Viajar, viajar y viajar

Viajar, viajar y viajar. Si compartes esta pasión, aquí hay una muestra de algunos de esos rincones que aparecen en las guías de viajes, pero también de otros que se muestran ocultos a nuestros ojos. Bienvenido...

jueves, 30 de noviembre de 2006

Y de repente Bariloche


En estas latitudes todo excita la emoción, unas veces la triste aridez de las planicies, otras el aspecto caótico de las montañas y, con frecuencia, entre las grandiosas escenas de la naturaleza, la majestad de las noches serenas nos conmueve hondamente". Lo decía Ramón Lista 1856-1897, en Barridos por el Viento, y no le faltaba ni un ápice de razón.

Bariloche, ubicada en la zona de transición de la estepa al bosque, se alza a los pies de la Cordillera de los Andes, lo que permite observar, en pocos kilómetros, ambientes realmente variados. El espectacular Lago Nahuel Huapi, ‘isla del tigre’, embellece la ciudad. Ocupa 560 kilómetros cuadrados y su profundidad máxima conocida asciende a 454 metros. Nada más llegar a esta villa turística, las ofertas se multiplican. ¿Quieres navegar ahora mismo por el Lago? La invitación era tentadora. El primer destino sería la Isla Victoria, una lonja alargada cubierta de bosques y acantilados en medio de un lago de 97 kilómetros de longitud, que atrae por su encanto ya desde la propia ciudad.

Pero antes, un recorrido de 25 kilómetros en la línea 20, sin perder de vista el Nahuel Huapi, para disfrutar y saborear la belleza del paisaje que te acompaña a izquierda y a derecha. Es ideal para recorrerlo, conocerlo y vivirlo plenamente. En primavera se muestra serpenteante a través de una ruta asfáltica encajonada en paredones amarillos de retamas. Las pintorescas casas de madera, hoy la gran mayoría reconvertidas en alojamientos turísticos de toda gama, conviven a la perfección con el paisaje y otorgan a la pequeña villa un encanto particular. El final del viaje en autobús concluye cerca del archiconocido Hotel Llao Llao, un nombre que se debe a un hongo muy común en la región que crece adherido al ñire o al cohiue, y que se traduce como dulce dulce, porque los aborígenes no conocían el adverbio muy.

El paseo en el catamarán Modesta Victoria comienza en Puerto Pañuelo, a orillas de la pintoresca y exclusiva península Llao Llao, y por un precio de 76 pesos más los correspondientes 12 pesos de entrada al Parque Nacional Nahuel Huapi. Las gaviotas ya están preparadas sobre la embarcación y así seguirán durante toda la travesía alrededor del catamarán. Esperan que algún intrépido turista les convide a una galleta sujeta con cierto temor en la mano. Es un juego repetido una y otra vez. Mayores y pequeños. Todos se divierten con el aleteo fatigoso de estas pequeñas aves que deben hacer frente a la velocidad de la embarcación y de los vientos que, en ocasiones, las hace retroceder o avanzar de forma vigorosa. Parece que no quieren despedirse de los pasajeros que parten hacia el maravilloso mundo de la Isla Victoria. Y mientras algunos juguetean con las gaviotas lanzándoles trozos de galletas, o se afanaban en sacar la mejor instantánea, otros se dirigen a proa a observar el veloz avance sobre el Nahuel Huapi o a popa para dejarse seducir por la huella de espuma y remolinos que deja la nave sobre el agua cristalina, resultado de los glaciares milenarios que esboza una secuencia permanente de sorpresas paisajísticas.

Las aguas azules del Nahuel Huapi, el verdor de la vegetación que crece en la costa y los picos nevados del cordón montañoso que sobresalen en el horizonte, deleitan la vista durante la media hora de navegación. A la distancia, la Isla Victoria rompe el espejo azul y emerge como una tentación y una promesa. Es un clásico que merece disfrutarse con delectación y no como una mera estación de paso. Es como una isla soñada, donde los bosques de arrayanes y los caminos que la dibujan realzan un paisaje ilusorio.

Los tupidos senderos que surcan Victoria conducen a los visitantes hasta gigantes secoyas, eucaliptos, robles, coihues o ñires, algunos de sus únicos habitantes. La tupida vegetación de vez en cuando deja redescubrir el lago. Contrasta el verde de los árboles, con el azul intenso del lago, el blanco de las montañas nevadas de la cordillera y, sobre todo, con el tapiz que forma el amarillo de la retama. Un mosaico de colores para una estampa poética que parece irreal.

La excursión a la isla Victoria suele combinarse con una visita a la Península Quetrihué, donde se despliega el mágico Parque Nacional Los Arrayanes. Una hora de travesía y allí surge ese atractivo. El arrayán es un árbol muy particular. Sus fuertes troncos se elevan hasta los 15 metros y el color canela de su corteza tiñe el bosque con una cálida patina. Su ‘piel’ es fina y fría al tacto, y se desprende en pequeñas láminas, lo que le da una apariencia tan singular. Cuentan que es único en el mundo. Parece un bosque de cuento. De hecho, la leyenda se encarga de situar este bosque en inspirador de Walt Disney para dibujar la película de ‘Bambi’. Lo que sí es verdad, es la energía que transmiten los árboles con esas luces que se filtran entre las ramas de algunos de estos ejemplares de más de 600 años. Fue declarado Parque Nacional por Ley en el año 1980 y está muy protegido. Tan sólo se puede recorrer por un sendero entablado, de aproximadamente 600 metros de longitud, para no dañar las raíces. Una lástima, pero todo sea porque miles de personas tengan en un futuro el privilegio de dejarse llevar por esas luces y sombras.

Por Mar Peláez

miércoles, 29 de noviembre de 2006

Ventana a la Península Valdés


Numerosas son las excursiones que ofertan los operadores turísticos en Península Valdés, pero realmente son puro relleno en noviembre. Como el avistaje ‘telescópico’ de lobos marinos de un pelo que habitan todo el año en Punta Loma; la playa Doradillo, el mejor lugar para el avistaje costero de las ballenas si hubiese sido de junio a octubre; o Punta Norte, un punto de reunión para esperar pacientemente los varamientos voluntarios de las orcas continentales entre febrero y abril a la caza de los pequeños lobos marinos, coincidiendo con las primeras incursiones al agua de los cachorros.

Como el mes era finales de noviembre, la opción fue caminar por toda la larga playa hasta encontrar el Ecocentro. Todo está a la vista en este museo coqueto y didáctico. Hay un mirador en el piso superior, comparable a un faro, desde el cual puede compartirse el placer de la lectura con la observación del mar por sus colosales ventanales. Un poema de Jorge Luis Borges, plasmado sobre una gran lámina de chapa, invita a entrar. Y que dice así:

El Mar // Antes que el sueño (o el terror) tejiera / mitologias y cosmogonías, / antes que el tiempo se acuñara en días, / el mar, el siempre mar, ya estaba y era. / ¿Quien es el mar? ¿Quien es aquel violento / y antiguo ser que roe los pilares / de la tierra y es uno y muchos mares / y abismo y resplandor y azar y viento? / Quien lo mira lo ve por vez primera. / Siempre con el asombro que las cosas / elementales dejan, las hermosas tardes, la luna, el fuego de una hoguera. / ¿Quién es el mar, quién soy? lo sabré el día / ulterior que sucede a la agonía.

Parece que el Ecocentro ha intentado dar respuestas a todos esos interrogantes de Borges. Se abre como un lugar de acercamiento al mar e intenta que el viajero se instruya en el mundo marino, su fauna, sus costas, sus mareas, sus recursos y se conciencie sobre su delicado ecosistema. Este acercamiento está propuesto desde varios ángulos, teniendo en cuenta las distintas sensibilidades humanas: a algunos nos llegan las imágenes: ballenas, lobos de mar, pingüinos, aves; a otros las palabras escritas en cientos de reflexiones y poesías, y a otros los sonidos o los silencios.

Un lapso de tiempo nos quedaba para despedirnos de la Península Valdés y emprender la expedición a otro de los tesoros de la Patagonia: Bariloche. Nos esperaba un viaje de 15 horas en autocar por ese poco fotogénico paisaje patagónico. Rawson, Trelew, Gaimán, Dolavon… y, en medio de la nada, nuevo ‘tropezón’ con el ripio. Arregladas las gomas del autocar, sumamente cómodo, proseguimos viaje. Las Plumas, Paso de los Indios, Tecka, Esquel… Todo parece llegar hasta el infinito, hasta que, sorpresa, el territorio se eleva en dirección a la cordillera de los Andes. El paisaje se torna más verde; atrás queda el parduzco terreno. Las montañas blancas, los lagos de aguas cristalinas y la vegetación espesa se abre delante del ómnibus. Aparecen los bosques que se conjugan con lagos, montañas y glaciares en un espectáculo de belleza incomparable. Entre los abundantes bosques de lenga, ñire y coihue. Hemos traspasado la planicie y acabamos de toparnos con los Andes más nevados. La puerta a la naturaleza. El Hoyo, Lago Puelo, El Bolsón y, por fin, Bariloche.

Por Mar Peláez

martes, 28 de noviembre de 2006

Ser pinguino por un día



La tentación de ver a las toninas overas nos llevó de regreso al mar. De la familia de los delfines, estos mamíferos tienen el aspecto de pequeñas orcas, pero "vuelan", saltan y nadan a una velocidad endiablada. Son muy fácil de distinguir: la cabeza, la cola y todas sus aletas son negras; el resto del cuerpo, blanco. Rara vez sobrepasan los 1,5 metros y los 50 kilos, viven en grupos y generalmente se observan de dos a diez toninas. De marzo a mediados de enero se dejan ver en la Patagonia. Una lancha esperaba en Playa Unión, ciudad balnearia a 20 kilómetros de Trelew. Saboreamos la navegación a mar abierto, compartiendo el viaje con algunas colonias de pingüinos, gaviotas y lobos marinos asustados por el ruido de los motores, hasta que emergió la primera tonina overa y su esbelta figura. Fue una sorpresa. Esos enérgicos saltos sobre la superficie, esas piruetas, esos juegos durante toda la travesía a esquivar el bote y a ‘salpicarnos’ la vista. Curiosear entre los movimientos ágiles de estos animales amistosos y juguetones, que viven en plena libertad, y hacerlo durante una hora y media, es una oportunidad única que sólo lo ofrece la Patagonia.

Como también lo es la Pingüinera de Punta Tombo, situada a 181 kilómetros de Puerto Madryn. ¿Te imaginas ser parte de una comunidad de pingüinos por un día? Allí es posible. Es, sin duda, uno de los lugares del litoral patagónico más visitado, pero no sólo por turistas, también por cerca de medio millón de pingüinos de Magallanes, que regresan cada año, de forma cíclica, a los mismos nidos que ambos sexos defendieron mientras incubaron los huevos (generalmente dos) y alimentaron a sus pichones con peces y calamares.

Punta Tombo es la colonia de pingüinos magallánicos más grande del mundo, y no sólo eso, no existe otro asentamiento de pingüinos de esta magnitud a la que se puede acceder tan fácilmente. En esta Reserva Faunística se puede caminar entre estas elegantes aves, observar su forma de vida, seguir de cerca sus pasitos, mirar cómo conservan sus nidos y crías entre los arbustos, y ver un poco más de lejos cómo de forma vigorosa nadan en el mar a un ritmo de unos ocho kilómetros por hora. Torpes en tierra, ligeros en el mar. No resulta tarea sencilla sortearles. Miden apenas 50 centímetros y se mueven con esa inusual gracia que deja fascinado a cualquiera. Es su hogar y, como tal, son los dueños. De ahí, que sean capaces de permanecer minutos enteros, agitando su ala, esperando para que el visitante les deje el paso libre.

Comienzan a llegar entre agosto y septiembre. Es el momento de la lucha territorial y del armado de los nidos. Un mes más tarde están preparados para incubar sus huevos. 30 o 45 días más tarde, surgen los primeros pichones, y ya en diciembre es cuando la playa vive la gran ‘invasión’. No será hasta abril cuando, después de mudar el plumaje, inicien su migración hacia el Norte. Y no se les volverá a ver hasta finales de agosto. Su hogar será entonces el mar, y pueden llegar incluso a nadar hasta las latitudes de Río de Janeiro, en un viaje de 3.000 kilómetros.

El recorrido arenoso que circunda su territorio está ‘minado’ de cuevas donde los pingüinos ponen sus huevos y crían a sus pichones. Mantienen una febril actividad: mientras unos excavan sus cuevas, otros se pelean defendiendo su territorio. Los continuos rebuznos (la voz de los pingüinos) dominan el ambiente. Pueden verse a grupitos de pingüinos que, desde las playas, se internan en la colonia, exhaustos después de pasar varios días en el mar, consiguiendo alimento para sus pichones. Al rato, se ve partir a otro grupo rumbo al mar, luego de relevar a su pareja, ya que tanto el macho como la hembra comparten el cuidado de sus crías. Resulta un ceremonial inaudito curiosear a escasos milímetros en un nido, y en el de lado, ver cómo un polluelo rompe el cascarón o cómo sus progenitores le alimentan. Pero, como siempre, el guía marcaba las pautas y había llegado el momento de la partida.

Nos esperaba, quisiéramos o no, una visita obligada a la localidad de Gaiman, la colonia galesa que, según las guías, destaca por su hermosa arquitectura y sus tradicionales. Pero ¿cómo puede interesar a los europeos un lugar como éste? Pues realmente nada. La recomendación es pasear sin rumbo, observar sus casas típicas y, sobre todo, sentarse tranquilamente a tomar el té en una de las tantas casas especializadas y, por qué no, concertadas. Hicimos caso omiso de las sugerencias.

Por Mar Peláez

lunes, 27 de noviembre de 2006

Las ballenas, esos gigantes

La entrada a las 360.000 hectáreas de Reserva Natural de la Península Valdés es un deleite para los sentidos. Es tan destacable su población faunística que la Unesco declaró a este lugar Patrimonio de la Humanidad. Pero antes había que atravesar toda esa masa de tierra árida, casi totalmente desprovista de vegetación. Ni un árbol, tan sólo matorrales de escasa altura, arbustos achaparrados que no superan el metro de altura, junto con gramíneas que crecen en matas bajas y compactas, salpican el paisaje ralo y terroso. La planicie es tan árida que a los sentidos se torna infinita, cubierta por un gran manto de cantos rodados y salpicada por enormes mesetas que de tanto en tanto quiebran la aparente monotonía del paisaje.

Una manada de guanacos, al costado de la ruta, rompe la quietud de la estampa. Poco más adelante, un grupo de ñandús patagónicos corre por la meseta, mientras los viajeros fijan su vista en un animal poco común en nuestras latitudes. De repente, dos maras cruzan, ajenas a los fuertes vientos, el camino que divide las grandes extensiones que dominan los terratenientes. Los corderos, mientras, acampan a sus anchas y disfrutan de las cuatro hectáreas que les corresponde en toda esta vasta Patagonia. Se calcula que la en la provincia de Chubut se contabilizan cuatro millones de ovejas. Y en el fondo, el paisaje inhóspito impacta con sus secretos al observador atento.

Una carretera amplia de ripio fino conduce hasta el istmo Carlos Ameghino, que conecta la Península con el continente. A lo lejos, el agua flanquea los dos costados de la ruta. Tanto a derecha como a izquierda se observa el azul del mar patagónico. Si se baja la ventanilla de la furgoneta, hasta se pueden oír los chirridos de las numerosas aves que habitan en la Isla de los Pájaros, la misma en la que supuestamente se inspiró el autor del Principito.

Junto a ese punto hay que detenerse para abonar los 35 pesos de entrada oficial a la Península. Se puede aprovechar para adentrarse en el Centro de Interpretación y Museo Regional, con el que informarse a fondo de los lugares que se pueden visitar, de su geografía, fauna, flora e historia, y para resguardarse, por qué no, del aire tan puro y característico de toda la estepa patagónica.

La estructura de una gigantesca ballena franca austral, una de las once especies más grandes del mundo, preside el centro. No posee dientes, sino una especie de barba a través de la cual filtra el agua, absorbiendo el plancton, su principal alimento. Llega a la Península de mayo a diciembre, ya sea para parir o copular. Los últimos censos apuntan a que la población de este mamífero, en peligro de extinción, supera los 600 ejemplares, o lo que es lo mismo, el 20% de la población mundial.

Sólo 25 kilómetros más adelante se abre sobre la estepa un abanico celeste entre acantilados dorados. Es Puerto Pirámides, el único asentamiento de población de la reserva y el punto de partida para realizar el avistaje. Ataviados con el pertinente chaleco salvavidas y un poncho de agua, los viajeros ascienden expectantes a la embarcación. Se sale desde un pequeño puerto y minutos más tarde las embarcaciones llegan a sólo unos metros de los gigantes mamíferos marinos. Una vez apagados los motores de las lanchas, sólo resta esperar su aparición. A los pocos minutos, y de forma espontánea, el espectáculo da comienzo. En la lejanía se aprecian las columnas de spray que arroja una ballena al respirar y la inconfundible aleta que surge cuando da algún salto fuera del agua. No hubo suerte. El fuerte viento que amainaba ese día sólo nos permitió deleitarnos con los movimientos de un ejemplar de esos cetáceos y descubrir con gran claridad esas callosidades que pueblan la parte superior de la cabeza y del dorso, de estructura queratinosa y consistencia dura. El resto del cuerpo de estos amos del Mar Austral, que suele incluso superar el tamaño de la embarcación, es negro y presenta manchas blancas en el abdomen.

Y de repente, surgió su ballenato, su cachorro. Nacen, después de 12 meses de gestación, con una longitud de 5,5 metros, un peso de tres toneladas y crecen aproximadamente 3,5 centímetros por día durante los dos primeros meses de vida. Los saltos de las ballenas impactan a quien las ve, como también lo hacen las tiernas escenas entre madres y crías. Es una gala deslumbrante. Sólo hay que fijar la vista y dejarse llevar por cada uno de los movimientos de este gigante que puede superar los 12 metros y las 50 toneladas. Los gritos de los viajeros alertan de que está a la derecha. No a la izquierda. No enfrente. Se mueven rápido, pese a su gran tamaño. Pero ¿por qué saltan? Quizá como medio de comunicación visual o acústica, como un despliegue de dominio, para liberarse de parásitos en la piel o como parte del juego con las ballenas jóvenes. No es mucho lo que se sabe de sus comportamientos más fotogénicos. De nuevo, la aleta aparece sobre las olas. Con la cabeza a unos 10 metros de profundidad, se arquea y castiga la superficie con su poderosa aleta. Y ahora ¿por qué navega como si fuera una vela?

La excursión tuvo una duración de hora y media. Terminada la exhibición era momento de llegar a la parada concertada, después de atravesar nuevamente kilómetros de pura masa de tierra. Caleta Valdés, una barra sólida de 30 kilómetros de longitud, en la que se acumula canto rodado, tierra y arena, y que se desliza por el juego de las pleamares y bajamares.

Los alrededores esconden abruptos acantilados desde los que observar la ‘siesta’ de los aparentemente pacíficos elefantes marinos. Son gordos, torpes, gruñones, inmovilistas. Constituyen un escenario inmejorable donde transcurre gran parte del ciclo vital de estos mamíferos. Comienzan a llegar a principios de agosto los primeros machos adultos para adueñarse de un sector de la playa. Allí reúnen a tantas hembras como les es posible, conformando su ‘harén’ que puede incluso superar las 40 ‘elefantas’. Los machos desarrollan una trompa después del cuarto año de vida y pueden llegar a medir de cinco a seis metros y a pesar de tres a cuatro toneladas. La vista resultó un tanto decepcionante. El hecho de que sea un lugar protegido impide tener un contacto más directo con estos animales. Ultima parada del día una pingüinera, con algunos ejemplares de pingüinos de Magallanes.

El camino de retorno también tuvo sorpresas. El ripio arruinó la goma de una de las ruedas de la furgoneta en la que viajaban 12 pasajeros, más el chofer y el guía. Ahí te das cuenta de la soledad de este área. Ni una gasolinera, ni un restaurante, nada… sólo estepa. Rara vez se cruza un auto o un camión. Y así se puso punto final a 400 kilómetros de recorrido por la Península Valdés.

Por Mar Peláez

domingo, 26 de noviembre de 2006

Puerta abierta a Península Valdés

¿Te gustan las grandes distancias y no le temes al ripio? Entonces tu lugar es la Patagonia argentina. Un simple vistazo por la ventanilla del avión da una idea de la inmensidad de esta zona de la tierra. El recorrido desde el aeropuerto de Trelew a Puerto Madryn, unos 60 kilómetros, sirve para constatar que la palabra infinidad cobra un significado pleno. Es la auténtica dimensión de la estepa de uno de los territorios quizá menos poblados del mundo.

Aunque el paisaje desespera por su monotonía, esconde sorpresas y secretos: los que proceden del mar. Las escasas poblaciones que se asientan en las inmediaciones de la Península han sabido sacar provecho del privilegio de contar, entre sus vecinos, con ballenas francas, orcas, elefantes y lobos marinos, delfines toninas y la mayor pingüinera del continente. Pocos pueden presumir de contar en su ámbito natural con tanta cantidad de animales, sus casi únicos habitantes. Es, por tanto, el turismo el cuarto pilar en el que se asienta su economía y no es raro entender por qué todo está enfocado para ofertar al viajero un sinfín de actividades más o menos interesantes. Realmente sólo hay dos excursiones que merecen la pena: el avistaje de ballenas y la pingüinera de Punta Tombo, incluida la navegación con toninas. Eso sí, todo depende de la época en el que uno emprenda el viaje. La mejor: de junio a diciembre.

En el mismo Hostel El Gualicho (25 pesos) decidimos concertar la primera de las actividades: el avistaje de ballenas. Cuando comprendes que los precios que tienen unos y otros no difieren en más de cinco pesos, dejas de comparar. De hecho, todo está preparado para que el turista, al fin, se pliegue y contrate una excursión. Se pierde en libertad pero se gana en ahorro. Y así en toda la Patagonia argentina. ‘Miman’ en exceso al turista.

Pocos atractivos oferta Puerto Madryn en noviembre, un pueblo de calles exageradamente anchas y sin personalidad. A falta de poder ver desde la orilla los saltos de las ballenas, como sí ocurre entre junio y octubre, lo único que queda es pasear por su larga playa o degustar el famoso y sabroso cordero patagónico, el merino argentino. Y es famoso porque, según cuentan, los corderos absorben el agua salada que se esconde a pocos centímetros de la superficie, y es de los pocos animales que pueden adaptarse a las rigurosas condiciones ambientales de la Meseta de Chubut. No en vano, toda la Península estuvo en su día sumergida bajo el mar.

Por Mar Peláez

sábado, 25 de noviembre de 2006

De camino a la Patagonia

Oh.... Nuestro destino, la Patagonia, ya estaba más cerca: tan sólo 12 horas de vuelo de Madrid a Buenos Aires. Por segunda vez pisaba suelo bonarene. Por delante teníamos muy pocas horas para hacernos una idea de lo que ofrece la ciudad. Néstor, de la agencia Colores de Argentina, con la que habíamos concertado el viaje desde España, nos esperaba en el Hostel Milhouse para facilitarnos todos los bauchers (boletos) y para explicarnos el recorrido.

La elección de Colores de Argentina, recomendada por unos amigos de Valladolid que conocimos en la India, fue un gran acierto. Segunda vez en Buenos Aires en mi vida. Y, además, segunda vez en el mismo año. La primera de trabajo; ahora de placer.

El hostel Milhouse era de lo más divertido y alternativo. A la mañana siguiente teníamos pocas horas para recorrer lo más pintoresco de la ciudad: La Plaza de Mayo, la calle Florida, Corrientes, el Obelisco... Aprovechamos el tiempo al máximo. En pocas horas aterrizaríamos en Trelew, la puerta de entrada a la Península Valdés.

Por Mar Peláez

lunes, 4 de septiembre de 2006

Viaje 'movidito' a Intag

Norma, con su hijo David Darwin, sería mi anfitriona. Con ella, Irene y yo iríamos a la zona de Intag, en la provincia de Imbabura, a participar en el proyecto que la Xarxa Consum, desde España, y Talleres del Valle, desde Ecuador, comparten para desarrollar una zona verdaderamente atrasada. Los tres nos dirigimos hacia el aeropuerto para recoger a Irene. Llegó puntual, así que aún tuvimos tiempo de sobra para enseñarla, aunque fuera de forma rápida, una ciudad que no tiene muchos misterios. Al menos si ya has tenido la oportunidad de visitar con anterioridad otras ciudades coloniales. Era el primer día de clase para los ecuatorianos y el jolgorio del día anterior se tornó en niños uniformados dirigiéndose hacia la escuela, camiones descargando. En fin, el día a día.

Nada más comer nos dirigimos hacia una estación de camionetas ‘tuneadas’. Serían ellas las que nos llevarían, tras cinco horas, al corazón de Intag. Comenzaba así la aventura. Al principio, el autobús obsoleto, sucio pero decorado con puntillas y flecos, iba vacío. A medida que transitábamos por las calles de Quito, el ‘copiloto’ iba avisando a los viandantes de cuál era su destino. Casi en marcha, los viajeros iban ascendiendo por esas escalinatas empinadas y buscaban hueco. Aventuraba una experiencia similar a la que ya viví hacía unos años entre Arequipa y Puno, en pleno lago Titicaca. Y así fue. Sin haber salido aún de Quito, ya no quedaban asientos libres, pero eso no impedía que ecuatorianos y más ecuatorianos se esforzaran por ocupar los menos centímetros cuadrados posibles en el autobús. Había que hacer sitio también a unos bultos de considerables dimensiones y, hasta una gallina que permaneció durante todo el viaje sobre las rodillas de un señor. Llama la atención con la resignación con la que emprenden viaje. No les queda más remedio, quizá ni siquiera conozcan otros lujos. En especial, esas ‘cholitas’ que, además, de llevar la mercancía en bolsas enormes, portan a bebés a su espalda e incluso a dos o tres hijos más entres sus manos.

A 25 kilómetros al norte de la ciudad, vislumbramos la que es una de las visitas casi obligadas cuando se ha llegado a este país, aunque sea más testimonial que hermosa: la Mitad del Mundo. La gracia es pisar una línea imaginaria que divide el planeta y fotografiarse con un pie en cada hemisferio. Sería en otra ocasión, ahora no había que perder de vista por qué habíamos viajado a este país. Imposible dormirse. Ocurren tantas cosas curiosas en un viaje de estas características…

El paisaje árido cambió radicalmente al verde. La temperatura que se filtraba entre las ventanillas abiertas del autobús daba muestra de que los bosques subtropicales se acercaban. La vegetación se hacía cada vez más densa y el aire puro se adueñaba del ambiente cargado del bus.

No fueron pocos los niños que tomé entre mis brazos –Ángel Damián, Elisabeth fueron algunos– para que no se ‘ahogaran’ entre mayores, bolsas y maderas que ocupaban el pasillo del bus. Los kilómetros de asfalto desaparecieron de repente. Un ripio en mal estado no nos abandonaría ya hasta el Chontal. Viajar en autocar como lo hacen los ecuatorianos resulta una experiencia que nadie se tiene que perder, pese a que la comodidad no es la nota dominante.

La noche fue cayendo durante el recorrido. Sin darnos cuenta el autobús se detuvo en medio de una comunidad con casas modestas y bajas que se abrían a ambos lados del camino.

Mar Peláez

domingo, 3 de septiembre de 2006

En las faldas del Quito colonial

Quito estaba fuera, más allá del barrio residencial La Colón. La ciudad está enclavada en un bello paraje entre gigantescos montes y valles donde el verde intenso llama la atención. El volcán Pichincha, de 2.816 metros y que se abría ante mis ojos, actuó de imán y hacia él dirigí mis pasos. Tomé la avenida Amazonas. Cualquier turista que llegue hasta allí se topará, quiera o no, con esa avenida, plagada de tiendas, de restaurantes, hoteles y puestos callejeros. Siguiendo en paralelo al volcán, alcancé el Quito que se convirtió en la primera ciudad latinoamericana en lograr la declaración de Patrimonio de la Humanidad. Arranca en el parque de la Alameda hasta el montículo de la Virgen del Panecillo. El trazado de esa zona es ortogonal, lo que resulta muy sencillo para el visitante primerizo. En medio, iglesias y más iglesias, conventos y otros edificios históricos que recuerdan inevitablemente el paso de los españoles. Era domingo y los fieles, por cientos, se agolpaban desde primera hora de la mañana en las puertas. Entrar en cualquiera de ellas para contemplar su interior se convertía en tarea difícil. No en vano, el fervor religioso que caracteriza a estos países sorprende.

Desde la Plaza de la Independencia o Plaza Grande se extiende el Quito Colonial. El viajero se encontrará con un bullicio muy agradable, donde los ecuatorianos comparten los bancos y charlas distendidas, mientras un sinfín de niños se ofrece a limpiarte los zapatos en las arcadas del Palacio Arzobispal y otros tantos disfrutan de juegos callejeros. Los policías turísticos vigilan que nadie ‘moleste’ al viajero, quieras o no quieras, así que resulta prácticamente imposible poder dirigirte a un niño y preguntarle por una vida que se me antoja nada fácil. Lo logré, Wiliams fue uno de los pocos con los que puede hablar.

Y en medio de esa plaza se alza la Catedral, con un característico templete de piedra que contrasta con el color blanco del resto del edificio. La Basílica de la Merced, la de San Francisco o la de Santo Domingo son otros claros ejemplos de iglesias coloniales. Sobrias por fuera y ostentosas por dentro, Pero hay una que sorprende: la del Voto Nacional, más parecida a las catedrales europeas que a las latinoamericanas. Además, esconde una sorpresa. Se puede acceder hasta el último cimborrio. Una experiencia que permite tener una visión prácticamente general de la ciudad.

En este punto, atención a las empinadas calles que el viajero se irá encontrando. La accidentada topografía de la villa, construida sobre montes y quebradas, no ayuda a aclimatarse. No hay que olvidar que en Quito se acusa la altura y el sol perpendicular que cae.

Otros puntos de interés: la casa del mariscal Sucre, el héroe de la independencia americana, o el teatro que lleva su nombre. Y si hablamos de parques, ahí están La Alameda, con la famosa estatua al libertador Simón Bolívar y el Observatorio Astronómico, o el Parque del Ejido, donde poder disfrutar del mercadillo artesanal si es domingo. Un detalle sorprendente: los ecuatorianos dibujan un corazón azul en la calzada para indicar que en ese mismo punto se ha producido un accidente mortal. Ojo al dato. La circulación es lenta, pero caótica. Por lo demás, la ciudad, al menos de día, resulta tranquila para el principiante.

Mar Peláez

sábado, 2 de septiembre de 2006

Viajeros de ida y vuelta

No había duda, ese sería mi avión. El vuelo de los emigrantes, el de los viajeros de ida y vuelta. Cientos de ecuatorianos arrastraban a duras penas sus colosales maletas por el aeropuerto de Barajas. Antes, repletas de sueños, temores y esperanzas. La nueva ‘tierra prometida’ les esperaba. Ahora, van cargadas de regalos. Ayer fueron inmigrantes, hoy retornados. Isabel, mi compañera de butaca, es el vivo ejemplo de la desoladora inmigración.

Las 11 horas de vuelo que separan España de Quito hicieron que esta ecuatoriana, de sonrisa limpia y mirada profunda, me entreabriese su corazón. Emigró a España con 500 dólares y ya vuelve a su hogar, a la tierra en la que nació, tras cuatro años separada de los suyos. Lo hace con algunos ahorros apenas para adquirir una vivienda. El avión de la compañía Air Madrid acababa de aterrizar en el aeropuerto Mariscal Sucre de Quito, sorprendentemente sin ningún sobresalto. Entre gritos y aplausos, los 250 pasajeros —la inmensa mayoría inmigrantes— estaban preparados para iniciar un auténtico ‘asalto’ a su tierra patria. Miré a Isabel y le dije. "Bienvenida a casa". Me devolvió la mirada con lágrimas en los ojos hasta que rompió a llorar. En ese instante sentí que iba a ser testigo indirecto de la historia de una vida muy lejana a la mía, pero con un nexo de unión: un viaje de ida y vuelta.

Iba a reencontrarse con su marido y sus tres niñitos: José Miguel, de diez años; Francisco Javier, de ocho, y Ana Isabel, de seis. "Es tan doloroso cuidar de otros niños cuando echas tanto de menos a los tuyos...", lamentaba mientras sus recuerdos iban recobrando total nitidez. Isabel se alejó de Ecuador el 15 de enero de 2002, pero ahora iba a dejar tras de sí, y para siempre, de ser ‘ilegal’, de padecer eternas colas administrativas, de sufrir en sus carnes el racismo y de soñar cada día con el retorno. Sus palabras se deshacían en dolor hasta que recordó que en escasos minutos abrazaría a sus seres más queridos. Su vuelta a casa ya tiene una fecha grabada: sábado 2 de septiembre de 2006.

El avión se detuvo por completo. La impaciencia por ver a sus hijos, como el de otras muchas madres y padres que viajaban con los mismos anhelos, le ofuscaba. Isabel estaba nerviosa. Miró las cristaleras que comunican el control de pasaportes con el interior del aeropuerto y gritó sin pudor: ‘Allí están’. “Es él, es mi niño’ ‘¡Cómo ha cambiado!’ Detrás, entre el gentío, apareció la cabecita de una niña más pequeña. “Mi Ana Isabel”, chilló al tiempo que sus ojos se iban humedeciendo. Las mismas voces se sucedían a mi alrededor. Eran tantas las personas que se agolpaban tras los cristales para recibir a sus familiares que resultaba difícil descifrar a unos y a otros.

Aún tuvo tiempo Isabel de seguir narrando sus vivencias en España mientras los policías ecuatorianos revisaban con excesiva parsimonia la documentación y estampaban los correspondientes sellos; y más aún esperando la salida de las maletas. Cuando emigró de Ibarra, sólo la acompañaba el recuerdo más doloroso: la despedida de sus hijos, y una vieja bolsa de viaje con dos pantalones, una falda, tres camisas, un jersey y una chompa. Y eso sí, mucha ilusión para poder dibujar un futuro mejor para los suyos. Comprobé que las cosas han cambiado. Isabel regresa a su Ecuador querido con tres inmaculadas maletas cargadas de regalos. Esas mismas maletas que soltó en el minuto que observó a lo lejos cómo su niña menor corría bañada en lágrimas. No pudo más y ella también estalló en un llanto desgarrador. Su marido, en cambio, se esforzaba en reprimir el sollozo. Y, al final, todos se fundieron en un inmenso abrazo. El paréntesis se había cerrado para Isabel.

Es el reencuentro y desencuentro con los que quedaron, con esa familia tan extensa y con los pocos amigos que aún conservan. A mi alrededor todo era euforia. Los niños se olvidaron por unos instantes de aquellas angustias, penas y frustraciones que les creó la marcha de su familiar; los mayores hablaban sin parar como si fuera posible recuperar en minutos toda esa ausencia; y yo, por primera vez, pisaba suelo ecuatoriano. Y lo hacía sola, dispuesta a descubrir por qué en particular los ecuatorianos migran hacia España. Les doy la palabra.

Mar Peláez

domingo, 12 de febrero de 2006

Música es... en la Habana

"EL CALLEJÓN DEL ARTE"

"Y vinieron con cantos que nadie conocía / Cruzaron el mar con peces de madera. Trajeron un secreto cubierto de sangre y tierra. / Cantaron, lloraron, plantaron…"

No es un poema mío, es simplemente una verdad que puede leerse en el Callejón de Hamel, en el barrio habanero de Cayo Hueso, uno de los más populares de la ciudad. La peculiaridad de este sitio arrancó en 1990 cuando Salvador González Escalona (pintor, escultor y muralista cubano) se detuvo frente a la deteriorada fachada de la casa de un amigo y decidió cambiarle el rostro al barrio. Y vaya que si lo cambió. Ayer, no era más que una callejuela abandonada por el tiempo y por la ciudad. Era la ‘nave del olvido’ Hoy, es el callejón del arte, una galería del talento cubano.

Uno a uno fue decorando, a lo largo y a lo ancho, los edificios y hasta los tanques de agua tan característicos en toda La Habana. Predominan los colores rojizos y las formas de estilo cubista, surrealista y expresionista, pero especialmente todo lo que evoque la cultura afrocubana. Conforman una malla de imágenes que dan al conjunto una creación única. En el Callejón sorprende todo, las pinturas de los edificios de vecinos de hasta cuatro plantas, con las paredes multicolores, los bancos para sentarse fabricados con materiales en desuso que se reciclan (como casi todo en La Habana) y otros elementos muy originales e irrepetibles. ¿Qué hacer con una bañera vieja? y ¿con una máquina registradora? Y esto, ¿qué es? ¡Unos bolos gigantes! Todo tiene cabida en este callejón, todo, si es arte.

El rumor de una ensordecedora percusión o melodiosas canciones alertan de que algo está a punto de ocurrir. Sólo hace falta traspasar una puerta y la diversión está garantizada. Quien desee disfrutar del baile espontáneo, masivo y callejero que tanto gusta a cubanos y a extranjeros, puede llegar al Callejón de Hamel un domingo por la mañana. Los habaneros les esperan. Allí todo es un constante resonar de tambores, de movimientos sensuales de los cuerpos sin importar la edad. Una especie de fiesta a cielo abierto llena de espectadores. Es también una forma de ampliar su horizonte cultural.

El Callejón de Hamel, es una callejuela estrecha entre las calles Aramburu y Hospital, muy cerca de la Iglesia del Carmen, no lejos del Hotel Nacional y del malecón. Es también este singular sitio la cuna del movimiento musical afrocubano. Pero no sólo es baile y murales, es un proyecto de arte en la comunidad, donde los más pequeños del barrio se inician en el arte pictórico y los de la tercera edad disfrutan de la música de su época con la interpretación de sones, boleros, danzones. El callejón de Hamel es… ¿por qué no lo descubres?

Por Mar Peláez

viernes, 14 de octubre de 2005

Las contradicciones de la India


Pese a todas esas sensaciones contrapuestas extraídas del viaje, en ese preciso momento no quería regresar a casa. Nunca me hubiera imaginado nada como la India, y mucho menos como Calcuta. Este país te sugiere todo menos indiferencia. Hubiera deseado en multitud de instantes resultar invisible para haber podido detenerme y empaparme de su vida, de sus emociones, de sus sueños. Ahora, sólo podía extraer mis propias conclusiones. Y la primera se refiere a la religión. A ese lastre que impide a los indios más desfavorecidos rebelarse contra la miseria y la injusticia que les oprime. Y a esa misma religión de la que se valen los ricos para prolongar una situación que les favorece.

Esas creencias a las que se agarran, sin embargo, para abrir los ojos cada mañana y verse un día más envuelto en tanta podredumbre. Porque lo que está claro es que la pobreza no se esconde en la India, se muestra a todo aquel que no mire hacia otro lado. ¿Dónde estáis los ricos de la India? ¿Dónde está esa potencia mundial en informática? Allí te das cuenta de que es imposible luchar contra 1.000 años de resignación. A ti sólo te queda elegir entre tres opciones de vida: huir, ser mero espectador o comprometerse. La India es mágica, es misteriosa, es un mundo entero. Huele a rosas e inmundicia. Sabe a picante. Suena a ruido infernal. Se ve colorida y alegre. Se palpa humedad y suciedad. Pero sobre todo se siente a la gente. Es todo esto, y también dura y desconcertante. ¿Me gustó la India? Tengo tiempo de responderme, aunque sé que cuando llegas a España y echas la vista atrás, algo se remueve dentro de ti.

Por Mar Peláez

jueves, 13 de octubre de 2005

Ultimo vistazo a Calcuta


Amaneció nuestro último día en la India. Los centros estaban cerrados por tratarse de jueves, por lo que Mariví y yo nos lanzamos a conocer los últimos rincones de Calcuta que aún no habíamos visitado. Nuestro destino sería un templo del Sur de la ciudad o eso intentamos. Tomamos el metro hasta la última parada, un taxi y llegamos a destino, donde nos encontramos con mis compañeras japonesas. No se podía acceder con zapatos a su interior (como en la mayoría de los templos), tampoco se podía hacer fotografías. Se trataba de un amplio recinto con un gran edificio en el que cientos de indios hacían cola. Lo rodeaban pequeños templitos donde unos hombres depositaban en tus manos agua sagrada del Ganga, polvo de azafrán y en ocasiones dulces, después de hacer sonar una campana. Rechazar estos detalles son símbolo de descortesía. La personalidad de la ciudad ha sido labrada en el entorno físico del delta del Ganga, Hooghly en inglés. Nos asomamos por unas barandillas y allí estaba el río y a los indios sumergidos en él haciendo sus rituales.

No tenía tanta magia como en Varanasi, pero nos pasamos un buen rato contemplándolo. Nuestro deseo era tomar una barca para llegar hasta el otro lado del río. Después de hablar en ‘spaninglis’ con una pareja que hablaba en ‘indiinglis’, comprar una flauta a uno de los niños que vendían cualquier tipo de objetos, ver cómo muchos comían pepinos pelados y otros recogían agua del río en grandes garrafas, hicimos cola para subirnos a una de esas barcas repletas de indios de clase media, que costaba siete rupias por persona. Calcuta no es una ciudad turística, por lo que muchos se sorprendían con la presencia de occidentales. Hice varias fotos a petición de algunas parejas vestidas ‘de domingo’.

Después de un cuarto de hora, o así, llegamos a la otra orilla. No había nada interesante al otro lado, pero tuvimos ocasión de ver de nuevo otra ‘procesión’ de la Durga Pooja, mientras chicos y chicas bailaban a ritmo de tambores. Comenzó a llover de forma torrencial, así que tomamos un taxi. La idea era ir al Mercado de las Flores pero el monzón nos lo impidió. No nos quedó más remedio que dirigirnos a Sudder Street. El agua estancada en las calles dificultaba la circulación.

Atravesamos el Puente Howrath, considerado una maravilla de la ingeniería, por el que pasan más de dos millones de personas por día. Su construcción duró seis años –se inauguró en 1943- y es el tercero más grande del mundo. Es un puente colgante, de 500 metros sin pilares, que une el ferrocarril principal y la ciudad industrial de Howrah con Calcuta, y que se divisa desde varios puntos de la ciudad. Tuvimos algún que otro problemilla con el taxista porque nos quería estafar, pero no le dejamos.

En ningún momento me atreví a comer en los puestos callejeros. Era tal su suciedad que no invitaba a degustar sus platos picantes. Y eso que mi estómago, a través de los viajes que ya he ido realizando, parece que se está acostumbrado a comida no excesivamente salubre. Aún así, volvimos a comer en el Jo Jo’s, que nos daba algo más de seguridad. Además de enviar, como otros muchos días, varios e-mails y llamar por teléfono a España, nos encaminamos hacia el mercado que descubrí el día anterior, pero en esta ocasión estaba cerrado. Una lástima. No quedaba ya más remedio que hacer nuestras mochilas y dejar todo preparado para iniciar nuestro viaje de retorno a España. El avión saldría a las 7 de la mañana, pero debíamos irnos sobre las cuatro de la madrugada.

Mariví y yo compartimos nuestra última cena en el Jo Jo’s con Olga, que se quedaría en Calcuta hasta el 21 de diciembre. Tuvimos tiempo de poner en común algunas de nuestras experiencias, aunque era demasiado pronto para haberlas asimilado. Nada más cenar, Olga tuvo que irse al Monica’s House, porque le cerraban la puerta a las 10 de la noche. A nosotras nos esperaba una fiesta de despedida en la terraza del Hotel María. Allí estaban Juan, Jesús, Bea, Vivi, Norma, Edell, Kike y su novia italiana enfermera del Papa.

Una guitarra, cervezas y ron… y a cantar. La fiesta se prolongó hasta las 12 de la noche. El despertador sonó a las cuatro de la madrugada. Edell, que se había trasladado a nuestro hotel, se despertó y vino a despedirse. Le dimos ropa, artículos de limpieza, sábanas y las almohadas. Nosotras ya no las necesitábamos y es costumbre entre los voluntarios dejar cosas cuando te vas. A fin de cuentas, es como tu familia en la India. En un taxi junto a esa madrileña que trabaja en la cadena Ser recorrimos por última vez las calles de Calcuta.

Los faros de los coches, una vez más, iluminaban los cuerpos tendidos en cada lado de las aceras. Personas que caminaban en silencio de un lado para otro. Pero, de noche, la ciudad parece latente. Sin apenas tráfico, calles con escasa iluminación artificial, el silencio se puede oír. El aeropuerto distaba bastantes kilómetros. Allí estaban Kike y su novia italiana, que viajaría con nosotras hasta Londres.

Mar Peláez

miércoles, 12 de octubre de 2005

Triste despedida de Calcuta



Era mi último día en los centros. No pensé que me fuera a dar tanta pena despedirme de unos niños que apenas conocía, pero así fue. Esta vez no quise tender la ropa, sino lavarla, porque así tendría más tiempo para despedirme de todos ellos. Me permitían hacer dos fotografías. ¡Sólo dos!, pero las normas están para saltárselas, pese a la reprimenda que eso me iba a conllevar. Disfruté como nunca haciéndoles reír, pero también limpiando el suelo cada vez que uno de ellos se hacía pis (no llevan dodotis ni similar y tienen dos años) o cambiándolos de ropa. Intenté alargar el tiempo de estancia allí todo lo que me fue posible, pero había concluido… Ya no los volvería a ver. Para ellos, yo era una más, para mí era diferente.

Bajé hasta el centro de los handicap y allí sí tuve la oportunidad de fotografiar a ‘mis’ otros niños mientras jugaban o comían. Cuando concluyó la jornada para mis amigas, retornamos a la calle, a la dura calle, donde un grupo bastante nutrido de personas hacía cola, como cada día, para recibir su bolsita de comida de la Fundación Teresa de Calcuta. Son cientos los que comen de la caridad de estas hermanas. Mientras, los niños que vivían en los aledaños del centro jugueteaban casi desnudos y descalzos por las aceras infectadas de suciedad. No sobrepasarían los cinco años, pero por sus movimientos y desparpajo parecían mucho mayores. El grupo se había ido a ver la leprosería Titagath, regentada por los hermanos de la Caridad, o la de Shanti Nagar, a unas 4 horas de Calcuta.

Yo no me encontraba con fuerzas para ver a esa gente mutilada en su mayoría. Y eso a pesar de que el centro debe rezumar vida, ya que los enfermos se encargan de hacer trabajos manuales con los que sacarse unas cuantas rupias. Otro grupo se había ido a un dispensario y otro a la estación de trenes Sealdah, donde también se aplican curas superficiales y se procura sobre todo dar un poco de calor humano a la gente que prácticamente vive allí hacinada. En Calcuta se dobla una esquina y he ahí un dispensario en plena calle, atendido por voluntarios españoles y japoneses, en su mayoría. Inspeccionan gargantas, escuchan pulmones, curan llagas y mordeduras de rata o enseñan a las madres a prevenir las infecciones de sus hijos. El coraje de los voluntarios sorprende. Y lo hace porque ven muchos enfermos y moribundos que se debaten entre la vida y la muerte. Lo que nunca llegué a saber es qué criterio siguen para seleccionar a qué enfermos llevan al centro y a cuál no, cuando verdaderamente son muchos los necesitados. No preguntan nada, ni religión ni condición. Todos son bienvenidos en la Casa de la Madre Teresa de Calcuta.

Mariví llegaría tarde al hotel, así que me dirigí a buscar un mercado más tranquilo que el New Market. Preguntar a los indios no es sinónimo de que te indiquen el camino correcto, pero aún así logré encontrarlo. Está en una calle que sale de Park Street en la esquina donde se encuentra la estatua de la Madre Teresa. Allí adquirí varias camisas y un panhavi, a precios algo más caros que en el resto de la ciudad pero mucho más vistosos. Con mis adquisiciones, regresé al hotel. De allí, Olga, Mariví y yo nos dirigimos en taxi, junto a Elena y Cristina, a buscar la casa de Tagore. El recorrido en taxi se hizo muy largo, ya que los atascos son interminables, aún así su precio es irrisorio (0,5 euros, a lo sumo 1 euros, por un recorrido de más de media hora). No logramos encontrar la casa, pero nos sumergimos en la fiesta del barrio.

Todo era color. Sus caras estaban pintadas de color naranja, rosa o roja. Pasamos, como si fuera una procesión, a contemplar a uno de sus dioses al que estaban venerando. Después de estar sentadas mucho tiempo en el bordillo de una tienda mientras contemplábamos la vida de la gente, nos dirigimos en metro hacia Sudder Street. La primera vez que lo probábamos.

El metro, de diseño ruso inaugurado en 1984, es bueno y limpio, un contraste inmaculado frente a las calles polvorientas e irrespirables, y la mejor alternativa a esos pesados, incómodos, mugrientos y destartalados tranvías que apenas han sido modificados desde que echaron a andar en 1873. Además, es muy barato: 16 kilómetros por siete rupias como máximo.

Por Mar Peláez

martes, 11 de octubre de 2005

Aprender a ser feliz


Con la ilusión de los días anteriores aún viva, inicié una jornada más en el orfanato. Ahí estarían ‘mis’ niños. Mi compañera Bea no había ido esa mañana al centro porque no se encontraba en condiciones. La adaptación a Calcuta es realmente dura y pocos son los que se salvan de que su cuerpo rechace de cualquier forma todas esas imágenes que tanto impactan a cada paso que das en la calle. La miseria con mayúsculas, unido a la contaminación irrespirable, el calor sofocante y el agua caliente rozando tus rodillas, te lo pone difícil. Buena parte de la jornada la dediqué a tender la ropa que otras voluntarias iban lavando. Horas y horas de tender esos ‘pingajos’ en las cuerdas o extenderlos sobre el suelo de la terraza.

Tuve ocasión de comprobar que las japonesas tienen un ritmo de trabajo y de sacrificio mucho más elevado que cualquiera de los españoles. Se las veía encantadas con esa tarea, pese al sol abrasador sobre nuestros cuerpos. Su inglés no era muy bueno. El mío tampoco. Pero logramos mantener animadas conversaciones sobre Japón y España. Concluida nuestra misión, bajamos hacia el orfanato para jugar con los más pequeños. Las masis, con bastante malas formas, nos indicaban qué podíamos hacer y qué no. De nuevo, ‘mis’ niños (dos niñas y un niño) acapararon mi atención, pero había que repartir los brazos y las piernas con todos ellos. Resultaba complicado incluso respirar cuando ves a seis niños colgando de tu cuerpo, pero se disfrutaba mucho con sus abrazos y monerías. Desgraciadamente, la jornada ‘laboral’ había vuelto a concluir. Era tan poco tiempo… Me bajé hacia el recinto de los niños handicap para buscar a las otras voluntarias españolas y esperar a que ellas concluyeran la tarea de darles de comer. Elena no quería comer, por lo que Cristina y yo nos fuimos al Jo Jo´s, con el resto de voluntarios.

Las tres nos dirigimos en un polvoriento taxi hacia Kalighat, junto al templo de Kali, después de vadear los miles de coches que circulaban sumidos en el desorden más absoluto. Me encontré un ambiente muy diferente al del día en que conocí la zona. Estaban de fiesta y el bullicio, la música y el colorido cubrían de forma ficticia tanta podredumbre y mitigaban en parte aquellas visiones de recién nacidos en la calle desnudos o semidesnudos sobre el duro y sucio asfalto; hombres sin extremidades inferiores arrastrándose por el suelo; mujeres afectadas seriamente por la polio o por dolorosas deformaciones, o personas esqueléticas arrodillados en el suelo esperando una limosna o algo que llevarse a la boca. Sólo el espectáculo de una niña contorsionista y las voces de una mujer, vestida de un naranja intenso, a través de un megáfono lograron que recuperáramos por unos instantes el aliento.

Todavía estaba por ver algo que me llegó muy dentro. Nos aproximamos a Kalighat (Casa del Corazón Puro), ubicado en un edificio de color amarillo y de aspecto hindú, aunque con algunas cruces. De este centro sabía que se le conoce como el Hogar de los Moribundos y Abandonados. Es, por tanto, un centro de enfermos terminales e indigentes, en general gente mayor en bastante mal estado donde la gravedad de la situación queda superada por el ambiente de relativa paz y humanidad que se intenta crear. Nada más acceder a su interior, la imagen de una treintena de hombres escuálidos, vestidos de azul sobre camas también azules, esperando resignados a que llegue su hora, me impactó. Quizá la imagen que más lo haya hecho en mi vida. Era como mirar la misma muerte. No sé cómo explicarlo. Sí, había paz, demasiada paz, demasiado silencio, demasiada paciencia. Sin pronunciar una palabra, las tres tuvimos el mismo reflejo: salir corriendo de allí. Y así lo hicimos, con el nudo aún en la garganta. Las palabras no servían para expresar la emoción experimentada.

En aquel momento me di cuenta de la valentía de todos aquellos voluntarios, entre ellos Olga y Mariví, que consiguen ser felices en aquel lugar y que se sobreponen a sus emociones e intentan simplemente “estar” con aquella gente, procurar transmitirles un poco de cariño a la vez que impregnarse recíprocamente de su humanidad y gozar con el puente de ternura que a buen seguro se establece entre el voluntario y el paciente. Desgraciadamente no fui ni siquiera capaz de atravesar la puerta de acceso. Conversaciones posteriores con otros colaboradores me tranquilizaron. No en vano, para otros muchos los centros de los niños resultan más impactantes que los de los adultos. Yo, en cambio, opino lo contrario. Veo en los niños esperanza, vida…

Sin que aún hubiéramos podido digerir la dureza de la imagen, unos niños de la calle con ganas de jugar se nos abalanzaron y cogieron de las piernas. Los había de todas las edades: casi recién nacidos, pequeños de apenas un añito y niñas de unos cinco. Sólo querían juguetear. Con esa sensación agridulce volvimos a tomar un taxi en dirección a Sudder Street. Una visita a otro ciber para plasmar nuestras vivencias y a tomar algo con una buena representación de voluntarios españoles en la terraza del mismo hotel donde se alojó Patrick Suelwes en la película La Ciudad de la Alegría.

Parecía un oasis natural dentro del insano centro de la ciudad, por lo que prolongamos la estancia. Teníamos previsto ir a cenar a uno de los muchos restaurantes que hay abiertos en Park Street, junto a Cristina y Elena. La calle reunía lo más ‘guapo’ de la ciudad. Restaurantes de lujo, discotecas aparatosas, neones luminosos y mucha gente de apariencia rica. Pero sólo era un espejismo, un adorno de una realidad que seguía visible en las aceras. Sólo hacía falta ver como los más pequeños se las ingeniaban para sobrevivir entre tanta ostentación y mendigar, sin excesivo éxito, entre esas muchachas altivas con impolutos saris de gran valor y esos muchachos indiferentes a la miseria de sus compatriotas, repeinados, orgullosos de lucir un costoso traje y preocupados tan sólo de entrar los primeros en la discoteca.

Nos amoldamos a los gustos de las chicas de Figueres y accedimos a cenar en uno de esos restaurantes en los que nos estaría vedada la entrada si no fuera porque éramos occidentales. Nuestras ‘pintas’ desentonaban demasiado en ese entorno de abundancia, pero se suponía que teníamos dinero y nos trataron como reinas. El menú era de fiesta: ocho platos diferentes a base de pollo, langostinos… en salsas diversas y acompañados con arroz. Y todo por 10 euros. El pollo al tandoori está muy bueno, pero ya me estaba cansando. La comida estuvo empañada, sin embargo, por unas conversaciones en las que cada una expresaba los sentimientos que la calle nos generaba.

Salimos del restaurante y ahí seguía la realidad. Los faros de los automóviles iban descubriendo sobre las aceras los huecos de los portales, una cadena sin fin de cuerpos tendidos en cada rincón, hirviendo como enjambres sobre los pavimentos. Sólo dormían, pero la impresión era de trágico abandono. Diez, once, doce millones de habitantes. No hay un censo fiable. Se dice que 300.000 duermen cada noche sobre las aceras. Quien tiene un negocio, pasa la noche en el negocio; quien tiene un taxi, duerme en el taxi; quien tiene tu-tu, descansa en el tu-tu; quien tiene rickshaw dormita en el rickshaw, y quien no tiene nada de lo anterior, se tiene que conformar con la dura acera. Increíble aceptarlo. Increíble comprobar cómo esas imágenes tan impactantes para nosotros es simplemente el pan de cada día para ellos. ¿Qué pensarán los indios ricos? ¿Con que cara miran a la verdad? Sorprende que pasear entre esa pobreza extrema, sorteando sin parar a personas tumbadas en la acera, no provoque miedo ni rechazo. Incluso algunos se incorporan y saludan con una sonrisa esperando sólo tu respuesta cómplice. Lo mismo hacen los rickshaws, esos hombres de sonrisa perenne que no dudan en hacer señas de camaradería cuando te reconocen.

Por Mar Peláez

lunes, 10 de octubre de 2005

Sonrisas indias


Me quedaban muy pocos días en Calcuta y no lo dudé. Me fui directamente a colaborar en el orfanato de niños de 0 a 6 años, y dejé la sección de los handicap. Y allí logré sentirme más útil y más feliz. No tuve la suerte de que hubiera alguna voluntaria de habla hispana, por lo que tuve que conformarme con las explicaciones de una danesa no demasiado entusiasta con la presencia de una nueva persona. Sin apenas instrucciones previas me puse a hacer varias de las camas de los 111 niños y seguí al resto a la parte trasera, donde las ‘masis’ lavaban y lavaban las sábanas, tipo mantel, donde duermen los niños. Había que separar la ropa limpia de la sucia, algo paradójico si se tiene en cuenta que la mayoría de los menores no ha cumplido aún los tres años y que no usan pañales. Nuestra tarea sería aclarar esas sábanas ásperas y roídas, esos pañuelos en forma de pañales, y esas servilletas que no supe nunca cuál era su uso. Nos llevó mucho tiempo esa tarea. Bea, una voluntaria gallega que acababa de llegar a Kolkata, y yo compartimos eso de escurrir las ‘sábanas’, y comprobé cómo los japoneses, en este caso japonesas, tienen un exagerado nivel de compromiso con el trabajo. No paraban.

Concluida esa labor inicial, nos fuimos a jugar con los más pequeños en la parte delantera del edificio. Pese a que el centro cuenta con un hermoso patio con juegos, los niños se ven abocados a jugar en el interior del edificio. Son tantos y tan pocas las ‘masis’ que éstas no pueden hacer más que cuidarlos. No tienen tiempo para detenerse a jugar con ellos; para eso estamos las voluntarias. De lavarlos, darles el desayuno y la comida se encargaban las masis o las sisters. Todo estaba limpio, al menos tan limpio como permite la ciudad.

En mi memoria quedó grabada la cara de dos niñas y un niño. No sé por qué. Eran muchos, pero aquellas caras y aquellos abrazos me aportaron algo especial. Aún así, jugué con todos los que reclamaron mi atención. Les dediqué mi tiempo a cambio de una simple y amplia sonrisa; de esa sonrisa limpia de un niño que carece del cariño que se merece. No tenía manos para atender a todos a la vez, pero sí muchas ganas. Recuerdo los lloros de aquel niño, recién abandonado por sus padres; la carita blanca de esa niña ciega que gateaba sorteando a duras penas los obstáculos; de ese pequeño al que una rata le había arrebatado su oreja izquierda… Todos vestidos con la ropa que generosamente alguien había donado. Limpios y aseados.

Tres horas después había concluido, desgraciadamente, nuestro turno. Cristina y yo enfilamos hacia su hotel con la esperaza de poder animar un poco a su amiga Elena. Llevaban menos de una semana en Calcuta y realmente se le estaba haciendo cuesta arriba. Pero es normal. Es humano y entendible que se humedezca la mirada ante tanta injusticia, que flaqueen las fuerzas ante tanta miseria, que mengüe el entusiasmo ante la magnitud del problema y que creamos que no somos capaces. Es normal. Como también lo es que entren ganas de huir y no seas capaz de responder a la pregunta de ¿para qué estoy aquí? En su hotel, comprobamos que nuestra intención de que Elena se relajase en ese infierno de ciudad iba a resultar ardua. Había que intentarlo.

Era el día que había elegido para, por fin, ir al cine en la India, en ese país con una floreciente industria cinematográfica. Toda ciudad importante dispone de numerosos cines, pero nos costó trabajo encontrar una sala abierta, porque la fiesta de la Durga Pooja había alterado todos los horarios. Caminamos en su búsqueda, junto a Bea y sus amigas gallegas Vivi y Norma. Dos niños de la calle, con sus preciosas caras nos acompañaron en nuestro recorrido. Al final, sólo Mariví, Olga y yo entramos en el cine. Lo hicimos por un precio de 25 rupias. Buscábamos una película de Bollywood, pero… la sorpresa fue mayor. La carátula de la película no nos daba ninguna pista de su contenido. La amplia sala del cine estaba repleta de ventiladores colgados en sus paredes y de sillas de plástico. Soportar el olor que procedía de los servicios fue, además, complicado. Lo mismo que escuchar el sonido de la película con el ruido de los ventiladores. Ni una sola mujer en la sala, sólo nosotras tres. Y comenzó la película, por supuesto en hindi. Los ánimos de los indios iban subiendo a medida que el amor que sentía el protagonista por una muchacha se iba transformando en sexo en el interior de un prostíbulo. Nuestros compañeros de ‘butaca’ se levantaban, se volvían a sentar, se giraban para contemplar cómo tres occidentales sin conocimientos de hindi podían estar allí viendo una película ‘porno’ para sus ojos. Aguantamos una de las tres que duraba la película y nuestras risas aún deben resonar en aquella sala. ¿Qué pensarían de nosotras tres?

Nos dirigimos hacia Sudder Street, pero antes nos encontramos con varios de los ‘monumentos’ de la fiesta de la Durga Pooja.

Por Mar Peláez

domingo, 9 de octubre de 2005

Orfanatos de vida


Con las pilas cargadas nos dirigimos Mariví y yo hacia el centro –Olga permanecía en el hotel porque más tarde buscaría un nuevo alojamiento para quedarse los siguientes dos meses-. Esta vez lo hicimos subidas en un rickshaw, el conducido por mi amigo Mohama. Resultaba así menos violento grabar en video todo ese camino que nos separaba del Sishu Bhavan y que tantas veces habíamos recorrido. Nuevamente la pena de que los indios con los que más me interesaba iniciar una conversación, conocer sus preocupaciones, su forma de vida y sus miedos, no dominaban en absoluto el inglés. De hecho, no supo contestarme ni siquiera a la pregunta de cuántos hijos tenía y dónde residía.

Llegamos puntuales al desayuno de las 7 de la mañana con el resto de voluntarios. Lástima que nunca tuve la fuerza de voluntad de acudir a las 6 de la mañana a la misa de las hermanas que, por supuesto, era opcional. Según me dijeron, era todo un espectáculo.

Disfruté más que nunca en la sección de los niños handicap. Di unos masajes a una de las niñas, o no tan niña, totalmente rígida que agradecía cada uno de nuestros gestos. Luego a otro de los niños. Mientras, una ‘chica’ de 38 años y deformaciones indescriptibles miraba desde su cama el trabajo del resto de voluntarias. Mou, la niña preciosa ciega y cuya cabeza era demasiado grande para que su cuello pudiera soportar el peso, hacía gestos desde su silla de ruedas a la espera de que alguna de nosotras reparáramos en su presencia. Todos necesitaban unas atenciones específicas, pero mimos comunes.

Nunca imaginé que dar masajes a cuerpos deformes y esqueléticos pudiera resultar tan gratificante. Tras mimar, acariciar, alimentar, jugar y dar cariño a estos niños, te obsequiaban con el mejor de los regalos: una sonrisa o un abrazo. Incluso haciendo las camas, lavando la ropa, secándola y tendiéndola, fui feliz pues me sentía un pequeño eslabón en esta solidaria cadena humana que es el voluntariado. Había tantas cosas que aportar…
Cristina y Elena, dos voluntarias de Figueres, parecían entusiasmadas con masajear, cuidar y dar mimos a ‘sus’ niñas. Yo, mientras, compartí mi tiempo entre los niños discapacitados físicos y los discapacitados psíquicos. Era domingo y, por tanto, día especial. Vestidos para la ocasión estos últimos bajaron al patio central para contemplar juegos de magia. Qué agradecidos eran, qué carcajadas cuando descubrían cómo salía un pañuelo de un tubo aparentemente vacío. Edell cogió en sus brazos a una niña con las dos piernas escayoladas. Yo intentaba que dos ‘terremotos’ estuvieran atentos a los juegos o, al menos, que estuvieran algo quietos para que las ‘masis’ (las mujeres indias contratadas para sus cuidados durante todo el día) no les reprendieran con esos malos humos que las caracterizan.

Cuando subimos a los niños estaba a punto de terminar nuestra corta jornada laboral. Esperé a que el resto de mis compañeras terminaran de dar de comer a los más discapacitados y me dirigí a buscar el nuevo hotel de Olga, que estaba enfrente del orfanato. Di vueltas de un lado para otro de la calle, pero no lo encontré. Estaba junto a la iglesia católica de St. James y me pasó inadvertido. Así que lo único que me quedaba por hacer era desandar el camino y dedicarme a hacer fotografías de todo aquello que me seguía sorprendiendo, al ritmo del canto del muillaidín. Pese a que ya se habían convertido en imágenes habituales, no podía apartar la vista de, por ejemplo, aquel hombre esquelético tendido inmóvil sobre un cartón en el suelo, que no denotaba vida, o de aquellos hombres y mujeres que rebuscaban en el vertedero callejero, apartando a cuervos y perros.

El olor de la carne putrefacta y amarillenta que colgaba de uno de los puestos de la calle provocaba arcadas. También lo hacía la basura amontonada en las calles o alguna que otra rata muerta en la calzada. A escasos pasos, los hombres volvían a enjabonarse el cuerpo en aquellos baños públicos, otros vendían frutas o palos que hacían las veces de cepillo de dientes.

El fin de mi paseo fue ese restaurante recomendado, según ellos, por Carlos Arguiñano. El aire acondicionado del lugar y una helada pepsi cola, que no coca-cola, ayudaron bastante a mitigar el calor sofocante de la calle, mientras esperaba la llegada de Mariví. Ella terminaba más tarde su jornada y, además, ese día había optado por el centro de chavales discapacitados Daya Dan, que abre las puertas los domingos a cualquier niño de la calle que acuda para recibir un profundo baño y una reparadora comida.

La lluvia del monzón volvió a hacer acto de presencia. Sí ese mismo agua que durante largos meses esperan los indios para olvidarse del aire estancado y denso que hace el ambiente insoportable, y también ese mismo agua que tanto nos desagrada a nosotros. Y, sobre todo, cuando acabas de lavar y tender toda la colada. Eso hizo que me entretuviera y no pudiera comer con mis amigas. Pero no había problema, en el Blue Sky siempre encuentras a nuevos amigos. Allí acordamos ir a ver los ‘monumentos’, tipo ninot valenciano, que confeccionan los indios para festejar su Durga Puja. Se celebra en octubre y es el equivalente bengalí de la Navidad. Culmina con el Mahadashami, que es el décimo día, cuando las imágenes son transportadas al río para sumergirlas. En el centro de esas composiciones está la diosa Durga, que en la gran batalla mata a Mahisha, el demonio búfalo.

Pero para llegar allí había antes que enfrentarse a la calle, con ese agua impura hasta las rodillas. Lo mismo que tenían que hacer las motos y los coches, con la esperanza de que el agua no se filtrara por el motor. Fui a buscar a Mariví porque sabía que estaba en el Museo de la India. No resultó fácil atravesar ese agua caliente y densa, ya que a cada paso se enredaba algo en tus pies. El agua llegaba hasta la misma puerta del museo. Pagué los tres euros de la entrada y recorrí las salas a zancadas en busca de Mariví. Con prisa o sin prisa, lo hubiera hecho al mismo ritmo porque nada de lo que allí se guardaba me interesaba. Ella pareció pensar lo mismo y nos encontramos muy rápido.

El agua no había desaparecido y no tuvimos ya reparos en contratar un rickshaw para que nos sacara de esa pocilga. Sólo allí se entiende. Ellos tienen un trabajo honrado con el que ganarse el sustento y se frotan las manos cada vez que el monzón cubre las calles. No me gustó la sensación, pero te tienes que acostumbrar a que las castas estén en la India excesivamente aceptadas. Quien pertenece a la casta más baja se resigna a no salir de ella. Sueñan con reencarnarse en una superior en la próxima vida si logran ser buenas personas en ésta; de ahí que la delincuencia sea mínima o inexistente, diría yo.

Cambiamos sobre la marcha de opinión y decidimos dedicarnos a caminar por el centro de la ciudad sin rumbo fijo. Descubrimos un pub en la novena planta de un edificio frente al New Market desde el que divisar toda la ciudad de noche. Mariví omitió decirme que esa terraza se caracterizaba por la presencia de ratas, una omisión que agradecí. Como durante todo el viaje, nos preguntan constantemente de dónde éramos, Which is your country? Al decirles que de España se ponían muy contentos y nos decían ¡Barcelona! Será por los juegos olímpicos, sino no me lo explico. Al llegar al hotel nos esperaba una grata sorpresa. A Montse y a Marisa les habían regalado unos paquetes de lomo y jamón ibérico, y sólo faltó que se nos saltaran las lágrimas ante tales manjares. Sería la primera noche que pasaríamos solas, Mariví y yo, en aquella habitación y extendimos nuestros enseres.

Por Mar Peláez

sábado, 8 de octubre de 2005

Reencuentro con Calcuta


El tren aminoró la marcha cuando se aproximaba a Calcuta, donde morían los raíles. Desgraciadamente los documentales en los que se ven a cientos de personas junto a las vías son ciertos. Usan las vías del tren como fosa séptica y eso tiene sus consecuencias. El olor es tan ofensivo que incluso mi maltratada nariz suplicaba por un pañuelo perfumado. Es obvio que para los usuarios de las vías el paso del tren entra en su rutina diaria, porque todos miran cómo pasa. Si no fuera porque estaba en la India pensaría que éste era el sueño más surrealista que jamás haya tenido, porque ver a cientos de hombres con los pantalones bajados mirando hacia mí con una sonrisa puesta en la boca era realmente dantesco.

Después de muchos kilómetros de chabolas ininterrumpidas llegamos a la estación sobre las 7 de la madrugada (diez horas después). Los maleteros se agolpaban en los vagones de primera y segunda clase para portar los bultos de los pasajeros. Seguía allí la muchedumbre, quizá en mayor número de la que nos había despedido. La fiesta de la Durga Puja estaba en pleno apogeo y una tamborada ‘salió’ a recibirnos. Como si fuera poco el ruido de la India ya de por sí.

Me encontraba otra vez en Calcuta, ahora con algo más de experiencia. Ha cambiado... las calles ya no me huelen tan mal ni están tan sucias y me pregunto si habré perdido el sentido del olfato y de la vista. No hace tanto calor y humedad ¿Me habré hecho insensible? La gente que se acerca ya no me agobia ¿Habré perdido el sentido de la privacidad? Y caminar por entre la circulación ya no me produce sensación de vértigo ¿Habré perdido el sentido del riesgo? Calcuta ha dejado de ser la ciudad de los horrores y maravillas que me asombró los primeros días o, lo que es lo mismo, yo he dejado de ser una novata en la India. Eso me desilusiona y al tiempo me hace sentir más segura de mí misma... Ya no miro las cosas con pasión pero ahora paseo más tranquila por sus calles. Ella es la misma. Yo he cambiado. Estoy dispuesta a ser feliz en Calcuta.

Calcuta seguía siendo un infierno, ese lugar donde la gente tiene menos posibilidades de salir adelante, pero estaba preparada para que el caos y la miseria no ensombrecieran el carácter abierto, curioso y hospitalario de los indios. No quería perderme un detalle. Sólo me quedaban siete días en la ciudad y había que buscar la felicidad. No iba a ser fácil, pero… había que intentarlo. Yo, en mi caso, tras ese periodo de adaptación conseguí serlo, y eso es algo que días antes no hubiera imaginado.

Las calles por las que pasábamos en dirección al hotel Modern Logde me parecían distintas, aunque ya me eran viejas conocidas. Nuestra habitación estaba intacta, igual de sucia o más, igual de calurosa o más. Sin embargo, parecía más habitable. Distintos ojos para ver la misma realidad.

Descansamos algo en la habitación antes de irnos a comer para variar en el Blue Sky, donde compartimos experiencias con otros voluntarios. Alicia viajaba esa misma noche para Madrid y tuvo que preparar el equipaje. Mariví y yo, después de lavar la ropa y tenderla en la azotea, nos fuimos a buscar una tienda de ‘comercio justo’ que nos habían recomendado, el Sacsa, pero no lo hallamos. Los indios tienen una particular forma de mover la cabeza que no sabes nunca si te están respondiendo de forma afirmativa o negativa. Ladean la cabeza de derecha a izquierda, de izquierda a derecha y te quedas sin respuesta. Lo gracioso es que en nuestra búsqueda nos encontramos con el chico al que habíamos conocido durante el percance cerca de Siliguri. Pero, al margen de anécdotas, también volvimos a ver a esa mujer demacrada, escuálida, vestida con un plástico enrollado en forma de saco y que tanta impresión nos causaba.

Nos adentramos en las calles atestadas de personas. Era como un mercadillo en hora punta, pero se trataba tan sólo de una vía céntrica. Personas que iban y venían, mercaderes gritando las gangas, gente con la que chocabas al andar. Un video casero da claras muestras de estas palabras. Un lugar perfecto para perder los nervios, sin embargo, nos lo tomábamos con mucha calma, con gran resignación. Nos acercamos a las tiendas del hotel Overoi para buscar esas ganesas que se le resistían a Mariví. Y a la misma entrada de ese edificio blanco descomunal y de lujo estaba la realidad: mujeres que mendigaban una limosna con su hijo en el regazo, niños desnudos o semidesnudos buscando hacerte partícipe de su pobreza.

Tuvimos tiempo de charlar con otros voluntarios alojados en nuestro mismo hotel y de despedirnos de Alicia, que iniciaría su viaje a las cinco de la madrugada.

Por Mar Peláez

viernes, 7 de octubre de 2005

Sin billete en la India


Nos quedaban ya sólo horas en Darjeeling y había que llenar nuestros pulmones de aire puro y despedirnos de ese paisaje natural. Así que agotamos nuestros minutos dando un último paseo por la ciudad. Al día siguiente estaríamos de nuevo en el infierno. Fuimos con un chófer diferente al que habíamos contratado el día anterior porque directamente no se presentó. Recogimos en su hotel a Olga y a Alicia y nos encaminamos hacia Siliguri, ciudad de la que salían los trenes con destino a cualquier parte de la India. Por delante teníamos tres horas de baches continuos, terraplenes peligrosos, conducciones temerarias… O sea más de lo mismo en este país.

Pero antes de llegar tuvimos un pequeño contratiempo. Sin saber cómo se había producido, el todoterreno que nos seguía los pasos por aquel estrecho camino chocó con nosotros para el cabreo de nuestro conductor. Y también sin saber cómo, salieron un sinfín de indios, de no se sabe dónde, a contemplar el incidente. Todos junto al vehículo hacían conjeturas de cómo podía haberse producido el choque, pero no alcanzamos a comprender cómo solucionaron los papeles. Yo, mientras, me dediqué a contemplar a unos niños subidos en unas vallas y a charlar con un comerciante que se dirigía a Siliguri para tomar un autocar en dirección a Calcuta. ‘Sólo’ tardaría en llegar 25 horas. Me dijo que se alojaba en Park Street e intentó quedar para el día siguiente. No tuvo éxito.

Atasco a la llegada de Siliguri. Habíamos regresado a la realidad india. A la hora prevista llegamos a la estación y guardamos religiosamente la larga cola para comprobar que el tren iba repleto y que era imposible adquirir billetes para Calcuta. Aún así estaba decidido: viajaríamos en ese tren. Hicimos un último intento con el jefe de estación, pero obtuvimos la misma respuesta. Eso sí, nos dio una esperanza. No habría problema en subir al tren, pagar el precio requerido y aposentarnos en el suelo del vagón. Lo mismo que nos dijo uno de los viajeros que esperaba pacientemente la llegada del tren.

Al fin hizo su aparición en la estación sobre las 19.30 horas. Ascendimos al vagón que tenían asignado Olga y Alicia, depositamos las mochilas sobre sus literas y nos fuimos a inspeccionar en segunda y primera clase para ver si había camas libres. Pero no; era cierto que el tren iba abarrotado. Contamos al revisor nuestro problema y nos tranquilizó diciendo que el billete nos costaría 500 rupias (250 más que a nuestras compañeras) pero que no tendríamos asiento. La única solución que nos aportaba era acomodarnos en el sucio suelo.

Comenzaba así una experiencia inolvidable. Por delante tendríamos toda una noche en aquel tren infectado de cucarachas, de malos olores provenientes del servicio, de agujeros por los que se colaban insectos de todo tipo; repleto de familias tradicionales, de viajeros ocasionales, de estudiantes; de la vida misma de la India concentrada en aquellos vagones. Ibamos en tercera clase y las condiciones higiénicas habían caído por debajo de nuestras mínimas exigencias, pero nuestros compañeros de viaje parecían encantados. Pertenecían a una clase media y eran conscientes de que aún existen peores condiciones de viajar en los trenes de la India. Me di una vuelta por el tren, mejor dicho por los tres vagones que conformaban esa clase. Entre uno y otro se apiñaban grupos de indios, sentados o tumbados, que pasarían así todo el viaje. Así lo hubiéramos tenido que hacer nosotras dos si Alicia y Olga no nos hubieran cedido una de sus literas.

Era difícil conciliar el sueño en aquel lugar, así que aproveché para escrutar las miradas de esa familia numerosa que cenaba arremolinada en nuestro mini compartimento. No usan utensilios para comer, se valen de la mano derecha (nunca de la izquierda, por ser la impura) para coger los alimentos. La mujer, sin mancharse su impoluto sari verde, abría fiambreras y se las pasaba a su marido, mientras la abuela hacía lo propio con uno de los más pequeños. Su alimentación de esa noche consistía en arroz, roti (pan de trigo), y pollo. Por el olor que desprendía se notaba que, de nuevo, su comida estaba muy condimentada. También contemplé a esa pareja gay que compartía litera y carantoñas, algo bastante mal visto en la India. Tuvimos que soportar que uno de ellos se ‘chivara’ al revisor por nuestra osadía de fumar en el servicio. El revisor, lejos de recriminarnos nuestra actitud, nos lanzó un pequeño gesto de complicidad.

En una de las incontables estaciones en las que el tren se detuvo ascendieron un grupo de eunucos, muy divertidos, que reclamaban la atención de todos los viajeros y sin sutilezas exigían unas monedas. Creo que nosotras y la pareja de ‘giris’ que compartían vagón fuimos los únicos que no depositamos en sus manos ninguna moneda, algo que pareció enojarlas. No conocíamos sus costumbres y no nos pareció oportuno.

En cada estación se repetía la misma secuencia: Hombres y mujeres durmiendo bajo las estrellas, vendedores ofreciéndote té o comida muy picante… Y así a cada rato. Pese a las incomodidades y estrecheces, el viaje me resultó divertido e instructivo. Los oxidados ventiladores expulsaban más suciedad que aire y nos iban dando muestras de que Calcuta se acercaba.

Por Mar Peláez

jueves, 6 de octubre de 2005

Amanecer bajo el Kanchenjunga


El día comenzó muy temprano. A las cuatro de la mañana ya estábamos a los pies de The Mall, esta vez las cuatro juntas, esperando a nuestro taxista para dirigirnos al Tiger Hill, con la esperanza de ver un amanecer espectacular. Todoterrenos y taxis repletos de turistas partían a esa misma hora de Darjeeling, en formación, para recorrer los 12 kilómetros a través de Ghoom y de los bosques que separaban el mirador. Este increíble mirador a 2.585 metros, que proporciona un panorama sin igual del Himalaya, con las húmedas planicies que limitan con Bangladesh, situadas al Sur; el Everest al Oeste, el Kanchenjunga y Sikkim al Norte, y el Himalaya de Bután al Noroeste.

Eso con suerte y si las nubes lo permitían. Elegimos verlo desde el atalaya, un lugar más cálido tras los cristales de una edificación construida para el espectáculo. Por sólo 40 rupias, algo menos de un euro, se conseguía un refugio del frío invernal del día. Eran muchos los indios que optaron por un precio algo más económico y tuvieron que soportar las gélidas temperaturas. Arriba se perdía en encanto, pero se ganaba en salud.

Las voces de sorpresa se sucedieron con la salida del primer rayo de sol. El día parecía claro, el cielo se había despejado, y eso nos posibilitaría distinguir las escenas que ya habíamos contemplado con anterioridad en postales. Fue un espejismo. La imagen del Everest, del Kanchenjunga y de otras montañas de elevadas dimensiones se quedaría sólo en eso, en las postales. Fue una pena. Aún así disfrutamos de la sensación de estar por primera vez tan cerca del Himalaya. Y eso había que celebrarlo y agudizar la vista para captar algunos detalles de esas elevaciones nevadas.
Con similar frío y aires huracanados, descendimos hacia Darjeeling. Nos detuvimos en el Yiga Choling, un monasterio budista, construido en 1850, más vistoso que el moderno, con formas más marcadas y más colorido. Pedimos a nuestro chófer que parara en el Bhutia Samtem Choling para que Olga y Alicia vieran ese pequeño monasterio que nosotras habíamos descubierto el día anterior. También nos detuvimos en el War Memorial Batasia Loop. Y esta vez, sin una nube en el cielo, descubrimos el Kanchenjunga y otras montañas nevadas. No era mucho lo que podía verse de cada elevación, pero era más de lo que hubiéramos pensado los días anteriores caracterizados por la lluvia y la niebla.

Mariví y yo hicimos un intento por adquirir dos billetes para el día siguiente con dirección a Calcuta –Alicia y Olga ya lo habían comprado el día anterior-. Después de esperar una larga y desestructurada cola en la estación de trenes, el oficinista nos dijo de muy malas formas que no quedaban billetes para ese destino hasta cuatro días después. Ni en primera, ni en segunda, ni en tercera, ni siquiera en cuarta clase. No hubo forma de encontrar plaza, así que tomamos la determinación de montarnos en el tren sin billete. Sería una aventura. Confiábamos en que, por algo de dinero bajo manga, todo se solucionaría y lograríamos llegar a Calcuta, aunque fuera en esa cuarta clase que tanto nos había impactado en nuestros viajes anteriores. Durante la espera nos sorprendió que el templo Dhirdham, al que el día anterior habíamos dado por ‘desaparecido’, estuviera allí, a dos pasos de la estación. La niebla del miércoles se había desvanecido y había hecho resurgir por sorpresa ese templo de múltiples techos, construido como una copia de un gran templo de Shiva a las afueras de Katmandú.

Nos volvimos a juntar las cuatro y el mismo chófer nos llevó por un camino igual de peligroso que el día anterior hacia el Mirik. A 45 kilómetros al Suroeste de Darjeeling, cerca de la frontera con Nepal, es el centro turístico más nuevo de la región, sobre todo para el turismo nacional. Es ni más ni menos que un lago perfectamente artificial donde los indios se reúnen para pasar un día de campo y disfrutar de sus aguas sobre una barca. No sabíamos realmente en qué consistía, de haberlo sabido, hubiéramos desechado la idea, aunque por otra parte nos habríamos perdido un camino cubierto de la característica capa de ese té negro o verde.

Ellas cenaron en su hotel y nosotras nos despedimos de Darjeeling de una forma muy divertida: asistiendo a un concierto en la confitería-restaurante-pub-ciber al que ya habíamos convertido en nuestra segunda casa. Eramos las únicas chicas del lugar y, además, las dos únicas occidentales, por lo que fuimos la sensación. Nos reímos mucho, tanto como me imagino lo hicieron ellos de nosotras, pero como el idioma nos separaba, la vergüenza era inexistente. Ya me había ‘soltado’ bastante con el inglés, pero en Darjeeling el idioma volvía a ser un obstáculo, ya que eran pocos los que hablaban esa lengua. Jugamos al billar, hablamos con varios indios e incluso con uno al que apodamos el ‘butanero’, simplemente porque era de Bután y no conocemos el gentilicio. Nos enteramos de que la lengua oficial es el dzongkha, un dialecto tibetano, y que su religión mayoritaria es una forma lamaística de budismo Mahayana.

El día fue largo e intenso. Llevábamos casi 24 horas en pie y el sueño y el hecho de que cerraran el pub nos ‘invitó’ a irnos a la cama.

Por Mar Peláez

miércoles, 5 de octubre de 2005

Del hinduismo al budismo



Otro día en esa maravilla de la naturaleza. No tardamos en ponernos en pie y dirigirnos a concertar otra excursión con un taxista cualquiera. Nos ahorramos bastante dinero con esa decisión. El primer destino sería Bhutia Samtem Choling, un monasterio tibetano a los pies de la carretera principal que une Ghoom con Darjeeling. El pequeño monje Thupten fue el encargado de mostrarnos ese gompa pequeño pero vistoso que se veía desde la carretera. Nos explicó que es costumbre que uno de los niños más jóvenes de una familia budista entre en un monasterio, a partir de los diez años, para unirse al sacerdocio budista. Eso es lo que hicieron los aproximadamente cuarenta niños o adolescentes que vivían y rezaban en el recinto. Tuvimos ocasión de charlar con varios de esos pequeños monjes mientras barrían, limpiaban el ‘altar’ donde reposaba un buda de dimensiones considerables o simplemente jugaban como cualquier niño de su edad.

El guía nos llevó al War Memorial Batasia Loop. La niebla en aquel momento era densa, tan densa que nos privó de contemplar una vista memorable, pero nos permitió gozar de una difuminada silueta de un obelisco y una estatua de un soldado, en homenaje a todos los habitantes de Darjeeling que fallecieron en las innumerables guerras por el dominio que ha sufrido este territorio a lo largo de su historia. Una vez más en el todoterreno nos dirigimos hacia el Ganga Maya, un enorme jardín artificial bordeando un río cristalino que, pese a todo, no pierde ni un ápice de hermosura y encanto. La variedad de flores extrañas, formas inverosímiles, colores imposibles, nos extrañaba a cada paso. Es un lugar de recreo para los indios ‘ricos’ que pasan allí el fin de semana en familia.

Mereció la pena soportar el riesgo de una carretera sin asfaltar, con precipicios de vértigo y pendientes de infarto. Dos horas de viaje movidito tan pronto por encima de las nubes, tan pronto en el fondo del valle, y siempre con ese manto verde como terciopelo que forman las incontables plantaciones de té.

Nuestra excursión matutina estaba a punto de concluir. Lo hizo en la estación de trenes. Mejor dicho en la estación del tren, de ese tren de juguete que antes era la única vía de escape hacia el sur y que hoy es simplemente un medio de locomoción para el turismo. Dos máquinas de vapor presidían la entrada al recinto.
Sólo nos quedaba disfrutar de la gente, de sus peculiaridades y de su vida cotidiana. Hombres y mujeres que transportan todo el peso de su carga pendida en una cuerda anudada a la cabeza, tipo nepalís, ya sean bombonas de fueloil, paquetes enormes, troncos de madera o piezas de uralita. Comerciantes de todo tipo de frutas, carnes y pescados; gente que recogía la basura; taxistas que transportaban a otros turistas y niños que iban o volvían de la escuela.

The Mall daba mucho juego y decidimos ultimar nuestras compras, los regalos para nuestros amigos: té, azafrán, camisas, ganesas -hija de Siva y Parvati con cabeza de elefante-, incienso, postales… Un último envío de e-mail y una nueva charla con Olga y Alicia en su habitación.

Por Mar Peláez

martes, 4 de octubre de 2005

El te en Darjeeling



Unos cubetazos de agua hirviendo -la primera vez desde hace días que teníamos y disfrutábamos de agua caliente- nos permitió entrar en calor después de una noche muy húmeda. A las nueve de la mañana coincidimos con Olga y Alicia desayunando en un restaurante muy occidental. Pastelitos deliciosos y mejores vistas. Como parecía que estábamos predestinadas a no ponernos de acuerdo, Mariví y yo nos fuimos a la oficina de turismo para hacer nuestra primera excursión. Demasiados días malos en Calcuta como para desaprovecharlos.

Un chófer-guía nos llevó en primer lugar al templo japonés donde tuvimos ocasión de acompañar a dos mujeres mientras celebraban su culto recitando textos sagrados y salmos acompañados de instrumentos. Su canto era monótono. Repetían con frecuencia el mantra: om mani padme h'um, que significa, "oh joya de loto, amén". Nosotras las acompañábamos haciendo sonar un instrumento que no recuerdo su nombre. Fuera, una pagoda blanca impoluta, coronada con estatuas de budas dorados. De allí nos dirigimos al Passenger Ropeway, un funicular que permitía acceder a los jardines de té, pero que un accidente reciente, en el que fallecieron cinco turistas indios, lo ha inutilizado.

Camino del funicular se encuentra el zoo, que incluye una selección de la fauna del Himalaya. Nuestro recorrido por ese recinto fue muy rápido, porque lo que nos interesaba verdaderamente era el Instituto de Montañismo del Himalaya, uno de los centros de entrenamiento para escaladores más importantes de La India. Su primer director fue el serpa Tenzing Norgay, el conquistador del Everest, que vivió y murió en Darjeeling. Está dedicado a la historia del montañismo y exhibe equipos antiguos y nuevos, un mapa en relieve del Himalaya y una colección de trajes de los diversos pueblos de montaña. También se detiene en recordar el resto de montañas que figuran en cualquier atlas. Otra de las salas está dedicada exclusivamente al Everest, donde se relata la fascinante historia de la coronación de la mayor montaña del mundo, con imágenes de las primeras expediciones, los primeros equipos, los primeros hombres.

Abandonamos el museo por el paseo repleto de puestos callejeros, donde adquirí el famoso azafrán, y nos dirigimos a ver de cerca las plantaciones de té negro o verde, en el Happy Valley Tea Estate. Darjeeling es un auténtico parque de cultivo. La llegada de esas plantaciones ocasionó la lamentable desaparición de los bosques que cubrían las laderas de las montañas. La planta tiene un aspecto áspero, como si se tratara de matorrales bajos, pero si se observa desde lejos dibuja una alfombra verde de gran belleza allá donde mires. A los pies de la carretera y junto a las plantaciones adquirimos ese té, calificado como uno de los mejores del mundo y también uno de los más caros, y allí recibimos las explicaciones de una de sus vendedoras. No pudimos descender entre las plantas por lo embarrado y empinado del terreno.

Antes de que concluyera la mañana llegamos al Tibetan Refugee Self-Help Center, o lo que es lo mismo, a un centro tibetano de autoayuda para Refugiados. Fundado en 1959, alberga a unos 700 refugiados, que en su mayoría fabrican alfombras o artesanías tibetanas. Pudimos curiosear, observar la actividad de los
talleres, comprar gorros, ropa, sombreros, artículos de cuero, así como botas tibetanas, hechas de tela bordada con suelas de cuero. La comunicación en este centro se tornó complicada. Ellos no hablaban inglés, así que lo único que nos quedaba era utilizar los gestos. A pesar de esa falta de comunicación, nos hicieron sentir muy cómodas, mientras contemplábamos cómo hilaban la lana, la daban forma, la teñían o estampaban motivos decorativos. Accedimos a uno de sus talleres y comprobamos que las condiciones de trabajo son inhumanas. Hicimos rodar esos cilindros que tan buena suerte les da, o eso creen ellos. Un cartel resultaba revelador: ‘China, get out of Tibet’. Les acusan de más de un millar de muertos, más de 6.000 monasterios destruidos, miles de prisioneros, cientos de desaparecidos. Aún así, transmiten paz, vida. No queríamos abandonar el lugar.

La última parada era el museo de la Historia, pero al acercarnos a la entrada y ver que se trataba de un centro dedicado al arte de la taxidermia desechamos la idea y nos fuimos a comer al mismo lugar en el que habíamos desayunado. Viajas tan lejos, a culturas tan ajenas, para darte cuenta de que al final sucumbes a los lugares que más se asemejan a lo ya conocido. Lamentable, pero cierto. Tuvimos tiempo aún de conocer a un niño travieso, deleitarnos con la música de dos muchachos que amenizaban el paseo por The Mall, y comprobar que la norma general en Darjeeling son niños escolarizados y perfectamente uniformados. De verde, de granate, de gris, de azul… Nada que ver con la escasa escolarización que deducimos al ver a tantos niños en las calles de Calcuta en horario escolar.

Por Mar Peláez