatro lugares en marginación en el país, teniendo el vergonzante primer lugar en mortalidad infantil y el tercer lugar en analfabetismo. La enorme desigualdad social que vive este Estado se reproduce también en la Universidad Autónoma de Puebla, en donde los estudiantes de las zonas más pobres no tienen acceso a una educación superior.
En este contexto surge la iniciativa de estudiantes universitarios de fundar espacios donde pudiesen vivir los jóvenes de los lugares más olvidados de este Estado que deseen seguir estudiando. Pasando, la Casa del Estudiante, a formar parte de una verdadera alternativa de estudios para aquellos hijos de obreros, campesinos e indígenas.
La Casa de Estudiantes Emiliano Zapata (CEEZ) fue fundada en 1980, con la función social de dar albergue a estudiantes de escasos recursos económicos, provenientes principalmente de las comunidades indígenas, que quieren continuar sus estudios en la Universidad y sus preparatorias. Sus principios están sustentados bajo la tesis de Universidad-pueblo, por ende, su carácter popular y de vinculación con las luchas del pueblo trabajador.
Durante estos 24 años, el proyecto de casa de estudiantes se ha mantenido gracias al esfuerzo y el apoyo solidario que han tenido por parte de otras organizaciones ‘hermanas’. Brindándoles su apoyo tanto económico como político. Al ser esta institución un proyecto independiente y autónomo de los partidos políticos y del Estado, y al promover siempre la defensa de la Universidad Pública y Gratuita, derecho garantizado por las leyes mexicanas y los acuerdos institucionales sobre derechos humanos; han sufrido la violación de sus garantías constitucionales. El caso más extremo fue el asesinato político de Gumaro Amaro Ramírez (1989), fundador del proyecto.
Las instancias gubernamentales y la rectoría de la universidad no han cesado en intimidar e intentar hacer que claudiquen y abandonen esta tarea de defender la educación pública. Fueron desalojados violentamente de cuatro casas de estudiantes en 1998, en donde se albergaban cientos de estudiantes universitarios. En esos desalojos se pretendió vincular a sus moradores con grupos armados, además de sembrar armas y material subversivo.
En la actualidad, la violación de sus derechos humanos se sucede de manera permanente. La amenaza de muerte, el hostigamiento, el extrañamiento a los miembros de la casa en sus respectivas escuelas, la vigilancia constante del albergue y la amenaza del desalojo violento.
Hoy en día, las CEEZ se mantienen económicamente por el trabajo remunerativo que los chavales desempeñan en sus horas libres y por el apoyo de ‘hermanos’ campesinos y obreros.
Por todo ello, solicitan la solidaridad a los organismos sociales, políticos, derechos humanos y personalidad progresivas tanto nacionales como internacionales, para denunciar las agresiones que sufren los estudiantes pobres de la Casa de Estudiantes Emiliano Zapata del estado de Puebla por parte del Gobierno de Estado (encabezado por el gobernador Melquíades Morales Flores) y de la Universidad Autónoma de Puebla (encabezada por el rector, Enrique Agüera Ibáñez, y el ex rector Enrique Doler Guerrero).
Piden también que se les brinde todo tipo de solidaridad y apoyo al albergue estudiantil para continuar abriendo las puertas a los estudiantes poblanos de escasos recursos económicos en un espacio desde donde puedan adquirir una formación cultural y científica que coadyuve al desarrollo y emancipación de los pueblos.
‘Por que la educación es un derecho y no un privilegio de clase’.
‘Por que ser estudiante no es sinónimo de terrorista’
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